El tenis de gigantes
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El tenis de gigantes

Por Catherine Yánez Lagos
Fotografía: Paulina Vallejo
Edición 456 – mayo 2020

En al menos ocho provincias se juega pelota nacional.
¿Qué es y a quién se le ocurrió?
Los jugadores coinciden en que la idea salió del Carchi.

Segundo Armas Ormaza va de terno, está sentado y permanece expectante. Sus ojos no dejan de moverse, saltan a la velocidad de la pelota de caucho que se bate según la fuerza de los jugadores. Da la impresión de ser el suplente que pronto entrará a la cancha. Pero no lo hará. Tiene 94 años y asiste por diversión. Recuerda que supo de la pelota nacional —llamada tenis de gigantes por sus implementos— en su época de “escuelero”, a los diez años. Aprender fue una tarea de observador en su natal Bolívar, cantón del Carchi. “Esto es mejor que el fútbol, mejor que el vóley, mejor que todo”.

Con el tiempo, este hombre de lunares marcados, cabello blanco y barba escasa y grisácea, ha desarrollado un amor patriótico hacia este juego. “Se llama así porque nació en nuestro país, lo inventaron aquí”, asegura. Pero el origen de la pelota nacional es incierto. Según la investigación de Daniela Borja en su libro Ando jugando, puede que tenga influencia española o que, antes de la colonización, los indígenas ya la jugaran. Su práctica se ha expandido hasta Colombia, pero el “Made in Ecuador” no se lo quita nadie, afirma don Segundo.

Nelson Báez es dirigente del club La Carolina desde hace veinticinco años.

Asegura que lo más necesario ahora es el apoyo económico para continuar.

Para su orgullo, Carchi es la provincia que siempre ha sobresalido con los mejores pelotaris, que es como se conoce a quienes juegan este deporte. Le siguen Pichincha, Imbabura, Tungurahua, Chimborazo, Bolívar, Guayas y Cotopaxi.

Para tener una mejor idea de cómo estos “gigantes” se enfrentan, hay que imaginar el escenario que tiene enfrente Segundo Armas: una cancha de tierra cuya medida estándar es de cien metros de largo por nueve de ancho. La regla dice que allí deben enfrentarse un mínimo de tres personas y un máximo de cinco. No hay red, pero hay rayas imaginarias bien conocidas. Las “raquetas” son grandes, si uno intenta cargarlas el brazo se desploma con el peso de la madera y los pupos. Suelen tener veintiséis pupos de caucho para que la bola, que pesa de setecientos gramos a un kilogramo, se dispare con facilidad.

También se designa un juez y este con una vara de hierro va señalando en la tierra el puntaje de los equipos. Cada acción ganada se va contando como en el tenis: quince, treinta, cuarenta, un juego. Mesa se llama a la suma de tres juegos. Para que un equipo gane necesita dos mesas. Si hay empate se disputa una tercera. Se cambia de cancha como en el vóley, el tenis y el fútbol.

Los gritos y la euforia de los contrincantes despiertan hasta al más distraído. “Apuren que ya está nevando”. “Ya falta una bola para mesa”. Los insultos son el picante en La Mena 2, al sur de Quito. “Bueno chucha, juega, juega”. “Hijueputaaaaa”. Afuera, un letrero identifica al escenario como Estadio de pelota nacional Wilson Dalgo. Esa tarde la lluvia interrumpirá el juego, pero no las ganas de apostarle al mejor equipo. “Ayayayayyyy”, grita un deportista al retumbar del primer trueno.

En pelota nacional siempre ha habido dinero de por medio. En la Mena 2 es donde se pone la vara más alta. “Cuando son buenos los partidos se juega de a mil dólares por lado”, dice Galo Armas, hijo de don Segundo, quien heredó de su padre esta pasión —al igual que sus otros tres hermanos—. Esta vez hay un encuentro amistoso: ganó primero Pichincha y la revancha, Imbabura. Billetes van billetes vienen. Hay rumores de que las apuestas han llegado a cinco mil dólares por equipo.

El estadio Wilson Dalgo no es el único de su tipo en Pichincha. Sobre el parque La Carolina, el Teniente, como lo conocen a Nelson Báez, resguarda las dos canchas de pelota nacional que fueron construidas hace veinticinco años. Desde entonces él es dirigente de esa asociación, de la que forman parte 38 socios que se reúnen cada fin de semana para dar raquetazos a la bola.

Nelson rememora cinco lugares por los que pasó antes de tener un sitio fijo. “Yo jugaba en el Carchi, de lo que vine aquí (Quito), me pasé al parque de El Arbolito. Luego tocó migrar al Centro de Exposiciones, también a lo que ahora son los parqueaderos del estadio Atahualpa, o, si no, estaba el patio del colegio Amazonas y en ocasiones avanzamos hasta el barrio La Vicentina. Ahí ya no hay nada”, cuenta con tristeza al recordar cómo los espacios se han ido reduciendo para la práctica de la pelota nacional.

Lo que no consiguió fue que el gusto por este deporte se transmitiera a sus hijos. “De los cuatro varones que tengo, ni uno. Cosa que yo digo: Chuta, ¡qué bestialidad!”, aprieta los labios y agrega: “Hasta les mandé a hacer unas tablas pequeñas, pero ni así”. El Teniente viene desde Calderón y aclara que ese apodo no se debe a su pasado militar, sino a su antiguo cargo de teniente político en el Carchi.

El trabajo de don Nelson en La Carolina no es remunerado, tampoco para quienes llegan a La Mena 2. Van por los amigos, la diversión o el dinero. Además, por el empeño de unos cuantos más, se conservan canchas en Nanegalito, Calacalí, Pomasqui, Cotocollao, la Quito Sur y Cayambe. Pero hay entusiasmo por reabrir dos más: una en Sangolquí y otra en Guayllabamba.

