El mejor trabajo del mundo
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El mejor trabajo del mundo

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María Fernanda Ampuero

Esto que tienen en sus manos es una rareza, un ejemplar de colección, el producto de un bello delirio colectivo. No me refiero al número cuatrocientos, que es (cof, cof, modestia aparte) una maravilla, sino a todas las Mundo Diners que han salido de imprenta desde esa primera vez.

¿Recuerdan la primera vez que la vieron? ¿Recuerdan esa revista extraña que no tenía demasiado que ver con la actualidad, que no sacaba presidentes ni señoras en biquini ni deportistas en su portada? En casa de mis abuelos la recibían y yo recortaba las reproducciones de los cuadros —solo por eso conozco la historia del arte— para pegarlas en mis cuadernos. Imaginaba que esa revista tan rara tenía que hacerla gente igual de rara. Claro, yo quería ser una de esas personas.

Imagínense: una revista cultural, hermosa en forma y contenido, apolítica, inteligente, que ha desafiado todos los momentos históricos —e histéricos— que ha vivido nuestro país en los últimos treinta años.

Y carajo que se han vivido cosas.

Díganmelo a mí que salí disparada a España en uno de esos aviones que, como balsa cubana, sacaban de aquí a la gente todavía perpleja de ver sus sucres convertidos en nada, sus vidas convertidas en nada. Yo los vi. Se despedían de un país en llamas, lloraban, el futuro era un estribillo: “solo cenizas hallarás”.

Se caía el país y esta revista hacía malabares entre las grietas.

Y pasaban presidentes y pasaban vicepresidentes y pasaban aviones llenos de gente que cruzaba el mundo con miedo y pasaban pesadillas dolarizadas. Pero nuestra Diners seguía ahí, haciendo la silenciosa revolución de la belleza, tan necesaria, tanto, como la de la paz.

En esos tiempos fúnebres, los editores me encargaron un artículo y, cuando se publicó, me mandaron un ejemplar a España. Recuerdo como si fuera en este mismo momento la doble alegría de ver —por fin, por fin, por fin— algo mío en la revista de mis sueños desde niña y, a la vez, leer artículos y columnas inteligentes, agudos, interesantes y nada apocalípticos. Gira el mundo gira: se seguía haciendo arte, música, literatura, ciencia en este país supuestamente arruinado, en los huesos, agónico.

¡Qué vamos a estar derrotados si la Diners sigue siendo increíble!

Desde entonces, siempre que siento que las cosas van mal —y van mal muchas veces, ya lo saben— miro la portada, el gigantesco contraataque de la estética frente a la fealdad de tantísimas cosas que quieren ganar terreno en este país, que, de hecho, lo ganan cada día más porque la pequeñez es inmensa y, entonces, frente a las portadas luminosas de esta revista que adoro, vuelvo a tener esperanza. Esperanza en los diseñadores, en los cronistas, en los pintores, en los pescadores, en los ambientalistas, en los abogados, en los agricultores, en los vendedores ambulantes, en los médicos, pero sobre todas las cosas, en los lectores ecuatorianos.

Sí, en usted, maravilloso usted.

Esta revista existe, sigue existiendo después de cuatrocientos números, porque hay lectores que le dicen sí con entusiasmo a lo que hacemos y, tal vez no sea necesario decirlo, pero lo haré: solo gracias a ustedes existimos.

Lo que quiero decir es que nosotros no somos los que cumplimos cuatrocientos números, sino ustedes, los que desde el primer día crearon esta revista con sus expectativas, con sus ganas de leer de verdad, con su siempre altísimo nivel de exigencia.

Si cada uno de nosotros no tuviera en mente a esas personas que están del otro lado de las páginas de Mundo Diners—usted, ustedes—, esta revista sería otra cosa, otra cosa seguramente peor.

En realidad, es el lector el que, al dar vida a lo que otro escribió, también crea. Por ejemplo, en este instante mis palabras están existiendo únicamente porque su cabeza les está dando vida, así que gracias, millones de gracias, ya no solamente por hoy, sino por siempre, por mí y por todos nosotros, los que nos pasamos el año entero pensándolos.

Tenemos el mejor trabajo del mundo y es gracias a ustedes.

Me emociono… Y no.

Hoy es un día de celebración.

Amigos: ¡yo pago la siguiente ronda!

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