El rompecabezas
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El rompecabezas

Por Martín González.

Ilustraciones: Catalina Pérez.

Edición 467 – abril 2021.

“LA PRIMERA REGLA DEL COLUMNISMO APÁTRIDA DICE QUE NUNCA DIGAS QUE NO ENTIENDES”. 
MARTÍN CAPARRÓS 
“YO NO ENTIENDO. Y NO VOY A PEDIR PERDÓN POR ESO”. 
MARTÍN GONZÁLEZ 

La mesa

Admitir incomprensión podría ser, de hecho, el mejor punto de partida para me­ditar sobre lo que es complejo, doloroso, o ambas cosas juntas.

Me ha costado mucho tiempo asumir esta reflexión. Cosa curiosa y contradicto­ria, considerando que llevo la inmediatez en mi partida de nacimiento (soy millen­nial o centennial, dependiendo de a quién le pregunten) y que dicha inmediatez aho­ra impregna casi todos los tejidos que veo —descomponiéndose rápidamente— a mi alrededor. Es un síndrome contagioso, in­toxicante. E Internet lo amplifica. Cuando no hay límites para escarbar en nuestras propias urgencias, es muy difícil detenerse para conciliar lo que se contrapone a nues­tro entendimiento.

El margen inferior

Cuando empezó el confinamiento me dejé llevar en una carrera desbocada y desorientada a través del mundo virtual, el reducto que nos quedaba frente a todo lo que se cerró abruptamente. Todos los días me devanaba los sesos devorando in­formación sobre el nuevo coronavirus y sus daños colaterales. Sentía que me teletrans­portaba a toda velocidad a los puntos más distantes del planeta para “entender” lo que estaba ocurriendo ahí, justo ahí: cuando la mierda llegó, finalmente, al ventilador.

Pensé que en mi computador podía en­contrar las visiones más clarividentes que se puedan encontrar sobre el caos. Leía un en­sayo —en inglés— tras otro, de un pensa­dor eminente tras otro. “Cómo hacer de la crisis una oportunidad para la comunidad global”; “Cómo los Estados de vigilancia van a tener un pretexto perfecto para per­petuarse”; “Cuán urgente es la reinvención social y económica del mundo globaliza­do”; “Por qué son incoherentes los postula­dos de los filósofos que publicaron un libro antes de que los científicos lograran imagi­nar el primer esbozo de la vacuna”. No tenía idea de cómo apagar el zumbido de mis pensamientos o de mi navegador.

Mientras, mi mamá armaba el rompeca­bezas de mil piezas que tenía escondido bajo el mantel del comedor con una serenidad que yo observaba con frustrante fascinación. De repente, cortó el silencio y me contó una anécdota, casi sin querer, que fue mucho más incisiva que todo lo que estaba leyendo desaforadamente: “Dicen las malas lenguas que, en el feriado bancario, el Jamil Mahuad se encerró dos días a armar un rompecabe­zas, y no dejaba que nadie le interrumpa”.

En realidad, Jamil me importa poco. Sin embargo, ese acto suyo, que bien pu­diera ser ficticio, me quedó retumbando en la cabeza y me obligó a detener mi marcha histérica por los meandros de la web. Me retuvo en ese momento, donde quedé pre­guntándome: ¿Qué sentido tiene ponerse a armar un rompecabezas cuando todo pare­ce desmoronarse?

El margen izquierdo

Yo nací en 1996. Es decir que llegué con las justas al feriado bancario del 99. Mis padres corrieron con suerte en medio del cataclismo y, por eso, pude crecer tran­quilo entre sus estragos, inadvertido e ino­cente, mientras miles de familias perdían sus ahorros y protagonizaban un éxodo forzado que cambió la realidad del país.

De ese episodio turbio, mi papá con­servaba una bolsa llena de sucres que yo convertí en pesa, amarrándola a un palo de escoba. Ese montón de dinero obsoleto, que no tengo memoria de haber usado y que para tanta gente fue el elemento princi­pal de una catástrofe, ahora era un suvenir reciclado en mi casa. Solo ahora puedo en­tender que su peso era directamente pro­porcional al tamaño de mis privilegios.

