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En Nicaragua se grita contra el olvido

por Paola Ponce

Por Desirée Yépez

Fotografía Desirée Yépez y Cortesía del Museo de la Memoria

Edición 455 – abril 2020.

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El Museo de la Memoria: Ama y No Olvida, instalado en el centro de Managua, honra a las víctimas de la represión durante las protestas contra el Gobierno de Daniel Ortega.

Las madres de Nicaragua aman y no olvidan. Transforman su dolor en coraje y desafían al miedo. Las madres de Nicaragua paren memoria.

El país centroamericano erupciona desde abril de 2018 y de sus entrañas sale sangre. Hace dos años el pueblo se tomó las calles y cientos perdieron ahí la vida. Todavía no hay datos suficientes que alcancen para dimensionar la masacre. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) da cuenta de 328 nicaragüenses muertos en el contexto de la crisis social; pero organismos locales elevan la cifra a 595. El régimen de la pareja Daniel Ortega y Rosario Murillo reconoce doscientos y denuncia un supuesto intento de golpe de Estado.

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La realidad es que entre los números se esconden las vidas de niños, adolescentes, hombres y ancianos ejecutados extrajudicialmente. Los asesinatos se cometieron de manera sistemática y, de acuerdo a los informes disponibles, fueron perpetrados por las fuerzas policiales y paramilitares del Gobierno. El pueblo contra el pueblo. Y es ese el abono de un espacio para gritar: ¡justicia, verdad, reparación y no repetición!

El Museo de la Memoria contra la Impunidad se construyó para dar dignidad a los caídos. También es una estrategia para contrarrestar la narrativa oficial que criminaliza a los rebeldes y una herramienta para retar la impunidad de los crímenes que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) calificó, en octubre de 2018, como de lesa humanidad.

“Existimos porque resistimos. El dolor nos hace levantarnos. Si no lo hacemos nosotros, no lo va a hacer nadie”, dice Tamara Morazán. La mujer es hermana de Jonathan Morazán, asesinado el 30 de mayo; y miembro de la Asociación Madres de Abril (AMA) que dio a luz el museo “para que esto no se vuelva a repetir”.

Tamara recorre como guía los tres salones del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (Ihnca), dentro de la Universidad Centroamericana (UCA), en Managua, que acogen la exposición que se instaló del 30 de septiembre al 6 de diciembre de 2019. Viste pantalón de jean, zapatos deportivos y una camiseta negra que lleva estampada la palabra AMA en letras blancas y azules —los colores de su país—. Mientras camina, explica que la muestra visibiliza la información que las propias familias han recolectado y que han llamado el camino de la verdad.

El trabajo de AMA se sobrepone a las barreras de espacio y tiempo. Tras la matanza que se inició en abril de 2018, el régimen orteguista ha impedido que existan lugares de memoria en el espacio público. Las cruces, fotos u objetos que se colocaban eran barridos y eliminados por la fuerza pública. La consigna implícita era el olvido.

Las manifestaciones contra Daniel Ortega y Rosario Murillo comenzaron el 18 de abril de 2018, dos días después de que se anunciara un decreto que reformaba la seguridad social. Con la medida se elevaba el aporte de los trabajadores y empleadores, y reducía las pensiones. “Hubo protestas, no hubo muertos”, aseguró el presidente a la Agencia EFE, en septiembre de ese año.

Las Madres de Abril burlaron el cinismo del líder sandinista. Entonces, para recordar, desarrollaron una iniciativa digital, gratuita, disponible a cualquier hora y desde cualquier lugar del mundo.

El Museo de la Memoria se concibió como un espacio virtual, pero en el proceso también se gestó uno físico —temporal— que cuenta con los mismos recursos que la web: mapas ilustrados con detalles de los acontecimientos, testimonios, fotos y objetos personales. “La particularidad de Ama y No Olvida es que se montó en un momento de represión y acoso. Nace en plena violación de los derechos humanos”, especifica María E. Ortega, una de las voceras de la organización.

La creación de la galería, recopilación de información y grabación de testimonios se hizo completamente en silencio. Clandestinamente. Uno de los retos consistió en buscar sitios seguros, donde las familias pudieran compartir sus experiencias. El museo ha sido una vía de escape para vivir el duelo en paz, ya que tampoco pueden visitar los cementerios pues están vigilados de manera constante.

El Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica, ubicado en la capital nicaragüense, representó ese lugar confiable por tratarse de una universidad privada que cuenta con resguardo para acogerlos. Como resultado, entre septiembre y diciembre de 2019, más de diez mil personas visitaron la muestra física y más de quince mil la virtual, www.museodelamemorianicaragua.org.

