El Plan Olvidado
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El Plan Olvidado

Por Milagros Aguirre.

Ilustración: ADN Montalvo E.

Edición 455 – abril 2020.

La Universidad Central ha hecho un justo homenaje a Jaime Andrade Moscoso, el es­cultor ecuatoriano más importante del siglo XX.
Ha puesto en vitrina lo mejor de su obra, ha editado un libro y ha sacado de los archi­vos del olvido el plan que él tenía cuando se creaba la facultad de Artes de ese centro de estudio.

Jaime Andrade Moscoso era, además de gran escultor, un soñador. Soñaba con una facultad en la que se enseñen técnicas —pin­tura, grabado, escultura— pero en la que se enseñe también historia del arte, pedago­gía del arte, música, danza… veía un gran centro para el fomento de las artes, para la formación no solo de artistas sino de sensi­bilidades. El plan estuvo ahí, durmiendo el sueño de los justos en los últimos cincuenta años. Y ahora, las nuevas autoridades de la facultad han decidido retomarlo.

Cuando niña no había mejor regalo que el papel periódico y los crayones que el tío Jaime nos regalaba y con los que descubría­mos la magia de los colores y de las texturas. No había nada más cálido que su sonrisa. Y nada mejor que verlo picar la piedra y hacer de ella añicos para luego juntar los pedaci­tos y hacer enormes murales, que a mí me parecían rompecabezas gigantes. No había orgullo más grande que pasar por el aero­puerto, o por el salón de actos del municipio en donde premiaban a los mejores oradores y mostrar a los amigos que esos murales de piedra diminuta había hecho el tío abuelo escultor y que tenía un ayudante que se lla­maba Gonzalo.

Un poco más tarde, los primos jugába­mos en el jardín de su casa en Puembo, don­de olía a limón, y donde piedras y metales bailaban al ritmo del viento. Al tío Jaime le empezaban a doler las manos y los dedos como que no querían moverse, así que ya no moldeaba la piedra, pero tenía fundas de canicas que no podíamos tocar porque eran para sus esculturas, para sus móviles, para esos juguetes de colores que construía y con los que crecimos, pues los vimos siempre en las casas de sus hijos.

No dejó de hacer cosas cuando estaba ya con su salud afectada: recuerdo móviles en papel, pequeñas esculturas que ponía en la palma de la mano. Y recuerdo también que decía que había probado todo material… y que le gustaría hacer esculturas con el humo.

El tío Jaime era un estupendo ser huma­no y hacía magia: moldeaba la piedra y la madera y el metal como si trabajara con plastilina. Iba a las canteras a buscar piedras de colores. Él era un soñador y también nos hacía soñar. ¡Que ahora su plan, ese plan que fue guardado por aquellos que no creen en los sueños, empiece a ser realidad! Si se cumple, seguro ayudará a formar me­jores personas.

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