El poder y el delirio o la hechura del caudillo.
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El poder y el delirio o la hechura del caudillo.

Por Gonzalo Maldonado Albán.

Edición 427 – diciembre 2017

Esta pregunta no es sencilla de responder: ¿cómo es que alguien que, desde muy joven, se impone la tarea de remediar los peores males de la humanidad —como la pobreza y la enfermedad— termina provocando injusticias mucho mayores y peores? Enrique Krauze, historiador mexicano de gran prestigio se propuso contestarla en este libro de múltiples registros, donde se mezclan el ensayo histórico, la entrevista, el reportaje y la reflexión libre. El origen del caudillo estaría en la pasión exaltada que estos hombres ávidos de poder sentirían por quienes Krauze llama “héroes”, es decir, personajes con virtudes supuestamente extraordinarias que ese caudillo en ciernes dice querer cultivar y que luego asumirá como suyas y de nadie más, de un momento a otro, sin rubores ni ambages.

GonzaloEnrique Krauze, el delfín político de Octavio Paz

Nació en México, en 1947. Estudió Ingeniería e Historia en la UNAM y en el Colegio de México.

Integró la revista Vuelta, de Octavio Paz, y dirige a la heredera, Letras Libres. Redentores (de biografías) y Travesía liberal (de entrevistas) son dos de sus libros más conocidos.

Twitter: @EnriqueKrauze

Más en: www.enriquekrauze.com.mx

El caso que Krauze examina es el de Hugo Chávez Frías, el teniente coronel que llegó al poder por las urnas, tras un golpe de Estado fallido, para dirigir a su país hacia la ruina, desbaratando las instituciones republicanas y montando un aparato de Gobierno ineficiente, autoritario y corrupto. Desde joven —cuenta Krauze— Chávez fue proclive a venerar “héroes”. El primero fue El Látigo, un pícher que salió de las ligas inferiores venezolanas para jugar con los Gigantes de San Francisco. Además de su habilidad beisbolística, El Látigo tenía otro gran atractivo: llevaba su mismo apellido pues se llamaba Néstor Isaías Chávez.

Cuando el deportista murió en un accidente aéreo, el joven Hugo inventó una oración que rezaba todas las noches, prometiéndole que él también sería un pícher de las Grandes Ligas. Años más tarde, cuando estuvo claro que su camino sería la política, le pidió perdón con nuevas oraciones. Es que Hugo Chávez no solo quiso emular a sus héroes, sino también hablar con ellos e incluso ser ellos. En una sesión espiritista, cuando estaba en prisión por golpista, contó que una “fuerza extraña” comenzó a moverlo y que súbitamente empezó a hablar como un viejito. Sus compañeros de celda pensaron que se trataba del mismísimo Simón Bolívar, pero Chávez, por entonces menos encumbrado, se encargó de decirles: “¡No me pongan tan arriba!”.

Resultó que no era el Libertador quien se había apoderado de Chávez sino el general Maisanta, “héroe” menor que el futuro presidente venezolano veneraba porque, según un libro que interpretó a su antojo, Maisanta defendió a los pobres y persiguió a la oligarquía. Se llamaba Pedro Pérez Delgado y la abuela materna de Chávez lo consideraba un bandido y un asesino. Pero eso no fue obstáculo para que Hugo lo incluyera en su panteón de dioses personales, con más razón tras enterarse de que fue su bisabuelo materno.

Otro “héroe” conspicuo, también de la zona de Barinas donde Chávez nació, fue Ezequiel Zamora, una suerte de Emiliano Zapata venezolano que sembró en la cabeza del caudillo la idea de una revolución agraria en un país eminentemente petrolero y urbanizado…

Pero la verdadera epifanía heroica de Chávez se produce cuando descubre al Che Guevara y a Fidel Castro. En estos dos personajes, el delirante venezolano mira la encarnación misma de lo que quiere ser. No entiende por qué Fidel no envía aviones y helicópteros para salvar al Che en Bolivia. A pesar de todo, acepta esa realidad y termina erigiendo a Fidel Castro como su padre.

¿Qué tienen en común todos estos “héroes”? Ordenan, no inspiran. Dictan la verdad, no suscitan su búsqueda. Imponen, no dialogan. Saben, no preguntan. Son los “Hombres Carlyle” —por el retrato obsequioso que Thomas Carlyle hizo de ellos— que han existido y seguramente seguirán existiendo en el atribulado escenario político de América Latina, razón por la cual este libro del mexicano, muy bien pensado y muy bien escrito, seguirá vigente en nuestras bibliotecas por muchos años.

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