
La ecuatoriana Sisa Salgado ha recorrido tres continentes a través de rutas de migración, intercambio comercial y transmisión espiritual. En cada lugar, ha explorado la influencia de las danzas locales en la historia e identidad de sus habitantes.
Hace 15 años, Sisa Salgado emprendió un viaje sin retorno. Guiada por esa memoria genética que aún guardaba su cuerpo de los viajes de sus ancestros, empezó su travesía desde Ecuador hacia Indonesia, siguiendo la línea ecuatorial. En el camino se sumaron otras paradas: el sudeste asiático, la India, los Himalayas, el Tíbet, Mongolia, Asia Central, África Occidental y el extremo noreste del Ártico ruso.
Pero Salgado no solo fue desplazándose a través de continentes, sino también adentrándose en la cultura de cada uno. Con cada movimiento, fue configurándose el mapa de su vida o lo que con el tiempo se convirtió en “La ruta de la danza".
Lo que comenzó como su tesis de grado para indagar en la historia de estos lugares a través de las voces de los artistas tradicionales, de los portadores de memoria, de los narradores y de los historiadores locales, se transformó en su proyecto de vida.

A lo largo de más de una década, su misión ha sido atravesar las rutas comerciales, espirituales y migratorias de Asia, el Ártico y África, y la danza ha sido ese lenguaje universal que le ha permitido acercarse a otras culturas.
En cada parada, se dedica a investigar, observar y, sobre todo, experimentar. El proceso se inicia con un análisis exhaustivo de la historia y el significado de las danzas locales. Después continúa con una etapa de convivencia con las comunidades para entender el impacto de cada movimiento en quienes lo practican. Por último, utilizando sus destrezas en la danza, replica lo observado.
Esta antropóloga, artista escénica e investigadora ecuatoriana especializada en danzas tradicionales está convencida de que esta es una forma de preservar y difundir la importancia del arte como patrimonio vivo inmaterial. Ahora Salgado se prepara para un nuevo reto. En agosto partirá a Japón para sumergirse en el mundo de la danza Kagura.
Ruta a los orígenes
“Este proyecto tiene que ver con el intercambio cultural, con el viaje, con conocer al otro de forma directa. Somos una mezcla de muchas etnias, muchos viajes y miles de años de intercambio”, dice Salgado, desde lo que ha bautizado como “su campo base”, en Nueva York.
Desde este punto organiza su itinerario y desarrolla las investigaciones previas antes de partir a sus destinos. Ahora, su hogar se divide entre Estados Unidos y Asia, pero antes de esto, su recorrido para investigar el mundo de la danza se inició en Napo, en la Amazonía ecuatoriana. Allí vivió alrededor de dos años, en comunidades Naporuna.
Tras la experiencia amazónica, el llamado de su sangre, la llevó a Indonesia. “Me sentí como en casa, sentí que había conexiones”, recuerda sobre el momento en que llegó a Asia por primera vez. Sus sensaciones tenían una explicación. Durante su recorrido, como parte de un proyecto con National Geographic, Salgado se realizó un examen de ADN y descubrió que tenía genes de la zona de Mongolia y Siberia, que también fueron parte de su ruta.

Guiada por esa curiosidad, no solo de investigar caminos históricos o de entender la espiritualidad de las culturas, sino de despertar esas memorias ancestrales en su cuerpo, recorrió la ruta por donde se expandió el hinduismo en el continente asiático y la ruta migratoria más antigua del mundo. “Fui descubriendo mi propio origen a través de estas investigaciones”, dice.
Después de 10 años, en el 2022, decidió cruzar a África. Entre máscaras sagradas, prácticas rituales y moviéndose entre el mundo de los humanos y el de los espíritus, transitó “La ruta de la sal”. Allí, conoció esas memorias culturales de Marruecos, Mali, Burkina Faso y Senegal, evidenciando la relación entre el arte, el territorio y la herencia espiritual.
En estas zonas, Salgado se enfocó en la danza ritual que se expandió antes de la llegada de las religiones predominantes de África como el Islam y el cristianismo. En Marruecos, por ejemplo, estudió de cerca las danzas Gnawa y Amazigh. Estas prácticas, al igual que en Japón, han permanecido a través de la historia a pesar de los conflictos, lo que reafirma la idea de esta antropóloga de que la danza “es un elemento de transmisión de memoria”.
Nuevos caminos
Ahora, después de tres años recorriendo África Occidental, la artista ecuatoriana vuelve a sus inicios. En agosto del 2026, partirá a Japón para adentrarse en el proyecto “Kagura, danzas sagradas del Shinto”, apoyado por la Embajada de Ecuador en Japón y el Centro Cultural Japón Ecuador.
Esta es una nueva arista de La ruta de la danza, en la que explorará uno de los linajes rituales y performativos más antiguos del mundo. Salgado explica que esta práctica, que tomó forma entre el siglo VI y VII, se relaciona con la tradición espiritual del Sintoismo, que es la religión nativa de Japón. Además, este ritual ha sentado las bases del arte escénico en ese país.
La danza Kagura se ha mantenido durante estos siglos, aunque su significado ha cambiado dependiendo de la época. En un momento el imperio la tomó como una forma de identificación del nacionalismo japonés y en otras épocas, como el periodo Edo (1603-1868), se llevó a la danza al teatro y se la concebía como una forma de entretenimiento.

Durante las transiciones históricas, dice Salgado, Kagura ha mantenido este elemento ritual y comunitario y hoy en día está institucionalizada y protegida por asociaciones en Japón que se dedican a la transmisión de la danza.
Así, todo lo que ha estudiado sobre esta práctica durante los últimos dos años, lo vivirá en cinco prefecturas de Japón: Miyazaki, Kyoto, Shimane, Iwate e Hiroshima. En cada lugar, aunque comparten elementos comunes, la práctica es distinta. En la zona de Kyoto, que es más turística, las bailarinas danzan dentro de los templos con trajes especiales de seda. Por otro lado, en zonas más rurales de Japón se utilizan máscaras que representan la fuerza y energía de los espíritus del bosque.
Pero este viaje tiene otro componente especial. Es el último antes de regresar a Ecuador. “Después de 15 años de vivir fuera, el ciclo está cerrándose”, dice Salgado, con cierta incertidumbre, pero al mismo tiempo emoción de lo que se vendrá en la siguiente etapa. Su objetivo es compartir el conocimiento que ha adquirido sobre otras culturas en Ecuador para que se lo utilice en la academía.
El viaje de Salgado no solo redibuja los mapas de la danza global, sino también el de su propia identidad. Su retorno cierra un ciclo, que transforma su búsqueda personal en una inspiración colectiva para quienes decidan moverse, investigar y encontrar sus propias respuestas a través del arte.

