
Kléver Viera, uno de los pioneros de la danza contemporánea en el Ecuador, falleció este 27 de abril del 2025, a los 71 años. En esta nota repasa una vida que comenzó en su natal Toacazo y que lo llevó a girar con su arte por el mundo.
La danza de los ángeles
Kléver Viera siempre ha sido un transgresor, desde su infancia, cuando invadía la propiedad privada para robar una manzana, hasta el montaje de obras que provocan derrumbes. No parecería ser así cuando habla de su comida favorita que son las sopas criollas, sobre todo el morocho, el locro, la quinua (con maní y oreja de puerco), el mondongo de borrego y el caldo de patas, por citar algunas.
Cuando recuerda el sabor de las naranjillas y el de las chirimoyas y las guanábanas (frutas misteriosas pues hay que tener suerte para encontrarse con una buena), se le nota un regocijo especial, un brillo infantil en los ojos. Las mujeres le causan algo parecido –por lo de misteriosas–, se enamora de ellas, se obsesiona por su belleza, sus formas, su piel. Pero también le dan miedo. No obstante, asegura que sabe amar, entregarse, total, sin reservas. A veces Kléver piensa que ha amado mucho y otras que el amor está sólo en las novelas. Tal vez por eso, ahora su horizonte amatorio está amplio, vacío, se inaugura. “Lo dejo todo y después quedo en hilachas”, dice.
“En la vereda para andar’”, cita como dice su madre, que se siente orgullosa de que el último de sus hijos sea artista, aunque no entiende su forma de vida ni su desinterés por las cosas materiales. Dice con una sonrisa que su mamá le regaña con razón: “Llucho danzante, me llama”.
Caballo en el horóscopo chino, lleno de energía –se ajusta al oráculo– impetuoso, orgulloso, generoso, inteligente, de una independencia abrumadora, veloz, a veces actúa irreflexivamente. Desde chico, allá en Toacazo, Cotopaxi, saltaba, bailaba y cantaba, corriendo a la orilla del río, con los animales. Era “relativamente” salvaje. Y, a la vez, tímido. Hasta ahora. En reuniones sociales “me hago el artista, hola, hola”, de lejos, para no pasar la prueba de timidez al saludar uno por uno. “Sigo siendo el longo de Toacazo con complejo de plástico”.
Ángeles en vuelo sutil adornan su apartamento. Aprecia lo aéreo y habla de su ambición de volar. Dos aviones de madera leve, una mariposa de alas transparentes, todo en eterno movimiento, como el de quien conoce su cuerpo y se entrega con cada fibra y nervio. Acariciando pero también acuchillando el aire, transforma el espacio en volumen, penetra hasta el fondo en el espectador. “Se habla mucho del cuerpo, pero también es el alma”, dice sabiamente, mientras repasa la filosofía de Gilles Deleuze, su favorito ahora, que habla de los devenires, del cuerpo sin órganos... “Me dispara, me hace explosionar el cerebro”. Eso le permite trabajar con el instinto y la sensación “que colma a la carne en el momento de caída, de contracción o de dilatación” (Deleuze).

Kléver Viera, un provocador
Según Viera, al igual que la poesía, la danza alude a un conocimiento más profundo. No importa si hermoso o no, depende de la óptica desde la que se mira. Al enfrentar el cuerpo desnudo, lo sensorial, Kléver hace ver la belleza desde otro lado. “En mi caso sale monstruosa, es una deformación, el espectador queda sin piso”. Todo eso como parte de obras que no tienen una línea narrativa sino un compuesto en varias capas, de ideas y sensaciones que se materializan en el escenario, muchas veces interpretando personajes mujeres, pero no mujeres comunes y corrientes –rectifica–; él representa diosas, pues, más que a la mujer de carne y hueso, ama al mito, a su ideal de mujer.