Cuando tenía nueve años, en 2005, viví mi segunda convulsión nacional. En lo que debía ser un día de clases común y corriente, acaeció la noticia de que había un golpe de Estado en curso. De repente, todo se detuvo en seco. Mi recuerdo está marcado, sobre todo, por la angustia de esperar a mi madre en la escuela, mientras imaginaba que afuera el mundo se desdi­bujaba. Después vienen las imágenes que vi en las noticias de gente destruyendo la Corte Suprema de Justicia, Lucio escapan­do en helicóptero y turbas de manifestantes enardecidos cantando: “A la one, a la two, a la three y a la four, ¡Soy Forajido!”.

La frase que coronaba varios de mis li­bros de ciencias sociales de primaria se me grabó después, como la síntesis más clara de lo que representó ese momento: “El Ecua­dor ha tenido nueve presidentes en diez años”. Solo ahora puedo notar cómo mis profesoras se desdoblaban entre el orgullo y el bochorno al enseñarnos eso en sus clases, y empatizar de algún modo con ellas.

Salto adelante cinco años, y otra jorna­da de colegio se interrumpe abruptamente. Esta vez, en la primera plana de mi me­moria, está la imagen de Correa asomán­dose histérico a una ventana, rasgándose la camisa y bramando que prefería que lo materan antes que perder la vida. Su inter­pretación de héroe tragicómico era resulta­do de su intento de aplacar las protestas de la Policía Nacional frente a una nueva Ley de Servicio Público, que le restaba varios de los privilegios de los que había gozado como institución hasta entonces. El caos escaló progresivamente durante el día, con piedras, perdigones y lacrimógenas en una batalla campal que se libró en las afueras del Hospital de la Policía. Todo fue televi­sado y culminó, según lo recuerdo, con un gendarme que caía muerto en televisión nacional, en vivo y en directo.

Aquel pandemonio se tradujo, en cam­bio, como el cumpleaños de La Megan, una niña que sirvió como metáfora para representar “el triunfo de la democracia” frente a un “infame golpe de Estado”, en un controversial spot publicitario que se emitió tres años más tarde. Tenía diecisiete años cuando lo vi, sin percatarme del todo de sus matices. Solo ahora puedo notar el oportunismo con que ese Gobierno ama­ñó la narrativa de un hecho tan violento y delicado, y la convirtió en una propagan­da desvergonzada sobre el poder, su poder, para defenderse de cualquier cosa y hacer cumplir cualquier cosa que se propusiera, por encima del bien y del mal.

Cuando terminó ese régimen el Ecua­dor ya no era la nación de la década de pre­sidentes derrocados y bravos ciudadanos forajidos. Era la tierra de “la década gana­da”, el proyecto exitoso de un caudillo con preocupantes ínfulas totalitarias que asegu­raba dejarle nuestro desarrollo servido en bandeja de plata a su sucesor. No sospecha­ba que este tomaría otro camino y que ese acto de traición política sería el único gesto memorable de un gobierno que el 85 % de la población preferiría olvidar.

Cuando me esfuerzo por hacer lo con­trario, me doy cuenta de que este país ha estado en crisis desde que me acuerdo. He crecido viéndolo convulsionar de rabia, de­lirando de fiebre. He crecido escuchando a todo el mundo reiterarlo en un rezongo cansino. Quizás me embelesé tan fácil con lo que hay en los portales de la web porque no sabía qué hacer ni cómo interpretar ese reguero diferido en dos décadas. Su heren­cia más visible para mí han sido un montón de gritos en las calles y de silencios incó­modos en las comidas familiares.

El margen derecho

En octubre de 2019 llegó, finalmente, la crisis —la primera— que me iba a tocar vi­vir como partícipe activo. Y fue durante esos días violentos y confusos que yo hice algo que, mal que mal, me asemeja de alguna ma­nera con Jamil. A riesgo de verme como un desubicado, en vez de lanzar piedras o formar parte de la cadena de distribución de dona­tivos a los manifestantes, decidí preguntarle a la gente que veía a mi alrededor sobre sus impresiones de lo que estaba pasando.

Primero hablé con quienes más se pa­recían a mí: un par de estudiantes univer­sitarios que estaban acostados en el césped: “¿Qué opinan de todo esto? ¿Cuál es la so­lución a este desastre?”. Se miraron entre sí, y luego me hablaron de la incoherencia del Gobierno, al haber aplicado la derogatoria del subsidio de forma tan abrupta. Para ellos, el camino correcto era una hipotéti­ca aplicación de subsidios diferenciados y graduales. Sonaba convincente. No vi qué hicieron después, pero mientras escribo esto el valor de los combustibles aumenta gradualmente y nadie parece notarlo.

