El jardín, la última frontera.
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

El jardín, la última frontera.

Por Diego Pérez Ordóñez.

Ilustración: Tito Martínez

Edición 436 – septiembre 2018.

“A mí me gusta embrollar las cosas; y si una hierba luce bien en un bordillo, ¿por qué no plantarla allí? ¿Por qué no plantar cualquier cosa en cualquier sitio, mientras luzca bien donde está? Ese es, de seguro, el arte de la jardinería”.
Victoria Sackville-West

Firma---Diegoxx

Es natural, en más de un sentido, que la literatura y el pensamiento se hayan ocupado profusamente del asunto de los jardines, en vista de que todo lo perverso empezó por un jardín inventado (en la propaganda religiosa: Adán, Eva, la manzana, la serpiente, un huerto y el primer exilio).

Y todo porque un jardín puede ser una trinchera, dada la “miamización” de las ciudades: puede constituirse en un panfleto vivo contra la cultura del automóvil, contra la hipnosis del “mall” y contra la proliferación de los “rooftops”, como distintivos de estatus. Porque un jardín debería ser fuente de paciencia, de meticulosidad y de cuidado, una tregua en la guerra de los selfis. Un armisticio humanitario en medio de la contaminación digital.

En otra forma de creación de imágenes, más contigua a la pintura que a la cámara fotográfica, la literatura ha procurado dibujar jardines, retratarlos para dejar algún tipo de trazado para lo venidero. Salta de inmediato a la mente Giorgio Bassani, de cuya delicadísima estilográfica, además, germinó el jardín de los Finzi-Contini, en la mitad de Ferrara, una especie de olimpo artificialmente ajeno a las leyes raciales y a las perversidades de la política. Un jardín de “unas” diez hectáreas, asentado sobre un viejo feudo de Hércules d’Este, compuesto de plátanos, castaños, pinos, abetos, robles y encinas, talados posteriormente para hacer leña, bajo el puño de hierro del fascismo.

Lejos, en los Cárpatos, también László Krasznahorkai dedicó la nouvelle Al norte la montaña, al sur el lago, al oeste el camino, al este el río, a la narración de la búsqueda del nieto del príncipe de Genji del jardín más hermoso del mundo. El húngaro nos cuenta que: “Verlo y luego hablar de él, divisarlo y encontrar las palabras precisas para describirlo, hallar las expresiones adecuadas, comprender la esencia, todo ello era una tarea dificilísima, puesto que este jardín surtía un efecto tan enorme sobre el espectador que, por muy serena que fuese, la persona quedaba despojada de la posibilidad de hablar en su primer estupor, al que le seguía otro mucho más profundo al captar cada vez mejor cuanto veía” (pág. 117).

Pero antes estuvo Horace Walpole (1717-1797), quien trazó las diferencias filosóficas y arquitectónicas entre los jardines franceses y los ingleses, en cuanto los primeros dibujan y restringen a la naturaleza por medio de la geometría y el diseño, mientras que los segundos la remedan con el afán de reproducir la naturaleza de la forma más simple posible. Los franceses, en su análisis, utilizan el compás y la escuadra para buscarle formas a lo natural. “El medido paseo —apunta— el tresbolillo y la étoile impusieron su poco satisfactoria uniformidad a cada jardín real o noble. Se desmocharon los árboles y se podaron sus flancos, muchas arboledas francesas parecen cofres verdes colocados sobre postes” (El arte de los jardines modernos, pág. 21). En cambio, Walpole alaba la filosofía del parque inglés, dotado de grandes extensiones de césped (de modo que se amplíen las perspectivas desde la casa de campo), salpicado de árboles aquí y allá.

La estética de los jardines también forma parte indisoluble de la colosal En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, en la que el narrador distingue los paseos de campo por la parte de Swann (que da, pues, nombre al primer tomo) y por la parte de los Guermantes. No deja de ser irónico, como lo ha apuntado el coleccionista y jardinero Umberto Pasti, que Proust haya sido capaz de describir con tanto detalle plantas y flores, en particular sus olores, a pesar de haber sido asmático y a pesar de haber escrito la mayor parte de su obra recluido en un cuarto acorchado en París. Y no deja de ser irónico que, si la historia del pecado es un producto clásico de la ficción y de la imaginación de alguien, la literatura se haya atareado con la cuestión de los jardines, desde el principio de todos los tiempos.

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Arte

Un encuentro íntimo con MIGUEL VAREA

Fotografía: cortesía de obra Miguel Varea Edición 457 – Junio 2020. Su vida estuvo dedicada a dibujar, a pintar, a grabar. Y a pensar. A

En este mes

También esto pasará

Por Federico Bianchini Fotografías: Shutterstock Edición 457 – junio 2020. Desde Argentina, donde la pandemia aún no explota, nos llega un texto que revela el

En este mes

Mientras embalo mi librería

Por Karina Sánchez. Fotografía: cortesía. Edición 457 – junio 2020. Tolstói, en el centro-norte de la capital, ha sido muchas cosas durante los últimos diez

En este mes

Susana Nicolalde. Tiempos de mujer

Por Pamela Velástegui. Edición 457 – junio 2020. En esta pieza de técnica mixta, mitad perfil, mitad entrevista, conoceremos el trabajo de una mujer a

En este mes

El misterio como arma

Por Jorge Ortiz. Edición 457 – junio 2020. El hermetismo y los enigmas son parte de un hábil juego estratégico de Corea del Norte. El

BOCATA Link

Juegos online

Nunca antes, como en este 2020, se dispararon las descargas de aplicaciones. Gracias a ellas, se alivió el confinamiento y algunas se quedaron en casa.

También te puede interesar

Columnistas

Catástrofe en la cocina.

Por Gonzalo Dávila Trueba. Ilustración: Camilo Pazmiño. Edición 449 – octubre 2019. Recuerdo una ocasión en que la comanda se iniciaba con pico de loro

Columnistas

El futuro es hoy.

Por Milagros Aguirre. Ilustración ADN Montalvo E. Edición 430 – marzo. La gente camina hablando sola por la ciu­dad. Los autos se parquean solos gracias

Columnistas

La vie est belle.

Por Huilo Ruales. Ilustración Miguel Andrade. Edición 433 – junio 2018.   Una tarde que, enredado en algún texto personal, me quedé solo en la

Mónica Varea

El talento amontonado

Por Mónica Varea Hace poco presenté el libro El edificio”, de Xavier Terán Vásconez. Acepté hacerlo por tratarse de él, porque no soy una buena

Huilo Ruales

Rodando por los Kitos Infiernos

Por Huilo Ruales Esta es la meca de todos los sures, incluidos aquellos que ya no saben si la calle donde viven se halla en

Ana Cristina Franco

El árbol.

Por Ana Cristina Franco. Ilustración: Luis Eduardo Toapanta. Edición 442 – marzo 2019. Visito a mi abuelo en el hospital. Me pide un caramelo de