Como muchos creadores contemporáneos, piensa que en un medio tan mezquino como el ecuatoriano, quien se entrega en serio, al no encontrar respuesta, termina cansado, se va cerrando, y el mundo de las convenciones, del formalismo, es el que triunfa. “Si alguien trata de vivir su arte con sinceridad es mal visto”. Y él, que se considera más que coreógrafo, un provocador, asegura que la creación es ser lo suficientemente valiente para entrar a lo desconocido. No cree en el arte preconcebido, “precocido; lo lindo es encontrarte con eso que te sorprende y te desequilibra”.
Ha viajado, pero siempre regresa, porque extraña mucho estas montañas y valles, este cielo. Recuerda los tres años en México, cuando vivía, en duras condiciones, con exiliados chilenos. Entonces recorrió todo el país y le han quedado algunas expresiones como “órale” y “chingar”. En 1986 empezó su gira en el Transformer Theater de Berlín. Los once espectadores eran críticos y todos comentaron bien su obra.
A partir de eso, el teatro se llenó. Se ufana de haber hecho todos sus viajes con sus propios recursos: “eso sí me da orgullo, no le debo nada a nadie, nunca hice concesiones, menos todavía a nivel estético de creación”. Viajó borracho o sobrio; con las direcciones en una libreta; comunicándose por señas; para ver a Pink Floyd en Dinamarca; sin un medio; durmiendo en estaciones de metro o dando clases con intérprete. El hombre tiene mucho que contar.
Imaginó bailarinas
Terminó la secundaria en el Colegio Juan Montalvo. “Muerto de miedo, con ilusión grande de estar en la ciudad”. Venir fue una de sus decisiones importantes. Él cantaba y quería tocar un instrumento, pero la danza siempre estuvo en su cuerpo, porque toreaba. Con su capote se movía rítmicamente frente al toro. Y de niño, escuchaba música clásica en la radio –como ahora, mientras habla–. Entonces ya imaginó bailarinas, ya las vio con esos ojos de mirada profunda y dura, a ratos, dulce e inocente, a ratos.
Cuando entró al Instituto Nacional de Danza y vio la película del Ballet Rojo de China, entendió que su camino estaba marcado. Se acuerda de sus maestros: Noralma Vera, en ballet clásico; Rubén Guarderas, danza moderna; Oswaldo Moreno, pintura; Leonardo Tejada, folclore y arte popular; y Luis Molinari, historia del arte.
Fue un comienzo vertiginoso. Prolífico y audaz, fundó grupos como Sendas y Yaradanza, y en los últimos años, Vista de Ojos; y desarrolló proyectos dancísticos como Runa; Danza de la memoria; La Anfisbena; La danza esperpéntica; Vista de ojos, danza estática en primer plano; Pelo negro, ojos azules; Cantuña, el canto de la piedra; El gozoso vía crucis de Ceferino sordo y mudo que resistió al demonio y voló para siempre, entre otros. Actualmente codirige el Frente de Danza Independiente (FDI) y la Sala de Artes Escénicas Mariana de Jesús, y mantiene el entrenamiento profesional de los bailarines del FDI.
Después de haber visto y hecho tanto por la danza –ha participado en docenas de festivales nacionales e internacionales, ha sido promotor de talleres y seminarios-, vivir hasta los 70 será una prueba, un desafío. Necesita tiempo para hacer algunas cosas, declara, pero lo más importante: llegar a conciliar consigo mismo. “Es una operación por demás compleja, eliminar ciertas contradicciones, aunque yo vivo de contradicciones”. Artista de los rebeldes años 70, al fin y al cabo, todo el dolor de la raza, de la identidad en ciernes, lo habitan, y así “escribe” su obra, con un cuerpo que teme envejecer, con una interrogación en cada nueva señal de la edad.
Afirma que la militancia política le enseñó a odiar, no a amar, pero su sensibilidad se multiplica cuando ve a los mendigos, a las madres pobres llenas de hijos. Entonces se rebela contra esa izquierda a la que llegó “cuando ya estaba en decadencia: trago, arrogancia, superficialidad”. Vio, en Cuba y Berlín Oriental, la falta de libertad, la gente con miedo, el mercado negro, la prostitución, el oportunismo de los burgueses. Cayó el famoso muro y muchos quedaron sin norte, sin utopía. Frente a eso “yo nunca di mi brazo a torcer, siempre me mantuve recto en mis ideas y principios”. Pero ahora el mundo está peor, “no me gusta para nada, no lo entiendo, quisiera desaparecer”.
