Edición 450 – noviembre 2019.
La leyenda, que durante muchos siglos deslumbró a piadosos y aventureros, decía que su reino cristiano estaba en algún lugar de Oriente, “más allá de Persia y Armenia”, aislado entre comarcas paganas y principados musulmanes, y que sus riquezas eran de fábula y también sus maravillas: tenía, entre otras, un espejo que le permitía ver todas sus provincias por lejanas que estuvieran. Y su soberano, el Preste Juan, provenía de un linaje tan magnífico como que se remontaba a uno de los Reyes Magos. Nada menos.
Todo había empezado, según parece, con el Apóstol Tomás, quien, tras la crucifixión de Cristo, en el año 33, habría sido encargado por el Apóstol Pedro de empezar la evangelización de Oriente. Estuvo en Siria y, más tarde, desde el año 52, en la India, donde difundió la nueva fe y construyó templos, hasta su muerte, martirizado, en julio del año 72. Allí, en el siglo V, surgió de sus enseñanzas el Patriarcado de Santo Tomás, en el que, a principios del siglo XII, el Preste Juan se erigió en un rey poderoso y magnánimo, que al mismo tiempo era gobernante y predicador.
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