Nunca pensé que la dramaturgia tradicional y la religión se parecieran tanto. Soy guionista, creo historias, tramas, personajes y, sobre todo, un sentido que justifique su viaje. La narrativa convencional consiste en exagerar algunos aspectos de la vida y omitir otros, manipular la realidad para que parezca una idea que tiene sentido. Y un sentido implica un dios. Por eso la narrativa, al menos la tradicional, es, en principio, jerárquica y, por ende, trae consigo todos esos términos académicos y engorrosos como heteropatriarcal. “Contar historias es venderlas”, dice Byung-Chul Han, quien ha mencionado que prefiere escribir frases sueltas, libres, que no pretendan ser relatos terminados.
Vivir en una sociedad exitista es complejo. Uno de los valores que se nos inculca desde que nacemos es que el futuro, como concepto, es siempre positivo, algo maravilloso y pulcro; un lugar donde siempre hay dinero y “abundancia” y un airecito perfumado que promete bienestar y aire acondicionado. El concepto que tenemos arraigado en el inconsciente sobre “el futuro” tal vez lo hayan creado los publicistas o los falsos poetas a base de frases trilladas que todos llevamos dentro: “El futuro es mejor”, “ir hacia un gran futuro”, “las escuelas del futuro”, o a secas: “Hay futuro”. El futuro, como concepto, siempre es positivo. Mañana habrá dinero, mañana habrá paz, mañana vendrá la luz. De alguna manera pensamos, o al menos pienso yo, que mañana o el mes próximo voy a estar mejor; mañana ya no tendré ese tic nervioso, mañana haré abdominales y saldré a correr, mañana seré resiliente y empática, mañana haré donaciones a los pobres y crearé un tacho para la basura orgánica.
Pero la verdad, en términos científicos, es que cada día que pasa estamos peor. Es decir, más viejos, más cansados, más frágiles. Cada día algo se apaga en nosotros: una neurona, una célula, un pensamiento. Cada día perdemos algo: las llaves, la esperanza, la fosforera, la calma, una amiga, una media, la fe, la cartera. Cada día olvidamos algo: el color de nuestra casa de infancia, el nombre de alguien que amamos, la mirada de un animal que alguna vez nos habló en silencio.
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