
Los fans del colombiano Andrés Caicedo, y el autor de este artículo es uno de ellos, han ganado las batallas y la guerra. Por muchos años el escritor fue de culto, se pasaba de mano en mano, pero a la vuelta de los tiempos ha ganado el lugar de honor que a su manera siempre tuvo.
El mito hecho carne
Cuando lo descubrimos, cuando empezamos a leerlo y a quererlo, Andrés Caicedo ya estaba muerto. Sin duda era más atractivo por haber muerto joven y bello y flaco y con pelo largo, más cool que cualquier otro autor vivo que conociéramos. Eso hasta que lo leímos con entrega y militancia y sostuvimos el peso de su obra. El truco, la gracia, el prestigio, no fue el suicidio veinteañero sino lo mucho que quedó escrito: cuentos, novelas, guiones, correspondencia, diarios y cientos o miles o millones de páginas sobre cine que el colombiano nos dejó de herencia.
Caicedo murió cuando tenía 25 años, en 1977. Por esos días tenía lectores y seguidores en Cali, su tierra, pero fuera del nicho era imposible conseguirlo y consumirlo. Hoy, entrando al primer cuarto del siglo XXI, circula en pasta dura y en su totalidad. Todo comenzó, digamos, con la novela ¡Que viva la música!, libro y rito de iniciación, puerta hacia la pérdida de la inocencia: una rubia-rubísima se va de rumba y no para; comienza en inglés, con discos de Los Stones, pero su viaje la lleva realmente lejos cuando se clava de cabeza en la salsa y bienvenida a la jungla seas.
¡Que viva la música!, el libro de Caicedo más vendido y traducido, ya forma parte del canon latinoamericano y se faja de igual a igual con cualquier clásico setentero. Pasa el tiempo y sigue siendo un libro joven, fresco, dispuesto a todo. Ficción pero también filosofía aplicada a ese momento en el que nos creemos y somos inmortales. Caicedo no lo fue, siempre tuvo los días contados, él mismo anunció su muerte varias veces y quizás por eso registró su vida en formato documental-escrito con pluma y voz en off. Sus libros de No-Ficción brillan.

La No-Ficción de Caicedo
El libro clave para entrar al universo Caicedo se llama Mi cuerpo es una celda: una autobiografía, el título viene del temón de Arcade Fire. Está compuesto por entradas de sus diarios, cartas a los amigos y a la familia y a los amores, apuntes sueltos y sinopsis de películas que nunca fueron. El contenido fue reunido y montado por el escritor chileno Alberto Fuguet, que tuvo acceso total al material de archivo y consiguió que Caicedo contara su historia con sus propias palabras y con su propia voz.
Caicedo pensaba que su vida era una película, una existencia sin momentos muertos o menos importantes, cada segundo le daba espacio a una emoción y capaz el problema fue que se tomó su calidad de personaje demasiado en serio. Increíbles la madurez y el asombro con que maneja la épica cotidiana en sus diarios, como si lo estuvieran grabando siempre y él tuviese la obligación de entretener al público. Otro ejemplo: en Ojo al cine, su recomendadísima antología de escritos cinéfilos, uno lee mucha trivia y mucha data, pero capta cómo Caicedo sigue contando su mundo a través de las películas que ve. El cine, obvio, se le hace bastante más lógico que la realidad.

Y ningún bautizo en esta religión estaría completo sin los dos tomos de Correspondencia editados por Seix Barral, que cubren del 70’ al 77’. No hay mejor manera de experimentar a Caicedo que aquella con la que el escritor decidió mostrarse a los más cercanos, a los íntimos. Como en las cintas con final feliz, cuando uno encuentra a un autor encuentra a un amigo, y desea para los demás lo mismo. Yo les deseo a Caicedo: léanlo, subráyenlo, hagan una lista de las pelis que recomienda y mírenlas. Siempre se puede confiar en una persona que escribe de cine y al hacerlo nos llena de ganas.

