El poeta
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El poeta

Salvador Izquierdo
Ilustración: Diego Corrales
Edición 456 – Mayo 2020

que hable sólo el que no tenga / o el que no quiera / el que no pueda volver / sólo el desnudo que hable

¿Qué puede ofrecer un poeta al mundo? En algunos casos puede orientar en la bruma que nos envuelve. También puede adelantarse a ciertos conocimientos, producir la sensación de que se llega por primera vez a una idea que se intuía desde siempre. ¿Qué se puede hacer con estas habilidades tan especiales? No mucho. No dan para comer. No hay un patrimonio intangible de la nación que se vaya acumulando celosamente y luego dé frutos (¿o sí?). No existe un pueblo que requiera de estos servicios con regularidad (¿o sí?).

Corre el gamo en un campo que no hay, y el ave/ Vuela en un aire que no hay. Y tiembla el pez/ En aguas que no hay. No hay/ Vive el hombre una vida que no hay.

Me gustaría dedicar esta columna a mostrar un poco de la alucinante obra de Mario Campaña, a quien considero un poeta orientador, quizás el mayor poeta orientador que tiene nuestro país en la actualidad; si cabe un término jerárquico como ese para referirse a una persona que, como pocos, valora la humildad, la pequeñez, la oscuridad propia (no cabe, me retracto ipso facto).

Unos pueblos inscribieron su nombre imperioso en las piedras/ Otros no conquistaron ni descubrieron nada/ Hurra para los que no descubrieron nada/ Imitar a Dios es forzoso, y fácil/ Y no tiene premio.

Lo ideal siempre será leer los textos completos, con todos sus golpes, pero coloco aquí unos fragmentos dispersos con el ánimo de provocar a la lectura de la poesía de Campaña. Sus cinco libros reunidos conforman un ciclo unificado alrededor de un imaginario mítico: el de un personaje o, a veces, una colectividad viajera, desplazada quizás, proveniente del pasado remoto o del futuro no muy lejano, que anda(n), contempla(n), siente(n) y evalúa(n) un mundo en ruinas. Una razón para leer a Campaña tiene que ver con su capacidad de conectar a sus lectores con esos grandes temas de la experiencia humana: el amor, el lenguaje, el paso del tiempo, la muerte, la nación, el mundo natural que habitamos.

Descendimos en el bosque, junto a una acequia/ pasando sobre polvo y restos de automóviles/ Allí elegimos rumbos; primero la colina:/ Sincronía de nuestros pasos con el sol/ La ciudad difuminada bajo rosáceas nubes de ácido./ Avanzamos bordeando el río, descansando/ en chabolas y huertos de tomates/ que crecían en su lecho/ Nos detuvimos varias veces, largamente/ Noches dulces, vastas y con lágrimas.

La obra de Campaña también tiene que ver con las tensiones entre el pensamiento maldito y el pensamiento constitutivo, como en la dosis de arrepentimiento plasmado por Rimbaud en Una temporada en el infierno, el librito de 53 páginas, el único que publicó en vida (lo publicó él mismo, vale aclarar). No es un proceso unívoco, arrepentirse no quiere decir retractarse o convertirse a una religión del optimismo; significa un vaivén: lo constitutivo, lo restaurador, no puede estar totalmente disociado de la negación y el derrumbamiento.

La vida humana está devaluada. La producción humana está devaluada. No solo por la cantidad de materiales baratos que producimos y desechamos a diario, sino por la superabundancia de relatos, explicaciones y fórmulas que van empujándonos hacia nuestro propio olvido inmediato. La voz de Campaña, su insistencia en eliminar obstáculos para poder llegar a la experiencia poética puede ofrecer algo en medio de todo esto. Avivar esa conexión entre ser humano y naturaleza, por ejemplo, que quizás sea el primer paso para pensar en cómo protegerla (y protegernos) de su destrucción inminente.

He visto muchos amaneceres en ruta/ Y siempre he sentido que más vale/ Tomar en serio todo eso/ Y si no será peor nuestra vida/ Y peor nuestra muerte.

* Las citas de los poemas de M. Campaña provienen de su Poesía reunida 1988-2018, Festina.

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