Luego le pregunté a una vendedora de cebichochos si estaba a favor de las mani­festaciones. Me dijo que no. Tenía miedo y quería que todo se calmara para que sus hijos volvieran a estudiar. De muchas ma­neras, ella sí tenía todos los motivos y, sin embargo, no quería seguir protestando. A su alrededor estaba toda la gente que po­dría haberle explicado de qué se trataba el paro, pero nadie se acercaba, ni a comprar­le cebichochos.

Luego me acerqué a un grupo de jóve­nes indígenas y les pregunté sobre su pos­tura. Estaban armados con ramas afiladas de los árboles de El Arbolito, y escudos de cartón y MDF que decían Guardia Indíge­na. Respondieron en tono burlón y con aire de machotes: “Para defenderles a ustedes estamos aquí, tranquilo”. Me queda la duda de saber si las consignas de esa tropa de soldados empataban con las de su pueblo o sus generales. Todo el mundo parecía gritar a favor o en contra de algo diferente, y su presencia no me hacía sentir más seguro.

Finalmente, me acerqué a un señor ma­yor, vendedor de agua de coco. Su respuesta fue la más sorprendente de todas. Me dijo que estaba a favor de las manifestaciones, que todo su apoyo iba para “los hermanos indígenas” y que la única salida posible era la caída de Moreno. Y entonces le pregun­té: “Si eso pasa, ¿por quién votaría?” “Por Nebot”, respondió sin titubear, “porque me parece que es un buen líder”. Me pregunto si estaba enterado de que, casi en simul­táneo, ese buen líder había dicho que los indígenas tenían que regresarse al páramo.

Después de eso, por más que trato y trato, solo recuerdo la bulla. De hecho, re­cuerdo a los vendedores de vuvuzelas ofer­tando “a dólar la bulla”.

El margen superior

Lo que encontré en mi memoria de aquellos diez días, y los veinte años que los precedieron, se me empieza a asemejar cada vez más a un rompecabezas desarmado y desparramado al que siempre le han faltado piezas. En reemplazo aparecen justamente las que tratan de vendernos los políticos, en la plaza, desde el exilio, fingiendo ser uno más “del pueblo”, bailando en TikTok, inten­tando rearmar la historia a su conveniencia.

Me preocupa notar que ese universo que se podía tocar, oler y sentir, se parece más de lo que debería al que ahora configu­ra nuestra cotidianidad, en el que los már­genes de la vida son cada vez más estrechos y más virtuales. En ambos casos los hechos se transmiten en vivo, se comparten y se multiplican, pero no se pueden topar. Se convierten en una caja de resonancia, que parece ser inútil para construir nada sobre el repudio a las circunstancias y sus injusticias.

Paradigma complicado en un lugar como este, tan pequeño, tan esquizofrénico y tan lleno de discursos gastados. Nos ha pasado tanto, en tan poco tiempo, que de una u otra forma estamos acostumbrados al desconcierto, a pesar de que se vuelve pro­gresivamente más agudo y doloroso. Hoy en día cada quien tiene su propio escapismo a la mano para el desfogue: una piedra o un clic.

El centro

Ahora lo reconozco. Mi país es un rom­pecabezas incompleto.

Quizás no hubiera podido asumirlo si no empezaba a hacer exactamente lo con­trario a lo que creía constructivo, imitando, supuestamente, al que se recuerda como uno de nuestros presidentes más inútiles. Tuve que sentarme para intentar armarlo en medio del caos, desde mis recuerdos de su historia, en vez de ir corriendo a toda velocidad por una red que me tenía tan conectado como enredado entre los espe­jismos del futuro globalizado.

Y justamente por eso, a pesar de tener los circuitos enchufados por todas partes, no consigo encontrar las piezas, porque la que falta, la única que me corresponde en­cajar realmente, es la mía. Al menos tengo el privilegio de poder buscarla, y de esperar que no aparezca demasiado tarde.

Por el momento, a duras penas, logro darme cuenta de que para poder armar el rompecabezas hay que reconocer que las primeras piezas que deberían empatarse son las que más contrastes tienen. Justa­mente, las que menos se parecen entre sí.

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