El purgatorio.
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

El purgatorio.

Por Huilo Ruales.

Ilustración Miguel Andrade.

Edición 424 – septiembre 2017.

Firma--HuiloTenía un gran patio de piedra y veinte cepos de tres metros cuadrados en dos pisos. Estaba ubicado en la calle Venezuela, cuando después de haberse empinado hasta la basílica, esta se convertía en un tobogán que aterrizaba en la Plaza Grande. Todos sus arrendatarios eran hombres solitarios, más que solos. Había vendedores, burócratas, universitarios de provincia, extranjeros sin documentos (entre ellos, había un mendocino que, en las noches, convertido en compadrito, cantaba tangos en un asadero del norte), solterones, divorciados, maricas, fantasmas. Había un pintor que más que pintar sufría de reumatismo y del avaro espacio para sus bastidores inmensos. Un diminuto detective con aire de lego medieval que devoraba novelas policiacas. Un ayudante de cocina en el hotel Colón Inn. Un abogado de abolengo que tenía su casa y su familia en Bellavista, pero que ocupaba el cepo del Purgatorio para sus desmanes amatorios. También había un poeta en trance a tiempo completo, de aquellos que andan por los tejados y caminan por las calles con los intestinos al aire. Un poeta oral con voz de buey y una dicción que todo aquello que salía de su boca parecía poema. Demiurgo, lo apodaban.

Al fondo del segundo patio, en una mediagua cercada por una verja de hierro, vivían las únicas mujeres del Purgatorio: Carlita, se llamaba la hija, una muchacha fea con ojos de pescado y dientes en exceso, pero que tenía un cuerpo de bailarina del Tropicana. Su madre se llamaba Maclovia y era una bruja que administraba la casona, cobraba el alquiler la víspera, cortaba el agua y la luz y, en suma, hacía un infierno la vida de todo mundo. Allí tuve mi refugio que consistía en un cepo con una litera, un tubo cerca del techo con tres armadores de alambre y una mesita coja para mi vieja Brother. Allí empecé a escribir una novela sobre el Purgatorio, donde una bruja llamada Maclovia cortaba la luz para acallar el traqueteo de mi Brotherita, que cabalgaba como si estuviera follando con todos los jinetes del apocalipsis. Naturalmente, a la luz de una vela, el personaje principal se convertía en un Raskolnikov andino que propinaba la debida muerte a la maldita vieja.

¿Quién no aspiraba a quebrar el gaznate de la Maclovia, o en una chamiza, en medio del patio de piedra, quemarla viva? Eso casi ocurre un sábado muy temprano. Como si se hubiera fumado unos tres metros de bareto, la bruja empezó a aullar desde el patio blandiendo su guadaña. El Demiurgo era el supuesto responsable de su trance. Lo normal en ella hubiese sido que subiera las escaleras y tumbara la puerta del poeta y lo expulsara del Purgatorio a palazos. Pero algo así como el miedo la tenía clavada en el patio, gritando como posesa: Baja hijodeputa, si eres hombre. Si no sales, llamo a la policía. Hasta que el Demiurgo, enorme como un gladiador romano en calzoncillos y borracho, salió de su cepo y empuñando la baranda, mugió: Aquí estoy, mater admirabilis, qué se le ofrece. Y detrás de él, en bragas y dentro de una camisa del poeta, apareció la Carlita. La Maclovia, reducida a un diminuto dragón de cartón piedra, a una simple vieja con cara de muerta, los vio como la primera escena del infierno adonde, con todo sentido de justicia, estaba destinada. Vaya para la casa, mami, que ya voy, le dijo la Carlita, enroscándose en la cintura del Demiurgo. El Purgatorio entero contempló sin creer a la bruja, soltando la guadaña, bajando la cerviz y encaminándose obediente rumbo a la mediagua. Después se declaró la fiesta unánime. El trago, la comida, la música, la hierba, cundían, circulaban y en el medio, chumadita y feliz, la Carlita era la reina del Purgatorio.

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

En este mes

El hombre que quiso acariciar el sol

Por Miguel Ángel Vicente de Vera Fotografías: Pancho Arroba y Miguel Ángel Vicente de VeraEdición 460 – septiembre 2020.   Crónica de una ascensión al

BOCATA

El dolor y la angustia sí golpean al corazón

Fotografía: ShutterstockEdición 460-Septiembre 2020 Aunque las emociones no se originan en este órgano —como metafóricamente se idealiza—, el impacto nervioso que generan podría alterar la

En este mes

¿Y la calidad de vida de los ancianos?

Por Xavier Gómez Muñoz. Fotografía: Shutterstock y X. Gómez. Edición 460 – septiembre 2020. El Instituto Nacional de Estadística y Censos estimaba antes de la

Crónica

Cuando estallan las crisálidas.

Por José Luis Barrera. Ilustración: Tito Martínez. Edición 460 – septiembre 2020. Libros que matan Una vez mi padre me dijo que los libros lo

Rafael Lugo

El ladrón de arupos

Por Rafael Lugo Ilustración: ShutterstockEdición 460-Septiembre 2020 De entre los cientos de arupos que se plantaron hace algunos meses en un terreno abandonado, un par

También te puede interesar

Columnistas

Enamorados del fuego.

Por Rafael Lugo. Ilustración: Tito Martínez. Edición 452 – enero 2020. Fue una coincidencia de butano que apareciera en las pantallas de los capitalistas cines

Columnistas

Dogville o los inocentes criminales.

Por Gonzalo Maldonado Albán. Edición 454 – marzo 2020. La película transmite una angustiante sensación de claustrofobia. Aquella sensación se consigue porque todo el filme

Columnistas

La hora más oscura o la mejor de Churchill.

Por Gonzalo Maldonado Albán. Ilustración: Camilo Pazmiño. Edición 452 – enero 2020. Es una escena menor pero reveladora, Winston Churchill busca afanosamente un libro. Arrastra

Columnistas

Los pasos perdidos.

Por Huilo Ruales. Ilustración Miguel Andrade. Edición 425 – octubre 2017. Qué otra cosa podía hacer en ese tiempo sino practicar a diario la natación.

Huilo Ruales

El Bukowsky

Por Huilo Ruales Es un barco hundido en el cemento penumbroso de la Zona. A su diestra está La Carnicería, bar y parrilla que otorga

Ana Cristina Franco

Feminista y llorando por un imbécil

Por Ana Cristina Franco “Vivimos una infancia juntos. De modo que cuando te hice una mamada (mi primera mamada) el día en que murió mi