El Mercadillo
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El Mercadillo

el mercadillo

Por Marcela Noriega

Antes de las ocho de la mañana de un sábado, hay una larga cola de gente y trastes frente a la Casa del Árbol, en el número 104 de la calle Las Monjas, en Guayaquil. Media hora más tarde, Paulina Obrist, la señora e institutriz del Mercadillo, llega y abre las puertas. Los mercadilleros, muchos aún con caras de sueño y restos de chuchaqui, empezamos a entrar a la casa abandonada que tiene un enorme ceibo en el centro, y un bosquecillo de hojas secas que da al Estero Salado, a un costado. Pagamos los quince dólares que nos habilitan para ubicarnos en cualquier rincón del hermoso lugar, heredero del extinto Inmundicipio de Guayaquil. Nos dan una pulsera fucsia y empieza el negocio.

Guayaquil es una ciudad de comerciantes y todo lo que se pueda vender se vende. Es un espacio sobre todo de artesanos; acá la gente vende lo que crea y lo que tenga. Cualquiera puede venir y vender, si quiere, la ropa de su abuelita. O algo que se invente. Tal vez, lo más extravagante en esta ocasión son los helados gurmet de raros sabores, como de chocolate con Johnny Negro, de michelada, de canguil o de vainilla con tocino. Este es el mercadillo número doce. Antes, el evento se hacía cada mes, pero la comunidad mercadillera ha crecido tanto que ahora se hace cada quince días.

Yo vendo libros usados. Me ubico debajo de un árbol, al lado de tres artesanos: una azteca, un inca y un nativo local que trabajan en macramé. Al frente, tengo a una española y una canadiense que venden chili vegano, papas a la huancaína y calimocho. A su lado, tres gorditas venden cremas para bajar de peso y cerca de ellas una enfermera, delgada y anciana, hace masajes. Atrás están mis amigos, la Pichu que hace flores de papel, y Caluka, que diseña camisetas con frases guayacas. En una esquina se ponen los vendedores de Reina, cerveza artesanal, y más allá argentinos preparan choripanes. Desperdigados por toda la casa, se pueden ver puestos de arte, de diseño, de bisutería, de ropa vintage, de objetos antiguos, de discos de vinil, de viejas cámaras fotográficas, de libros; de gente que hace cuadernos, que hace pipas en vidrio, que hace lámparas, que pinta, que cocina, que mezcla cocteles. Los parlantes siempre despiden buena música y, de vez en cuando, algún poema. Se escuchan acentos extranjeros, se ven diversas pintas, pelos de colores y muchas risas. El Mercadillo es un buen lugar para conocer gente.

Mientras Paulina vivía junto a su compañero Daniel Adum en Barcelona, iba a mercadillos tres veces por semana. “No inventé el agua tibia, pero sí la inventé acá”, dice riendo. Y es que no existe algo parecido en Guayaquil, al menos no con esta onda. Ella lo define como el evento más friendly de la ciudad. Para personas como Magdalena López, una portovejense que hasta hace poco trabajaba en relación de dependencia, es la oportunidad de hacer un poco de dinero extra y difundir sus creaciones. En sus ratos libres, Magdalena hace diseños de joyas en piedras, que vendía entre sus conocidos. Durante nueve años, mantuvo su pequeño negocio como una segunda opción, hasta que un día pensó, ¿para qué seguir recibiendo órdenes y trabajar más de ocho horas por día, si puedo dedicarme a vender lo que hago? Y eso hizo. Ahora es propietaria y administradora de Bisutería Magdy. Mientras converso con ella, le compro unos hermosos pendientes. Regreso a mi puesto. Al final del día, he vendido 150 dólares en libros, me he comprado algunas cosillas, he comido, bebido y compartido con viejos y nuevos amigos. Me voy contenta a casa. En quince días volveré al Mercadillo.

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