'Enredos' es un musical que entrelaza amores y canciones del pop ecuatoriano de los 80 y 90. La obra vuelve a escena con una historia que combina nostalgia, humor y memoria colectiva.
En el escenario, Paúl está a punto de casarse, pero antes debe enfrentarse a un pequeño gran problema: tres exnovias aparecen en la lista de invitados. El enredo está servido. La trama, que recuerda a las comedias del Siglo de Oro español, avanza con canciones que marcaron a una generación.
El protagonista va y vuelve, no encuentra su lugar, al ritmo de temas como ‘Exorcismos de amor’, de Ricardo Williams; ‘Qué debo hacer’, de Las Lolas; ‘Duérmete junto a mí’, de Tercer Mundo… Desde las butacas uno no puede dejar de tararear. No solo se está al frente de un musical, pues se contempla una cápsula del tiempo.
Christian Valencia tenía claro ese viaje hace once años, cuando estrenó ‘Enredos’ en el Teatro Sánchez Aguilar, cuyo nuevo montaje llega al Teatro San Gabriel, en Quito. La obra era -y sigue siendo- un doble homenaje: a las sátiras que caracterizaron a la dramaturgia española, y a la época cumbre del pop ecuatoriano que entre los 80 y 90 sonaba en casetes, emisoras radiales y conciertos escolares.

“Se trata de retroceder en el tiempo y ver esa vida enredada de aquellas épocas”, dice Christian. Mientras en sus palabras vibra tanto la nostalgia como la convicción de que aquellas canciones son himnos.
El elenco ha cambiado, como cambian las formas de comunicarnos. Hubo un tiempo en que María José Blum (Kiruba) y Jasú Montero (Kandela&Son) subían al escenario. Hoy, nuevas voces toman el relevo, pero “la historia se mantiene, esa búsqueda enredada del amor”, insiste el director.
Antes eran cartas y teléfonos con cable. Ahora son mensajes que se pierden en chats infinitos. “Siempre estamos enredados desde la comunicación. Lo que ha cambiado es el ruido”.
‘Enredos, el musical’
- El elenco está conformado por Samantha Grey, Dayana Sengés, Hugo Alejandro, Belén Idrobo, Ariadna Macías, Emilio Reyes y Cristina Alcívar.
- La obra se presenta el 11, 12 y 13 de septiembre en el Teatro San Gabriel, en Quito.
- El costo de las entradas va entre los $15 y $40.
- La banda sonora contiene a Clip, AU-D, Tranzas, Cruks en Karnak, Contravía, Tercer Mundo, entre otras bandas y artistas nacionales. El playlist está en Spotify.
La música como hilo conductor
Pese al ruido, hay que tener el control, pretender que nada pasa, aunque colapse tu casa. Eso lo conoce Samantha Grey, quien llegó a ‘Enredos’ porque Christian la vio en un video cantando en Barcelona. “Me dijo: tú eres Martha dentro del musical”.
Para ella, hija de Sharon, ‘La Hechicera’ de la tecnocumbia, la conexión con la música ecuatoriana es íntima. Le resulta una responsabilidad cantar estos “himnos” que marcaron una época con más limitaciones de difusión. “Ahora existen plataformas, quienes nos anteceden lograron algo enorme con menos canales y continúan sonando”.
Hugo Alejandro interpreta a Paul, personaje a que el adiós le retumba en las noches y le corta la respiración. Una sensación que vivió hace años, cuando giraron por Loja, Cuenca y Quito. “Ahora lo asumo desde un punto más empático. Te metes más en las historias de las parejas que tuviste. Se trata de cerrar círculos que quedan abiertos. Hoy te ghostean. Antes te perdías en una carta… pero la música siempre está”.

Por eso el sonido en ‘Enredos’ no es un simple acompañamiento. Es el verdadero tejido que sostiene a la obra. Cada canción -de ‘Al borde’ a ‘Gringa Loca’- arrastra consigo décadas de radios encendidas, de bailes improvisados en salas pequeñas, de voces que se aprendieron de memoria en los buses urbanos.
Escuchar ‘Uno vuelve’ o ‘Si entendieras’ no es solo recordar, es comprobar que esas letras todavía hacen temblar, incomodan y consuelan. Esa es la apuesta audaz del musical: rescatar un cancionero nacional que parecía relegado a la nostalgia.
Cuando suenan los coros, lo que ocurre es una especie de comunión. El público no se limita a mirar, pues completa versos. Es allí donde la obra se convierte en algo más que un musical. Se trata de una ceremonia colectiva donde la memoria sonora del país se transforma en emoción compartida.
Además de escuchar, se mira…
La escenografía es un museo de la adolescencia noventera ecuatoriana. A un lado, una pared azul contiene fotos familiares, medallas deportivas colgando como reliquias, un reloj redondo marcando una hora cualquiera, un televisor Sony junto a un cubo Rubik y no falta un viejo teléfono de disco sobre el escritorio.
La mochila de cuero descansa en el suelo y adentro tiene un cuaderno con más de tres notas. Ahí están también los libros de Física y Geometría, recordándonos que la juventud fue siempre una tarea pendiente entre ecuaciones y corazones.
En la otra esquina, la pared naranja estalla con rebeldía. Pegatinas de Nirvana, Sex Pistols, Queen; un póster de los Looney Tunes compartiendo espacio con una cinta amarilla de “peligro” que atraviesa todo el cuarto como si advirtiera que crecer siempre fue riesgoso. El corcho lleno de boletos de conciertos y garabatos de memorias juveniles.
El decorado no es solo un telón de fondo, porque es imposible no sentir que uno mismo vivió allí, o era la habitación de un familiar que alguna vez se recorrió. Y es que uno se identifica porque, en algún momento, arrancó las páginas de una revista y las pegó en su pared.

Sensaciones sin la cuarta pared
En el escenario, el personaje de Paúl lo entiende tarde, a la puerta de su boda, más que decir “sí” (o “no”) necesita despejar dudas, comprobar si el pasado sigue influyendo en su presente.
En el fondo, ‘Enredos’ es un espejo. Un viaje hacia una época en la que todo parecía más complicado y a la vez más simple. Los enredos estaban en las cartas sin respuesta, en los teléfonos ocupados, en la timidez de expresar lo que sentimos dedicando una canción.
Hoy, entre redes sociales y notificaciones, seguimos enredados, aunque de otro modo. Por eso el musical funciona, porque no habla solo del pasado, sino de una condición permanente.
Y, por eso, mientras el público se ponga de pie para aplaudir, alguien cantará bajito: ‘Estás aquí’. Sin saber si lo hace evocando al amor o a la memoria, o simplemente es esa música que todavía late, como un eco que se niega a apagarse.

