El tiempo, el implacable
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El tiempo, el implacable

Por Milagros Aguirre.

Ilustración: Adn Montalvo Estrada
Edición 465 – Febrero 2021.

2020 se nos fue en un abrir y cerrar de ojos. Seguramente, como un mecanismo de defensa y supervivencia, la percepción del tiempo durante la pandemia cambió. Los días, las semanas y los meses pasaron como un soplo. Pasamos de marzo a diciembre en un tris, sin nada que poner en el calendario. Tal vez pasó así, de repente, porque no esperamos nada. Cuando uno espera, el tiempo pasa lento y un minuto puede durar un siglo. Ahora no: el tiempo se esfumó. “El tiempo, el implacable, el que pasó”, como decía la canción de Pablo Milanés. 

2020 se nos fue de Zoom en Zoom para quienes tuvimos la suerte de tener trabajo (y teletrabajo). Las restringidas reuniones familiares o con amigos, los miedos y la paranoia, el alcohol irritando nuestra piel, la obsesiva limpieza, la desinfección profunda, hicieron que el tiempo vuele. No tardamos en acomodarnos a una nueva normalidad, que no es muy normal. Nos acostumbramos, pronto, a vernos a través de la pantalla del celular, a las videollamadas, a las charlas por WhatsApp, a las teleconferencias para discutir temas profundos, asistir a eventos en línea o celebrar los cumpleaños de familia y amigos. Y es curioso. Tan quietos y, a la vez, tan activos. Tan productivos y, a la vez, tan pasivos, con tiempo para devorar series de televisión hasta empapuzarse y también para escribir páginas de páginas, recibir clases virtuales de cuanta clase virtual pueda existir en ese menú del universo digital o leer cuanto libro se pueda leer. 

La pandemia ha sido como un tiempo sin tiempo, marcado por las rutinas. Un tiempo extraño que nos puso a pensar en los afectos, en los paisajes, en la naturaleza. Y también en la muerte que acecha y que abraza, pero que no llega la víspera, que no avisa, sino que espera, ella sí, pacientemente, a su presa. Este tiempo sin tiempo ha sido marcado por el dolor de las pérdidas y la valentía de quien se busca la vida, de quien no tiene que perder o de aquellas mujeres que han debido dormir con el enemigo y cuyas vidas han terminado en manos de quienes decían amarlas. 

En este tiempo sin tiempo han convivido la angustia, la tristeza y el miedo, con el optimismo de pensar en un mundo nuevo, en un planeta que respira, en iniciativas solidarias y empatías.

Un tiempo curioso este que nos tocó vivir: el de apreciar más cada minuto y agradecer por tener vida, salud, trabajo y, a la vez, un tiempo de renegar, de no hacer planes o de postergarlos, de una cierta frustración. Un tiempo para la paciencia y también para la incertidumbre. Un tiempo con subidas y caídas. De aprendizajes y de conmociones. 
Que el que viene sea un mejor tiempo. Y que nos deje saborear más de la vida.

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