El verdadero amor de Fernando.
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

El verdadero amor de Fernando.

Por Jorge Ortiz.

Edición 438 – noviembre 2018.

MUndo

La suya fue (o parecía ser) una historia delicada y dulce de amor, no demasiado inusual en aquellos tiempos caballerescos y galantes, pero aun así enternecedora y deli­cada: un príncipe joven, rico, romántico y de buen ver que lo deja todo por el amor de una mujer. Fernando de Habsburgo era, en efec­to, el segundo hijo del emperador Fernando I, del Sacro Imperio Romano Germánico, que era también archiduque de Austria y rey de Hungría y Bohemia. Su antiguo linaje, el de los Habsburgo, era el más deslumbrante de Europa. Y, por cierto, había muchos títu­los y muchos dominios de por medio.

Por aquella época, mediados del siglo XVI, España estaba en plena conquista y ocupación de ese inmenso continente, América, que pocos años antes había sido encontrado en una expedición patrocinada por los reyes católicos de Castilla y Ara­gón. Cuando Fernando nació, en 1529, ya su familia poseía también el trono español: su tío Carlos I de España, que era Carlos V de Alemania, lo había heredado de sus abuelos, los reyes católicos, a través de sus padres, Juana ‘la Loca’ y Felipe ‘el Hermoso’. Un árbol genealógico frondoso y florido, lleno de magnificencia y poder.

Pero a Fernando nada de eso le intere­saba, por lo que en 1557, a sus veintiocho años, renunció a todos sus derechos suce­sorios para poder casarse con Philippine Weiser, una joven católica bonita y vivaz, de ojos azules y piel blanca, a la que no le faltaba dinero, pero sí le faltaba nobleza: era hija de un comerciante opulento e influyen­te, con intereses enormes en los mercados mundiales de las especias y el estaño, aun­que sin ningún linaje digno de mención. Para su padre, el emperador alemán, y para su tío, el emperador español, era un enlace inaceptable.

Inaceptable, sin duda, a menos que accediera a ser privado de sus derechos de sucesión. Que fue, ni más ni menos, lo que hizo Fernando. Una vez que hubo renun­ciado a toda aspiración al trono checo y húngaro, su familia autorizó el matrimonio, pero les pidió a los novios “prudencia y sigi­lo”. Y, así, Fernando y Philippine se casaron una medianoche, con la mayor discreción y muy pocos testigos, en la capilla del castillo de Breznice, en el corazón de Bohemia.

Y si bien amaba a Philippine, con quien tuvo cuatro hijos, la pasión profunda y ge­nuina de Fernando, archiduque del Tirol, era el arte: había renunciado a sus derechos sucesorios, y con ellos a sus obligaciones y ocupaciones de Estado, para dedicarse a coleccionar arte. Toda clase de arte, desde pinturas y esculturas hasta trabajos en oro y marfil, y también joyas, vajillas, relojes, armaduras, autómatas e incluso “maravillas de la naturaleza”. Dinero no le faltaba. Y, claro, refinamiento y buen gusto tampoco.

Pero otras casas reales, sobre todo la de Baviera, también estaban armando sus propias colecciones. Y es que el arte era, por entonces, buscado y codiciado por los grandes señores de Europa. Y Fernando tuvo que endeudarse para conseguir algu­nas de las obras que más anhelaba. Pero la suerte estuvo de su parte para obtener la pieza con la que siempre soñó, la Saliera, de Benvenuto Cellini: se la regaló el rey Carlos IX de Francia en gratitud por haberle ayu­dado a concertar su matrimonio con Isabel de Austria, sobrina de Fernando.

La Saliera, el Salero, es una obra en oro, ébano, marfil y esmaltes, en que Neptuno, el dios del mar (pues de allí proviene la sal), y Ceres, la diosa de la tierra (pues de ella se obtiene la pimienta), guardan y custodian las especias, con las que los hombres dan sa­bores finos y aromas gratos a sus alimentos. La Saliera fue la pieza más querida de la asombrosa colección del archiduque Fer­nando del Tirol, que a su muerte fue hereda­da por su sobrino, el emperador Rodolfo II del Sacro Imperio. Después, con el transcu­rrir de los años y los siglos, la colección fue de palacio en palacio, al vaivén de los cam­bios de la sede imperial, hasta que, huyendo de guerras y turbulencias, fue llevada de Pra­ga a Viena. Y allí está hoy, en la ‘Kunstkam­mer’, donde, entre las 2.162 obras de arte que llegaron a tener los Habsburgo, la pieza cen­tral sigue siendo la Saliera, la obra que fue el verdadero amor de Fernando.

 

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Recibe contenido exclusivo de Revista Mundo Diners en tu correo