Edición 446
Hace unos tres meses encontré en mi buzón un correo en el que me proponían una lectura poética en la región de la Bretaña francesa. Era evidente que quienes me invitaban desconocían de mi muerte literaria. A menos que se tratase de una invitación póstuma, me dije y continué con mis tareas que no son muchas ni hacen mucho ruido. Ocupo apenas un habitáculo de veinte metros que incluye baño, rincón de cocina y el suficiente espacio para mi camastro que al plegarlo se convierte en un sofá y el habitáculo en estudio donde se arruman mis libros, la mesita que ocupo para comer y escribir y la silla.
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