El concepto es un museo-altar dividido en tres áreas. La primera expone quiénes eran. En altares de adoquines que simulan barricadas se observan diplomas, cartas, zapatos, máscaras, lentes, guitarras, flautas, camisetas, libros, juguetes de los fallecidos, en su mayoría jóvenes estudiantes. Desde aquí se construye una narrativa que intenta romper la del Gobierno, ese discurso que los tildó de criminales. “Los manifestantes son manipulados por un partido político mediante las redes sociales y son delincuentes, según reportes de la Policía Nacional”, aseguró Daniel Ortega el 21 de abril de 2018.

“La muestra trata de decir que eran estudiantes, trabajadores, campesinos, presos políticos”, contrarresta María E. En la galería se lee: El niño Álvaro Manuel Conrado Dávila, de quince años, es herido de muerte en el cuello durante una escalada represiva de la Policía contra las universidades. Fallece cuatro horas después. Michael Humberto Cruz Sánchez recibe un tiro en el pecho disparado a corta distancia. El estudiante Kevin Roberto Dávila López es herido por arma de fuego en la cabeza y muere el 16 de mayo. Dany Stanley Rivas, de veinticinco años, técnico especializado en pinturas, recibe un balazo en el abdomen que perfora la vena femoral. Richard Eduardo Pavón Bermúdez, diecisiete años, estudiante de quinto año de secundaria del Instituto García Laviana, es asesinado de nueve balazos cuando grupos de choque y policías reprimen una protesta.

La segunda parte es una reconstrucción de los hechos. El detalle alrededor de los asesinatos. Información recabada por los familiares a partir de la versión de testigos, pues ni la Fiscalía ni el Gobierno proporcionan datos.

Esa historia se cuenta por medio de mapas que ubican de manera precisa el recorrido de las víctimas durante su último día. Los familiares dibujaron los borradores del trecho que hicieron desde que salieron de casa hasta el momento de su entierro. Las ilustraciones determinan dónde cayeron y desde dónde se dispararon las balas que segaron sus vidas.

Es diciembre de 2019. Wilfredo Miranda retornó a Managua hace unas dos semanas, luego de exiliarse por el acecho recibido tras la cobertura de la crisis social. Ese mismo año el reportero se hizo con el Premio de Periodismo Rey de España, por su investigación “¡Disparaban con precisión: a matar!”, publicada el 26 de mayo de 2018 en el diario digital Confidencial. Tras varias semanas de indagación, el joven de veintisiete años encontró un patrón de heridas letales en cabeza, cuello y tórax de asesinados y heridos durante las protestas contra el régimen.

“La represión ha tenido etapas”, explica Pirulo, como le dicen sus conocidos. Empezó el 18 de abril con turbas que no pudieron replegar a la gente. Un día después, el 19, la fuerza antimotines comenzó a disparar armamento antidisturbio, balas de goma, bombas lacrimógenas. La noche de ese jueves murió Darwin Manuel Urbina, luego de que un policía le detonara una bomba de contacto que destrozó su garganta. El 20 de abril ya se vieron armas de fuego y Miranda narra que fallecieron cerca de dieciséis personas.

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Los miembros de AMA creen que mantener la memoria histórica colectiva ayudará a que Nicaragua no vuelva a vivir violencia por razones políticas, una experiencia que los nicaragüenses no pensaron repetir tras la caída del dictador Anastasio Somoza Debayle, en 1979, cuando Daniel Ortega gobernó Nicaragua por primera vez.

FUENTE: WWW.UNIVISION.COM

“Estuve cubriendo las protestas en las calles. A medida que se intensificaban, se volvió evidente que el Gobierno reprimía de manera letal. A partir de junio, se vio el uso de armamento de alto calibre”, detalla el periodista. La Policía se desbordó ante la sublevación nacional y el régimen dio paso a la actuación de agentes paramilitares. Aunque inicialmente Daniel Ortega lo negó, en julio de 2018, calificó de “policías voluntarios o defensores de la paz” a civiles armados y encapuchados que —de acuerdo a las conclusiones de la CIDH— cometieron la mayor parte de la masacre: exmilitares retirados y policías inactivos.

Los autodenominados “defensores de la paz” han sido señalados por los organismos nacionales e internacionales como los principales responsables de entre 295 y 448 muertes.