Detrás de la de Sangolguí está Marcelo Suárez, quien cree que el espacio adecuado está frente al colegio Salinas. Para recobrar la segunda está Manuel Guerrero, apodado Guaylla. Él ya se ha acercado al municipio, específicamente al concejal Mario Granda Balarezo, presidente de la Comisión de Deportes y por su intermedio espera que el parque del Guambra vuelva a sus orígenes: una cancha de pelota nacional.

En la Mena 2, sur de Quito, el juego se realiza con tablas
y pelota de viento que pesa entre setecientos gramos y un kilogramo.

El Guaylla Guerrero no es un improvisado. Es más, su trayectoria lo hizo protagonista de dos páginas del libro Ando jugando. Cuenta que tiene dos ejemplares, se muestra orgulloso. La obra salió en 2013 y ese fue el penúltimo año en que fue profesor de pelota nacional en Guayllabamba. “El libro tuvo acogida”, recuerda el también artesano de tablas, pelotas y guantes. Ahora mismo confecciona quince tablas para un equipo de San Gabriel, en Carchi. “El sueño de inculcar a otros el deporte se mantuvo durante la administración de Augusto Barrera en la alcaldía, luego se esfumó el presupuesto”, dice.

En medio de la conversación, los compañeros de cancha de Manuel se impacientan. Hay sol y quieren aprovecharlo:

—¿Vas a jugar Manuel?

—Claro —responde.

Como pasan los minutos, alguien más grita:

—Guaylla, ¿va a jugar o no?

—¡Que sí!

Ante tanto reclamo se termina la charla. Les toma más de diez minutos ponerse de acuerdo con los equipos. Si juega el Camote, don Abraham o el Piojo. “Vea, apure, yo sé cómo sacar”, dice Guerrero que vino preparado con un guante, revestido en la parte de la muñeca con cuero de vaca. Solo ese implemento cuesta noventa dólares.

Las ganas de inaugurar una escuela, y dedicarla exclusivamente a la enseñanza de pelota nacional, no es nueva. Ya en 2017 se anunciaba por medios impresos que la sede sería en Tulcán y que a finales de ese mismo año estaría lista. Eso quedó en promesa. En el estadio Quillasinga de esa ciudad se iba a adaptar un espacio, pero no sucedió. Ni los mismos periodistas de la zona se explican qué pasó, qué entorpeció el proyecto del que se venía hablando desde el Gobierno de Rafael Correa.

A pesar de este plan inconcluso, la Federación de Pelota Nacional insiste en reactivarse. No hay una fecha que indique su fundación ni página web que la acredite —se encuentra en actualización—, pero su sede está en Guayaquil y su recién electo presidente, Alejandro Ruiz, vive en Ibarra.

Ignacio Armas Ormaza recuerda que en su época jugaba
con el guante con clavos de acero, que pesaba dieciocho libras.

Sus quehaceres en el primer trimestre de 2020 han sido burocráticos. La federación no ha pagado desde 2018 al Servicio de Rentas Internas (SRI). “Estoy tratando de crear otras cuentas bancarias para solicitar presupuesto. Estamos en cero dólares”, dice Ruiz. La falta de dinero es crítica. Deben novecientos dólares al Estado. En años anteriores lo único que recibieron fue 7 900 dólares. Igual era insuficiente. La época en la que Ruiz jugaba fue mejor: en la década de 1980 disponían de 120 mil dólares o más. Ahora dependen de auspicios y la buena voluntad de alguna empresa que los apoye.

“Estamos reviviendo”, se anima a decir Ruiz, quien espera concretar un campeonato nacional este año. Es más, durante marzo su búsqueda se centró en los preseleccionados del país. Necesita mínimo diez. Su propuesta es competir en el mundial de Bélgica en agosto. El único obstáculo a la vista: la expansión del coronavirus.

Esta federación fue intervenida casi dos años por la Secretaría del Deporte. Máximo Ochoa, analista en educación física de la zona 8 de esta entidad, fue parte del proceso. “Se hizo la intervención por la inactividad de los clubes durante un año y medio”. Al final, quedaron oficialmente seis: cuatro formativos y dos de alto rendimiento. De estos últimos, el uno es el de Cotocollao y el otro es Luz de América, de Imbabura.

Como parte de estos grupos está el Fort Club, único representante del Guayas, específicamente de Guayaquil. Ahí William Coello es el entrenador de aproximadamente 45 personas. Aunque los que tienen madera para ser representantes nacionales son apenas diez.

El técnico cuenta que internamente juegan cuatro modalidades: pelota a mano con bola pequeña (pesa máximo tres onzas), con bola mediana y bola grande, además del front ball —con una pared al frente para rebotar— popularizada como pelota vasca.

Los entrenamientos en Guayaquil se realizan en la explanada del coliseo Voltaire Paladines Polo, normalmente los domingos. Por la infraestructura no se preocupan. “No tenemos una cancha en especial, pero la señalamos con cuerdas en el piso”, explica Coello. Los asistentes tienen entre dieciséis y veintiséis años. “Pero la edad fuerte de este deporte es de treinta a cuarenta años”. Todo está en el buen físico, la agilidad y la fuerza.

Si bien la juventud se valora, los seguidores más devotos son los que pasan de los sesenta años. Amable Suárez tiene setenta y recita una muletilla para no faltar a los partidos: “No habrá un feriado que no se salga al juego. Al menos esta cancha (La Mena 2) no falla nunca”. A él lo operaron de un tumor en la cabeza, pero ir le divierte tanto como a sus compañeros.

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