Edición 438 – noviembre 2018.
La suya fue (o parecía ser) una historia delicada y dulce de amor, no demasiado inusual en aquellos tiempos caballerescos y galantes, pero aun así enternecedora y delicada: un príncipe joven, rico, romántico y de buen ver que lo deja todo por el amor de una mujer. Fernando de Habsburgo era, en efecto, el segundo hijo del emperador Fernando I, del Sacro Imperio Romano Germánico, que era también archiduque de Austria y rey de Hungría y Bohemia. Su antiguo linaje, el de los Habsburgo, era el más deslumbrante de Europa. Y, por cierto, había muchos títulos y muchos dominios de por medio.
Por aquella época, mediados del siglo XVI, España estaba en plena conquista y ocupación de ese inmenso continente, América, que pocos años antes había sido encontrado en una expedición patrocinada por los reyes católicos de Castilla y Aragón. Cuando Fernando nació, en 1529, ya su familia poseía también el trono español: su tío Carlos I de España, que era Carlos V de Alemania, lo había heredado de sus abuelos, los reyes católicos, a través de sus padres, Juana ‘la Loca’ y Felipe ‘el Hermoso’. Un árbol genealógico frondoso y florido, lleno de magnificencia y poder.
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