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El ladrón de arupos

por Redacción Mundo Diners

Por Rafael Lugo

Ilustración: Shutterstock
Edición 460-Septiembre 2020

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De entre los cientos de arupos que se plantaron hace algunos meses en un terreno abandonado, un par —aún pequeños— lanzaron sus flores rosadas casi un año antes de lo previsto. Uno de ellos fue fotografiado, apareció en redes y su colorido exabrupto empezó a ser interpretado como una señal de esperanza. Como cuando aparece la cara de Jesús en una tostada.

El verano no termina de llegar. Parece la vacuna de la covid-19. Yo miro por mi ventana el lento crecimiento de lo que ojalá llegue a convertirse en un bosque. Tengo una vista privilegiada. En este encierro me aburro y a veces me instalo en el balcón de mi casa simplemente a observar. He presenciado accidentes de tránsito, perros apareándose, ladrones correr, parejas besándose y agarrándose de las respectivas nalgas.

Y así fue como un día vi a un hombre de camiseta blanca entrar en el bosque cargando un balde de plástico, y caminar hacia el arupo florido. A su alrededor trotaba juguetón un perro mestizo que llevaba puesta una camiseta anaranjada.

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El de camiseta blanca se agachó, sujetó el tronco del árbol y lo arrancó del suelo sin mayor esfuerzo. El hombre ni siquiera miró a su alrededor con la aprehensión del que teme ser descubierto. El árbol emergió con el mismo pan de tierra con el que fue plantado. Lo metió en el balde y se fue caminando.

Llamé al 911.

—¿Cuál es su emergencia? —preguntó la señorita.

—Verá, un tipo se metió al bosque, con un perro con camiseta anaranjada, y se acaba de robar el árbol florido. Ahorita van caminando hacia el puente peatonal de la Nueva Tola. ¿Pueden enviar a alguien a rescatar el árbol?

—¿Usted es el dueño del árbol?

—No. ¿Tengo que ser el dueño para denunciar un delito? ¿Si veo un asalto, puedo llamarles o debo ser yo el asaltado?

—Tranquilícese. Ya envío una unidad.

Me quedé en el balcón mirando al perro con camiseta, al hombre con el balde y al balde con el árbol desaparecer en el puente peatonal.

Al día siguiente fui hacia el barrio la Nueva Tola, fijándome si aparecía el arbolito plantado en algún macetero o aún en el balde. Estaba por regresar a mi casa cuando atrás de un poste vi al perro de camiseta anaranjada. Me acerqué y lo miré entrar corriendo a una casa de dos pisos con puertas metálicas que se cerraron antes de que yo pudiera ver hacia adentro.

Esa noche soñé en el ladrón de arupos. Soñé que volvía a su casa, aplastaba un timbre, me recibía el perro. El perro hablaba. Tenía la voz de John Wick. Me invitaba a entrar por un pasillo que terminaba en un patio grande.

—El señor que vive aquí se robó un arupo —le dije al perro.

—Lo voy a llamar —me respondió— y corrió por unas gradas de madera hacia la planta alta de la casa.

Al rato bajó un hombre al que no pude darle un rostro. Venía tosiendo y apestaba a aceite usado en papas fritas.

—¿Dónde está el arupo? —pregunté.

—Ahí —me dijo señalando una esquina del patio.

Lo había plantado en el suelo. Casi no le quedaban flores rosas.

—¿Por qué se robó el arupo?

—El árbol estaba abandonado, ahí solito.

—Es un árbol en un bosque, ¿qué quiere?, ¿que tenga collar? —me enojé—. Y, además, está pelado, perdiendo las flores, qué pasó con sus flores? —me enojé más.

Hubo un corto silencio en el cual solo se escuchaba el jadeo del perro.

—Le voy a explicar —dijo el hombre—. Es que mi tía me mandó por guasap una noticia de fuente confiable y científica que decía que más de cien médicos recomendaban hacer agüita de arupo para protegerse del coronavirus. ¿Quiere un vasito?

—¿Qué cosa?

—Que estoy vendiendo a dólar el vasito.