
Hasta hace poco, el consenso reconocía a Georges Méliès como el primer director de una película de ficción. Era incorrecto: aquel honor le corresponde a Alice Guy, pero la historia la excluyó de sus páginas solo por ser mujer.
En marzo de 1968, mientras vaciaban un cuarto en el asilo de Wayne, Nueva Jersey, tras la muerte de su inquilina, cierto empleado encontró un bloc de papel que contenía borradores de cartas cuya firma era: ‘Alice Guy, cineasta’.
El hombre tiró los papeles con indiferencia, sin saber que su antigua dueña fue una de las personas que estuvo cuando, en 1895, Auguste y Louis Lumière presentaron ante la sociedad parisina a su nuevo hijo: una película de 46 segundos donde los protagonistas eran obreros de una fábrica de Lyon.
El evento, nada más que un entretenimiento aun para los Lumière, fue decisivo para la autora de las cartas que, en esa ocasión, se marchó a casa convencida de que su destino era hacer películas.
La película de Alice Guy
Alice Guy era mecanógrafa. Había estudiado aquel oficio porque ‘era el adecuado para una mujer soltera’ y llegó a ser tan buena que la contrataron en una empresa de venta y desarrollo de equipos fotográficos perteneciente a León Gaumont, pionero del cine.
El día de la presentación de los hermanos Lumière, empleada y jefe se encontraban entre el público y ella no tuvo dudas de que podía usar el invento para algo más que escenas de la vida diaria.
Gaumont no estuvo de acuerdo con su idea, pero le prestó sus equipos siempre que el ‘pasatiempo’ no interfiriese con sus tareas como secretaria. Y así, gratis y fuera del horario de trabajo, ella se puso a hacer películas.
En 1896, unas semanas antes de que Méliès entrara en el negocio del cine, la mujer produjo su primera obra: ‘El hada de los repollos’, adaptación de un cuento popular en el que esa criatura fantástica sacaba niños de las coles y niñas de las rosas.
Al año siguiente, Gaumont finalmente accedió a crear un área dedicada a la producción cinematográfica en su empresa y, para potenciarla, inventó en 1902 el cronófono, un equipo que sincronizaba sonido e imagen. Desde ese año hasta 1907, Alice Guy, hizo más de cien películas sin abandonar su otro trabajo.
La vida de Cristo en 30 minutos
De pronto, una tumba de piedra se abre y surge Jesucristo. Flota y se eleva. Alrededor, unos ángles lo contemplan hasta que se desvanece; en ese instante, romanos que nadie sabía que estaban allí echan a correr y, enseguida, María con otras mujeres aparecen para arrodillarse ante la sepultura vacía…
Así son las dos escenas finales de la película ‘Nacimiento, vida y muerte de Cristo’ que Alice Guy grabó en 1906. Aquella no solo fue una superproducción para la época, sino un artilugio de ingeniería porque requirió el ensamble en treinta minutos de veinticinco escenarios, trescientos extras y trucos que hacían volar o esfumarse a los actores.

Con este y otros filmes, la artista inventó técnicas que luego fueron imprescindibles para el cine: ángulos de cámara y tomas como el ‘close-up’ -acercamiento al rostro-, coloreado a mano, sincronización de las canciones con el movimiento de los labios para aprovechar el cronófono y el uso de efectos especiales.
Sin embargo, lo más importante fue su innovación narrativa con guiones transgresores como ‘Las consecuencias del feminismo’ (1906), donde la historia ocurre en un mundo en el que se han invertido los roles de hombres y mujeres.
Tras su éxito, en 1907 el señor Gaumont la mandó a los Estados Unidos junto con Herbert Blanché, el nuevo director de operaciones de la empresa en América. Ambos se casaron mientras recorrían aquella tierra en busca de distribuidores para el cronófono.
Triunfo y derrota
El plan original de Gaumont acabó en fracaso, así que ordenó a sus empleados instalarse en Nueva York para hacer películas. Pero aquello no le bastaba a Alice, quien había estado retirada un año después de embarazarse, así que, en 1910, con la anuencia de su jefe y el capital de un socio americano, los esposos fundaron su propia compañía.
The Solax Company se convirtió en el gran estudio cinematográfico de Estados Unidos antes de la era de Hollywood. Funcionaba en Flushing, Nueva York y en la entrada Alice puso un letrero con la leyenda: ‘Be Natural’. Era justo: no claudicar en sus convicciones la convirtió en la primera mujer cineasta.
Mientras Herbert se encargaba de la gerencia, producción y fotografía, ella hizo el papel de jefa de arte y directora. Probaron toda clase de géneros: ‘western’, melodrama, comedia, acción…Y, al año, el éxito les permitió invertir 100 mil dólares en una planta de producción con tecnología de punta en Nueva Jersey.

Sin embargo, tras el arranque de la Primera Guerra Mundial Gaumont cerró todos sus negocios en Estados Unidos, al tiempo que el público empezaba a pedir películas mucho más exigentes, extensas y, por lo mismo, caras. Hollywood supo aprovecharlo ofreciendo mejores condiciones que Nueva York -sobre todo impuestos bajos-, de modo que el cine se fue al oeste. Al poco, Solax se hundió y también el matrimonio de los Blanché.
Con su hija y sin dinero, Alice se fue a Francia, pero nunca más hizo una película. Recibió, eso sí, la Legión de Honor francesa en 1953, aunque pocos sabían el porqué: los libros de cine guardaron silencio sobre ella y hasta el señor Gaumont, su jefe de años, la excluyó de su autobiografía.
Decepcionada, en 1964 estuvo de regreso en los Estados Unidos, pero la situación no era muy diferente a la de París, de modo que su vejez se redujo a un búsqueda inagotable de sus filmes entre los archivos cinematográficos. No obstante, fue inútil: la mayoría estaban acreditados a cineastas hombres o, de plano, desaparecidos.
Murió en el año 68, tras décadas escribiendo cartas y artículos para que su legado no desapareciese. Con amargura, se preguntaba si era justo que un azar biológico -haber nacido mujer- la eliminase de la historia. Hoy, un siglo después, se encuentra reivindicada, sin embargo, su queja sigue en el aire y trascendiendo el sexo o el género: religión, lugar de nacimiento, color de piel, cualquier cosa sirve de pretexto a los que se empeñan en la injusticia.

