
¿Qué hace que una película sea única? Con Una batalla tras otra, nominada a 13 categorías en los Premios Óscar 2026, el director Paul Thomas Anderson logra una obra que deja en el espectador la sensación de que no hay nada que se le parezca. Nosotros le contamos seis razones para verla.
Uno, el director
Dirigida por Paul Thomas Anderson y protagonizada por Leonardo DiCaprio, Una batalla tras otra (2025) es un thriller político con tintes de tragicomedia inspirado en la novela Vineland de Thomas Pynchon. La película cuenta la historia de Bob Ferguson, un ex revolucionario que vive escondido con Charlene, su hija adolescente, aislado y paranoico tras el fracaso de su pasado activista. Cuando reaparece un viejo enemigo -el coronel Steven J. Lockjaw, interpretado por Sean Penn- Bob se ve obligado a volver a la acción.
El filme del director de Magnolia- que presenta un elenco que incluye a Benicio del Toro y Teyana Taylor- está ambientado en un Estados Unidos que parecería pertenecer a algún futuro cercano, pero que sin embargo, no es nada distinto al actual: marcado por la vigilancia estatal, la polarización política y los conflictos migratorios.
La película atraviesa varios géneros, desde la acción, pasando por el humor absurdo hasta el drama familiar, para explorar temas como el activismo radical, la memoria generacional y la dificultad de conciliar ideales revolucionarios con la vida íntima. Anderson construye un relato coral donde la paternidad se convierte en el núcleo emocional a pesar de estar constantemente amenazada por el caos político contemporáneo.
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Una de las cosas que hace “único” al cine de Paul Thomas Anderson, es, irónicamente, su capacidad de citar. Se trata de un cineasta que dialoga con el mundo de la literatura, de la música, de la plástica. Su cine está repleto de referencias exquisitas. He aquí, algunas de ellas:
Dos, la música
A veces, los cineastas y los músicos crean alianzas poderosas. Pensemos en Sofía Coppola y New Order, Air, Pohenix; en Luca Guadagnino y Thom Yorke, en David Fincher y Trent Reznor & Atticus Ross (Nine Inch Nails).
La colaboración artística entre Paul Thomas Anderson y Jonny Greenwood (el guitarrista de Radiohead) se ha convertido en una de las alianzas más singulares del cine contemporáneo, marcada por una búsqueda común de atmósferas emocionales complejas. Desde There Will Be Blood (2007), Greenwood ha desarrollado partituras capaces de amplificar la tensión psicológica y el carácter ambiguo de los personajes de Anderson. Su música, muy Radiohead, se caracteriza por tener varias capas que parecen invitarnos a bucear por las profundidades del inconsciente.
El tema principal recuerda inevitablemente a la apertura de A Clockwork Orange, aquella adaptación electrónica de “Music for the Funeral of Queen Mary” de Henry Purcell reinterpretada con sintetizadores Moog por Wendy Carlos.
Se percibe una atmósfera similar: una solemnidad extraña, casi ceremonial, donde lo fúnebre se mezcla con una nostalgia futurista. Tal vez esa resonancia provenga del timbre mismo de los sintetizadores, capaces de producir una melancolía artificial, suspendida entre lo humano y lo mecánico, que convierte la música en un presagio silencioso de lo que está por venir.
Tres, la literatura
David Foster Wallace contaba que, en sus años universitarios, solía detener a la gente en los pasillos para preguntarle si tenía tiempo para hablar sobre la obra de Thomas Pynchon. Considerado una figura clave del posmodernismo literario, Pynchon no sólo influyó en Wallace, sino también en otros creadores contemporáneos, como Paul Thomas Anderson, quien dialoga con él por segunda vez en su filmografía, tras Inherent Vice (2014), adaptación directa de la novela homónima.
Anderson encontró en el universo pynchoniano -con sus tramas laberínticas, humor paranoico, crítica política y personajes marginales atrapados en sistemas de poder invisibles- un territorio narrativo cercano a sus propias obsesiones.
Ambientada en la resaca política de la contracultura estadounidense, Vineland (1990) funciona como una mezcla de sátira política y crítica a la represión estatal. Por supuesto, Anderson resuena con estos temas, más aún, cuando éstos rozan con lo íntimo, con las relaciones familiares y aquello que pasa “puertas adentro” . Aunque no se trata de una adaptación “literal”, su espíritu está presente en ese humor absurdo, la paranoia política y ternura hacia personajes perdidos.
