Edición 427 – diciembre 2017.
El hombre tenía fama de sabio. Pero tenía también, como muchos sabios, fama de desordenado y caótico, de vivir siempre con sus cosas alborotadas.
Su laboratorio de toda la vida, en la St. Mary’s Hospital Medical School, en Londres, era un revoltijo inimaginable de probetas, placas, mecheros, frascos, cultivos y tubos de ensayo, alrededor de un sinfín de microscopios, densímetros y manómetros. Todo un caos. Había, claro, un atenuante para tan tremendo desbarajuste: la búsqueda de alguna substancia que sirviera para combatir la propagación de las infecciones se había vuelto frenética, inaplazable. No había tiempo que perder.
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