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El mono-hombre de Guayasamín.

por Leisa Sánchez

Por Milagros Aguirre.

Fotografías: J. Reyes, C. Hirtz y archivo de W. G.

Edición 461 – octubre 2020.

Una paleta llena de color y de fuerza es la de Washington Guayasamín (Quito, 1976). Fucsias, violetas, azules, verdes, turquesas son los espacios por los que transita el personaje central de su obra, un mono que se va transformando en hombre, en un proceso kafkiano… Si Jules Renard escribió Un mono: un hombre que ha fracasado. Luego, en Informe para una academia, Kafka hizo suya esta frase: “Un hombre: un mono que ha fracasado”. Washington, nutrido de sus lecturas kafkianas, ha dado alimento a ese mono-hombre que se aparece en su pintura y siente que cobra vida, que va y viene, que hace y deshace, y que es la metáfora de la condición humana.

Washington vive en Sangolquí y ahí tiene su taller, su lugar de enormes telas, colores, planchas para grabado. Considera que lo suyo es un oficio, que no depende de la inspiración sino del trabajo, así que le dedica todo el tiempo.

Desde la Universidad Central tuvo oportunidad de exponer su obra. El pintor Marcelo Aguirre calificó los trabajos de los estudiantes de la Facultad de Artes. Guayasamín había expuesto un cuadro de los monos y una pintura que se salía del soporte tradicional, sobre casilleros metálicos, pues desde entonces se interesaba no solo en el caballete sino también en el arte objeto. Aguirre escogió a tres alumnos y los invitó a exponer en Arte Actual.

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“Luego, en 2011, me invitó nuevamente, pero para hacer una muestra individual. Expuse Etnografías del desecho, una obra donde me propongo el trabajo en formatos gigantes, de tres y cuatro metros, que es también una recolección de imágenes de lo que veía en la calle”, dice.

Estos primeros monos los expuso en la universidad como un trabajo de tesis. Estaba haciendo bocetos y ejercicios cuando esa imagen del mono apareció en el papel, en las telas. “Además de Kafka, estaba Nietzsche, y mis lecturas de entonces me daban luces para tomar esta imagen como una criatura similar al hombre. Hice una serie de investigaciones de anatomía, y poniendo a ese personaje mono en escenas cotidianas, haciendo cosas que el hombre haría”, dice el artista.

Desde 2007 a 2010 esa imagen habitó en sus lienzos. Luego la dejó. Pero le invitaron a exponer en el museo del antiguo Hospital Militar y volvió a aparecer de la nada, “apareció más agresiva esta criatura, con actos de violencia, enojado, con rabia”.

El personaje del mono se ha instalado, como un personaje en una novela, en sus lienzos. “El animal se transforma, conoce la dimensión de lo humano y luego prefiere regresar a su estado natural”.

Los monos lo han llevado a una infinidad de pinturas y de variaciones. Está en dibujos, en acuarelas, en aguadas, en tintas, en grabados. “Debo tener más de cien obras con esta imagen”, dice. El mono está, se va distorsionando y termina casi desintegrado, aparece, se esconde entre los colores.

Tenía la necesidad de buscar otras imágenes y se metió en la etnografía. Que el artista es como un etnógrafo gráfico, dice. Así que se puso a caminar y a observar, a hacer apuntes y tomar fotos buscando imágenes de vida y muerte, de lo desechable, del plástico, cosas tóxicas y pastillas, para representar la situación del amor y la muerte. Una etnografía con imágenes muy grotescas donde la muerte y la felicidad se tocan.

Pasa mucho tiempo en su taller, haciendo estudios de anatomía, bocetos y esculturas de papel. Si no encuentra solución a un cuadro, se da tiempo para trabajar en varias obras a la vez. Le gusta trabajar en formatos grandes porque es como si se introdujera en la obra, como si fuera parte de ella: “A veces tengo problemas en hacer cosas pequeñas, me gusta pintar con brocha gigante y con escoba, me siento más cómodo con esos lienzos tan grandes”.

Es difícil vivir del arte, dice, “pero es hermoso”. Ahora con la pandemia todo se ha puesto más complicado, no hay exposiciones. Ha exhibido sus monos en Miami y está moviendo la obra en galerías por esas tierras. En la sala Procesos de Cuenca expuso hace unos años, buscando otro nicho para comercializar la obra. Ahora está trabajando en esculturas. Dice que el artista es “como un cazador que va buscando imágenes hasta que estas aparecen y son como una explosión en el lienzo.

“Cuando pinto me interesa estudiar el cómo pinto, qué recurso encuentro, de qué elementos gráficos y pictóricos me valgo, ver cómo vuelvo a representar esto que se me presenta. Es una mirada contemporánea a la condición humana, urbana y cosmopolita de una cultura dominante en la que dependemos de estereotipos estrictos, del uso de una simbología de amor, mortalidad y toxicidad, junto con la ayuda benevolente de antídotos, píldoras u otros artefactos utilizados a menudo”.

Le pregunto por su apellido y si no es como una sombra que pesa. “Siempre que expongo me preguntan eso. No conocí al maestro. Oswaldo Guayasamín era primo de mi abuelo, es decir, pariente lejano. No me complico, a veces firmo Washo, otras veces no firmo. La factura de mi obra ya es una firma, una impronta”.

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MONONONO, acrílico sobre lienzo, 2016.
Fotografía: Christoph Hirtz.
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DESECHO, acrílico sobre lienzo, 2011.
Fotografía: Juan Reyes.

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CRÁNEO 07, encáustica sobre papel y MDF, 2011.
Fotografía: Juan Reyes.

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Autor

Acerca de Leisa Sánchez

Su gran motivación e interés periodístico son los temas históricos y culturales.
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