Cuatro, Leonardo
Y sí: Leonardo DiCaprio se pasa. Se pasa porque nos hace un regalo, quizá el mejor que un actor nos puede hacer: nos permite verlo vulnerable. Se ríe, llora, e incluso se permite mostrarse ridículo, o en otras palabras, sin miedo a romper con la imagen de control que durante años estuvo asociada a muchos de sus personajes.
Si en etapas anteriores su filmografía tendía a encasillarse en figuras dominantes cercanas a la del “macho alfa”, roles más recientes -como el que ocupa en Once Upon a Time in Hollywood- ya comenzaron a fisurar esa máscara, mostrando a un hombre inseguro, ansioso y emocionalmente inestable. Y aquí, esa transformación parece consolidarse, DiCaprio representa una masculinidad menos heroica y más contradictoria, donde, en medio de una batalla tras otra, también se le olvida la clave secreta de su colectivo militante o encuentra tiempo para tomarse una selfie borrosa con un amigo. ¡Esperemos que gane el Óscar!
Cinco, las generaciones
A través de una distopía radicalizada, en la que se plantea un mundo llevado al límite donde todo opera en clave de exceso, la película propone una clara crítica al fascismo y a la supremacía blanca. Bob (también conocido como Ghetto o Pat) y Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor) son parte de un colectivo de activistas de extrema izquierda, Los franceses 75.
Mientras luchan por los derechos de los inmigrantes, el coronel Steven J. Lockjaw desarrolla una obsesión sexual con Perfida que revela otra capa de violencia racial. Más tarde, cuando Bob y Perfida ya tienen una hija, Charlene, Perfida se encuentra en una situación límite en la que debe decidir entre su familia y su maternidad o la revolución. Elige el segundo camino. “Ve a cambiar el mundo” le dice Bob, mientras él se queda cambiando pañales.
Ver a una mujer que se aleja de su hija para perseguir sus ideales puede resultar incómodo en una cultura que aún asocia la maternidad con la renuncia absoluta. Tendemos a celebrar al padre que asume el cuidado como si fuera excepcional, mientras juzgamos a la madre que se aparta como si estuviera fallando. La película no ofrece respuestas fáciles, más bien lanza una pregunta incómoda: ¿reaccionaríamos igual si los roles estuvieran invertidos? Probablemente ni siquiera lo cuestionaríamos. Ese tipo de tensiones -entre expectativas sociales, deseo personal y contradicciones políticas- atraviesan la película todo el tiempo.
La violencia ideológica se amplifica hasta volverse grotesca, y lo mismo ocurre con los movimientos de resistencia, que rozan la caricatura al empujar sus discursos hasta el borde de la autoconsciencia. En ese equilibrio incómodo reside la maestría de la propuesta: la sátira no se dirige únicamente hacia los fascismos absurdos, al mostrarnos escenas como en la que el coronel se reúne con aquel escalofriante grupo fascista.
Sino también hacia ciertas derivas del progresismo contemporáneo, atrapado a veces en la performatividad de lo políticamente correcto, al plantearnos personajes contradictorios como los amigos de Charlene (a los que Bob, nacido en “por ahí en los 80”, no entiende), que por un lado manejan un discurso muy woke e inclusivo, pero al mismo tiempo, uno de ellos traiciona a Charlene.
Así, la ironía y el humor funcionan como herramientas de desmontaje, permitiendo una mirada hacia la intensidad de las luchas que definen a cada generación. Cada lucha ideológica revela cierta dosis de absurdo, mientras la vida cotidiana parece adquirir un mayor valor. Queda la pregunta, ¿vale la pena jugarse la vida por causas extremas?
Seis, la paternidad
Más allá del brillante tratamiento de los elementos estéticos que confluyen en la película, hay algo que permanece latiendo en el centro: la relación entre Bob y Charlene, un vínculo padre-hija profundamente singular. Varias películas han explorado la paternidad de forma memorable -Somewhere, de Sofia Coppola; Aftersun; Tengo sueños eléctricos, de Valentina Maurel, entre otras-, y esta se inscribe en esa tradición, aunque desde un lugar muy propio.
Anderson y Di Caprio construyen un padre verosímil, atravesado por contradicciones humanas: alguien capaz de dar la vida por su hija, pero que no logra dejar la marihuana; que se muestra estricto al exigir saber con quién sale y adónde va, mientras ambos sobreviven en una casa pequeña, sin comodidades ni lujos; que renuncia a su militancia para criarla, pero no puede desprenderse de la cerveza. En esos detalles sutiles aparece la ternura: una forma de amor imperfecta que se cuela entre las grietas.