Al cumplir los 50 años hace una síntesis, cierra una etapa de 30 años. Y aunque teme a lo desconocido de sí mismo, cree que algo más le espera. Pero ya no quiere vivir con expectativa: “de pronto la muerte está a mi lado. Le digo espérame un rato, hago un par de cosas. Déjame intentar una vez más”.
Si no fuera bailarín, quisiera tener unas cuantas vidas más para hacer música, sobre todo percusión, pintar y escribir poesía. Ha escrito toda la vida, pero no le hace mucho caso a esa inclinación. Ofrece mostrar sus escritos algún día. Por ahora la poesía está en su cuerpo. Su danza se hace sola porque hay mucho trabajo, ideas, experiencia y un método de trabajo.
El eco del yo
“Hacer danza es la búsqueda de la perfección, pero tiene sus propias limitaciones... y milagros. Sólo haciendo se descubren las posibilidades y los alcances”. Kléver se dice inseguro. Afirma que cualquier palabra puede botarlo al piso. Pero cuando entra a escena es otra cosa. “El bailarín es un muerto que se sostiene en pie a riesgo de su vida. Al cuerpo cotidiano, el que construyó la cultura, la educación, lo tienes que matar y tienes que construir otro. Cuando entro a escena está esa otra presencia, ya no soy yo, es otro”, que grita desde el fondo para que él le dé forma en sus coreografías.
¿Y cómo crea sus coreografías? ¿Cómo da vida a seres de negro o de rojo, desnudos o pintados, personajes grotescos o hermosos que ríen o que lloran? En ese mundo de sombras y de luces donde habitan deseos, impulsos, necesidades y también presagios, algo sucede. Todo viene después de una espera de años. Son descubrimientos que se basan en descifrar la vida, el ser humano. Es lograr un estadio del alma donde todo sea posible. Atreverse en la “oscuridad”, en el sexo, sin prejuicios ni limitaciones. Porque, finalmente, “quien gobierna es el continente inmenso de la piel. Yo me debo, me correspondo a eso, no puedo corresponderme a ideas abstractas que no me dicen del mundo”.
Parte de su obra se inspira en Francis Bacon, quien trata “la metamorfosis horrenda de las formas y el aislamiento insuperable del individuo”. Bacon le interesa por la carne –que es cuerpo, tentación–, le provoca una necesidad de meter las manos en ella, pues allí se contienen el dolor y el placer, “la carne para mí es danza”.

La huella de la danza
Kléver habla de la danza en el Ecuador, donde –lo dice con reserva– no hay auge de las artes escénicas en general. “El problema en el país es que no hay una tradición, un referente. Es un desierto, en el que quien más habla y quien mejor marketing hace es el que triunfa”. ¿Y el Frente de Danza Independiente? Es un laboratorio de experimentación, investigación y producción buena, pero no deja huella. “Esta debería quedar en los bailarines, en un repertorio, en grupos y talleres que realicen sus cosas permanentemente. En algunos él marcó su trazo: Pablo Cornejo, Rosa Amelia Poveda, Freddy López. Como la huella que dejó en él el bailarín Wilson Pico, con quien ha tenido “una relación muy bella”. A él lo considera el gran maestro.
Ojalá la huella del arte no se quede en las escuelas gratuitas que usan fondos del Estado y que algún momento se esfumarán; “esas escuelas que rechazan a las gorditas y bajitas o pagan miles de dólares para traer instructores extranjeros, pero el trabajo de aquí no lo reconocen. El arte es trabajo, desangrarse a cada paso. La gente no se juega...” ¿Y vos te juegas? “Siempre me juego, muero en cada obra. Mi lucha es contra el tiempo, es permanecer, es continuidad”.

