El último juglar.
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El último juglar.

Por Francisco Febres Cordero.

Fotografía Cortesía.

Edición 432 – mayo 2018.

Firma--Pajarito--Juglar

Todos sabíamos que, de manera inelucta­ble, Nicolás Kingman iba a morir. Sin embar­go, me pareció que su primera muerte le iba a llegar cuando lo vi —a él, que fumaba dos ca­jetillas diarias— dar pitadas hondas a un inani­mado cigarrillo electrónico. “Así no va a durar, el Nico va a morir pronto”, pensé. Pero duró.

Vislumbré su segunda muerte cuando, en un almuerzo íntimo, vi cómo una de sus hi­jas, Simona, le servía —a él, que había bebido mucho y fuerte con sincrónica cotidianidad— en vaso largo un brebaje que contenía apenas 1% de ron y 99% de Coca-Cola. “Así no va a durar, el Nico va a morir pronto”, pensé. Pero duró.

Duró, hasta que llegó al borde de cumplir cien años, vividos intensamente, a lo largo de los cuales hizo política, amó, escribió novelas, libros de relatos y centenares de artículos pe­riodísticos (son varias las crónicas que escribió cuando esta revista tenía un formato cuadra­do y pequeñito y se llamaba Diners). Pero, ha­biéndonos dejado todo ello, lo que más nos dejó fue su palabra. Nicolás Kingman —el Nico— hizo de la conversación, de la tertulia, un arte y fue un maravilloso contador de histo­rias, de sucedidos, en que, con su verbo incan­descente, mezclaba la verdad con la mentira, la realidad con la fantasía, salpimentaba los hechos con ficciones, y así iba construyendo un texto a lo largo del cual embobaba a sus contertulios durante horas; sentado en un si­llón, se vislumbraba su larga figura envuelta en una densa nube del humo de sus muchos cigarrillos, mientras su voz mantenía su tono prodigioso apoyada en el bastón de un ron añejo.

Al escucharlo, siempre pensé que el Nico era, igual que Eduardo, un gran pintor (ambos tenían el sello de hermandad dado por unas manos inmensas, fuertes y nudosas, pero esta­ban separados por muchos metros de estatura pues mientras Eduardo era liliputiense, el Nico era tan alto y flaco como un eucalipto). Eduar­do interpretaba la realidad y la plasmaba en el lienzo que tenía delante, al que llenaba con los dulces, tiernos, amargos, dolorosos colores de su paleta mágica, mientras el Nico pintaba el mundo que le había sido dado a conocer mediante el don incandescente de su verbo, que restallaba en formas, imágenes, texturas, situaciones, hasta componer un fresco que quedaba grabado en la memoria de quienes lo escuchaban.

El Nico hizo que su oralidad se transfor­mara en literatura, en poesía, en cuento, arte que comenzó en su remota juventud y perdu­ró incansable hasta estos tiempos en que la conversación va quedando relegada al olvido, dominados como estamos por la maldita tec­nología que todo lo reduce a los 140 caracte­res de Twitter o a la vanidosa propagación de los detalles más nimios e intrascendentes en Facebook.

El Nico conversaba larga, minuciosa, es­paciosamente en frases cargadas de sabidu­ría, de humor, de filosa ironía, y era capaz de captar la atención de la audiencia como el protagonista de un monólogo infinito; en el medio —como si de un entremés se tratara— cantaba tangos con su voz de arrabal, puña­lada y malevaje, porque, según confesaba, la vida había truncado su auténtica, su verdadera vocación: la de cantante.

Con el Nico murió el último trovador, el último juglar que era capaz de, a la sola mención de su presencia, convocar a una audiencia tan dispar en edad como variada en oficios, ilusionadamente dispuesta a es­cuchar sus historias únicas, irrepetibles, que brotaban de su memoria infinita —lúcida­mente iluminada—, palpitaban al ritmo de su corazón tierno, amplio, generoso, y salían de su boca con acento lojano, hasta grabar­se de manera indeleble en la memoria del vastísimo auditorio que a lo largo de un siglo tuvo el privilegio de escucharlas.

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