La gente decía: “¡Hay francotiradores, hay francotiradores!”, pero nadie podía probarlo. A mayo de 2018 la cifra de muertos ya bordeaba los ochenta… La investigación llevó a Wilfredo al hospital Antonio Lenin Fonseca, en Managua, donde está la unidad principal de Neurocirugía del país. “Los médicos estaban indignados de recibir jóvenes con los cráneos dinamitados y me pasaron veinte gigas de información tomográfica, de tomografías”.

Luego de cotejar los reportes con los de otras dos casas de salud y de analizarlos con la asesoría de expertos, el reportero encontró hallazgos “escabrosos y reveladores”: el uso de armamento de alto calibre, no eran balas de veintidós milímetros: eran de fusil AK-47 (arma soviética usada durante la Segunda Guerra Mundial), de misiles Dragon y Galil, o sea de guerra; la precisión de los disparos: eran balazos que entraban por la frente y salían por detrás, dejando una estela de destrucción en el cerebro, los muchachos morían automáticamente; y se disparaba desde posiciones privilegiadas: quienes tiroteaban tenían experiencia y lo hacían desde ubicaciones estratégicas, pues la trayectoria de los disparos iba de arriba abajo.

Wilfredo Miranda comprobó que en Nicaragua hubo —o hay— ejecuciones extrajudiciales. La CIDH y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (Acnudh) citaron el reportaje en sus informes como una evidencia contundente.

El recorrido virtual y físico del museo permite a los visitantes conocer a los estudiantes, trabajadores, artesanos, indígenas, campesinos, productores, prisioneros políticos que usaron sus derechos ciudadanos a la protesta cívica, y el Estado —con fuerzas combinadas— los silenció con disparos certeros de armas de guerra. Por eso, la tercera parte de la galería comprende la memoria, el relato de los suyos y cómo preservan su recuerdo.

Los rostros en blanco y negro de unos setenta muchachos cuelgan del techo del salón del Instituto de Historia. Sonríen o simplemente miran de frente a quienes ingresan. Sus caras aparecen a color en el sitio web que recibe al visitante con la melodía de una guitarra. Es una canción que evoca nostalgia. Que duele y perfora al leer los perfiles disponibles. Las historias de nños que clamaron por su vida, que pidieron no morir y no fueron escuchados en los departamentos de Managua, Masaya, Carazo, Chinandega, León, Estelí, Matagalpa, Jinotega y Raas. Todo ese material está en línea.

El museo es un espacio vivo que se actualizará con biografías nuevas, a medida que se suman otras madres a la AMA que actualmente integra a unas cien. “La misión es buscar a todas porque el Estado tiene que responder”, repite Susana López. La mujer llora y golpea su pierna con indignación. Ella perdió a su hijo, Gerald Vásquez, el 13 de julio de 2018. El joven, de veinte años, fue acribillado dentro de la iglesia de la Divina Misericordia, en Managua. “Tienen que responder por todo el daño que nos hicieron. Y nos ha costado porque hay familias que tienen miedo al asedio, a las profanaciones de tumbas”, comenta.

Al repasar la galería, llama la atención que no se registran nombres de chicas. Datos de la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (Anpdh) indican que, solo en 2018, unas veintiséis mujeres murieron como consecuencia directa de ataques armados del Estado contra opositores.

¿Dónde están ellas? “La creación del museo ha sido liderada por mujeres”, explica María E.; pero, en el caso de las víctimas, tiene que ver con que la mayoría de familias asociadas a Madres de Abril perdió a hombres; además, no todos los muertos de la AMA están en la exposición.

En las barricadas había chicas, pero muchas se dedicaban a curar a los heridos, reconstruye Wilfredo. Hubo muchachas haciendo frente, volando morteros, piedras, pero la mayoría fueron hombres que estaban en la primera fila y ellas eran un enlace para trasladar a los afectados, curarlos, conseguir víveres. Las mujeres son una minoría en la lista de muertos. “No hubo muertas, pero sí muchas detenidas que sufrieron vejámenes terribles perpetrados por paramilitares en cárceles clandestinas. Fueron violadas, torturadas”.

Hay mujeres que hablan, pero desde el anonimato. Y sus relatos estremecen. Por ejemplo, en El Chipote, un centro de tortura octogenario que se levanta en la loma de Tiscapa (centro de Managua), las desnudaban y las dejaban ahí hasta que llegaban tipos a violarlas. Los policías también les ponían los fusiles AK-47 en el ano. Muchas abandonaron Nicaragua.

La masacre apenas se está dimensionando en todas sus aristas. Ahora se cuenta lo obvio, lo visible, pero hay un trauma invisible que aún no se ve.

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