El nombre del padre.
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El nombre del padre.

Por Huilo Ruales.

Ilustración: Miguel Andrade.

Edición 453 – febrero 2020.

Firma----Huilo---1

La Pame caminaba con un vaivén que me encantaba, que me daba hasta cosquilleos. Era cuatridédica en los pies, cosa que lo sabía sola­mente su familia y más tarde yo, cuando nos hicimos novios. Los dos, con un mes de dife­rencia, teníamos doce años. Nuestra madri­guera secreta era una carcacha de auto se­mienterrado al fondo de la cuadra, que era como un cementerio de cachivaches de toda la casona. Nos encantaba la estrechez y el olor a herrumbre y aceite quemado. Allí nos dedicá­bamos a dos tareas: una, contarnos a susurros mil cosas llenas de chistes, verdades y mentiras y hasta secretos; dos, a sacarnos mutuamente la ropa para besarnos y manosearnos. Parecía que ninguno de los dos fuésemos el uno y el otro, sino un tercero y cuarto cuerpos a los que palpábamos y descubríamos misterios y reac­ciones que nos causaban gracia y estremeci­miento y nos maravillaban. Por ejemplo, encor­netando mis labios como para silbar le soplaba sobre sus pechos aún lisos y estos se dilataban hasta convertirse en un par de botoncitos. O ella palpaba con la yema de sus dedos la cabe­za de mi pene y este daba brinquitos traviesos como un animalillo buscando las yemas que lo habían despertado para seguir jugando. Una vez le coloqué mi lengua hecha punta en sus botoncitos. Lámeme, me dijo con una cara se­ria como si me ordenara. Una cara linda, de calendario, y que se le ponía roja mientras más le lamía por donde yo quisiera, por ejemplo dentro y fuera de sus orejas, que eran más grandes que las mías y que eran perfectas como signos de interrogación. Además, tenían una vellosidad invisible que al contacto con mi lengua se erizaba y ella se quejaba como si algo le doliera. Sigue, sigue, me decía y yo le lamía el cuello y la nuca, y después los lóbulos de sus orejitas sedosas y perfectas, que era lo que más le gustaba, y entonces soltaba un ge­mido raro, mezclado con una risilla que me daba comezón en todo el cuerpo. Lamerle la nuca y los huesos de los omóplatos y la línea del medio, vértebra por vértebra hacia abajo, le estremecía tanto que se movía a la izquierda y a la derecha y hasta en redondo, y no se diga cuando llegaba a la última vértebra. A partir de ese momento la Pame dejaba de estar quieta y entraba como decir en acción. Me metía su lengua hinchada e hirviente en la boca y con una de sus manos empinzaba mi sexo y des­pués me lengüeteaba por donde le daba la gana y yo me quedaba quieto, y era más bien ella quien tomaba una de mis manos y la lleva­ba hacia su sexo. Méteme, me decía y yo desli­zaba el dedo índice en su vagina que estaba mojada como si se hubiera orinado y ella me ayudaba meciéndolo de afuera para adentro. No sé hasta dónde hubiésemos llegado con la Pame si no se le ocurría clavarme un puñal que hasta ahora tengo. ¿Quieres que te cuente un secreto?, me dijo una tarde calurosa, apenas nos ensartamos en nuestro escondite. A ver, cuéntamelo, le dije, mientras le metía la mano bajo su vestido floreado que me encantaba. Tu papá no es tu papá. Eso me dijo. Nada más. Tu papá no es tu papá. No sé cuánto tiempo nos quedamos inmóviles y en silencio. Su cara se desfiguró seguramente al ver mi cara desfigu­rada. O porque ya se dio cuenta que venía de hendirme un puñal. Tampoco sé cuánto tiem­po me demoré en reaccionar, pero de pronto en su precioso rostro estampé un bofetón de mano abierta y abandoné el refugio. No la vol­ví a ver más. Al principio porque no quería ver­la, y después, cuando fui a buscarla, porque el doble conventillo, donde vivía con su familia, estaba vacío. Como la muerte, vacío.

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