El muerto
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

El muerto

el muerto

Por Mónica Varea

A mí me encanta esta novedosa idea del buen vivir, pero es muy difícil, a pesar de que trato por todos los medios, vivo mal, y esto se debe a mi mala pata y a no reparar en pequeños detalles cuya falta da pie a una mala comunicación.

La casa de mi abuela tenía un gran jardín al medio, ella misma cuidaba y podaba las plantas, el olor del cedrón y de un enorme árbol de rosas inundaba la vieja casona. Sí, la casa era vieja pero impecable, sus paredes blancas relucían, y es que mi abuela tenía un albañil de cabecera, Gabriel se llamaba y creo que trabaja hasta en las fiestas de guardar. Cambiaba las tejas, pintaba las paredes, pulía los pasamanos, reparaba los tumbados, mantenía la casa preciosa. Mi abuela vivía bien.

¡Qué no diera yo por un Gabriel! Lo mejor que he podido encontrar ha sido el muerto. Me lo recomendó mi asistente, me dijo que no sabía su nombre, pero que en el barrio todo el mundo lo llamaba de esa manera, así que él nos puso en contacto, pero el muerto no acudió a la cita el día y hora fijados.

Un sábado cualquiera sonó el timbre de la puerta, cuando pregunté quién era, nadie contestó, pero volvieron a llamar una y otra vez, ante la insistencia salí y me encontré con un hombre alto y lánguido parado frente a mí. Por su sepulcral silencio y la falta de expresión de sus rostro, lo reconocí, pero no cabía preguntarle si él era el muerto, así que asumiendo que sí era le hice entrar a mi casa, le mostré todo lo que necesitaba para vivir medianamente bien, la pintura del corredor de entrada, el piso de la lavandería, el bordillo de la jardinera y un nuevo armario de latón para el medidor de luz.

Él aparentemente escuchaba y, sin pronunciar palabra, me seguía como un zombi. Ante su silencio y mi elocuencia, el pacto quedó sellado, yo decidí cuándo empezaría, el valor de la obra, quién pondría los materiales y el tiempo de entrega. Al terminar de hablar sola, él dijo con su voz de ultratumba: “Balde voy a necesitar”.

El lunes a primera hora, yo le esperaba con el balde y la ilusión del buen vivir. Llegó con la misma parsimonia y en silencio tomó el balde y empezó a trabajar. En el tiempo previsto, entregó la obra y todo lo hizo mal. La pintura de la pared estaba desigual, el piso de la lavandería tenía grumos, el bordillo era más alto de lo normal y el armario del medidor era un desastre. Furiosa al ver mi ilusión desvanecerse en las inútiles manos del muerto, le reclamé, le amenacé con no pagarle y le refregué en su cara especialmente el hecho de que la ventanita del armario no coincidía con los números del medidor, y estos quedaban escondidos y jamás se podría hacer la consabida lectura del consumo de electricidad.

Él, sin responder ni una palabra, tomó sus herramientas y mi balde, y empezó todo de nuevo, al cabo de una semana el trabajo estaba terminado y a la perfección, en esta ocasión lo elogié y felicité. El muerto, sin inmutarse, me miró con sus ojos profundos y con su voz de otro mundo me dijo: “Es que la primera vez usted no me dijo que haga bien”. Recién ese momento reparé en este pequeño detalle.

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Recibe contenido exclusivo de Revista Mundo Diners en tu correo