El jardín, la última frontera.
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El jardín, la última frontera.

Por Diego Pérez Ordóñez.

Ilustración: Tito Martínez

Edición 436 – septiembre 2018.

“A mí me gusta embrollar las cosas; y si una hierba luce bien en un bordillo, ¿por qué no plantarla allí? ¿Por qué no plantar cualquier cosa en cualquier sitio, mientras luzca bien donde está? Ese es, de seguro, el arte de la jardinería”.
Victoria Sackville-West

Firma---Diegoxx

Es natural, en más de un sentido, que la literatura y el pensamiento se hayan ocupado profusamente del asunto de los jardines, en vista de que todo lo perverso empezó por un jardín inventado (en la propaganda religiosa: Adán, Eva, la manzana, la serpiente, un huerto y el primer exilio).

Y todo porque un jardín puede ser una trinchera, dada la “miamización” de las ciudades: puede constituirse en un panfleto vivo contra la cultura del automóvil, contra la hipnosis del “mall” y contra la proliferación de los “rooftops”, como distintivos de estatus. Porque un jardín debería ser fuente de paciencia, de meticulosidad y de cuidado, una tregua en la guerra de los selfis. Un armisticio humanitario en medio de la contaminación digital.

En otra forma de creación de imágenes, más contigua a la pintura que a la cámara fotográfica, la literatura ha procurado dibujar jardines, retratarlos para dejar algún tipo de trazado para lo venidero. Salta de inmediato a la mente Giorgio Bassani, de cuya delicadísima estilográfica, además, germinó el jardín de los Finzi-Contini, en la mitad de Ferrara, una especie de olimpo artificialmente ajeno a las leyes raciales y a las perversidades de la política. Un jardín de “unas” diez hectáreas, asentado sobre un viejo feudo de Hércules d’Este, compuesto de plátanos, castaños, pinos, abetos, robles y encinas, talados posteriormente para hacer leña, bajo el puño de hierro del fascismo.

Lejos, en los Cárpatos, también László Krasznahorkai dedicó la nouvelle Al norte la montaña, al sur el lago, al oeste el camino, al este el río, a la narración de la búsqueda del nieto del príncipe de Genji del jardín más hermoso del mundo. El húngaro nos cuenta que: “Verlo y luego hablar de él, divisarlo y encontrar las palabras precisas para describirlo, hallar las expresiones adecuadas, comprender la esencia, todo ello era una tarea dificilísima, puesto que este jardín surtía un efecto tan enorme sobre el espectador que, por muy serena que fuese, la persona quedaba despojada de la posibilidad de hablar en su primer estupor, al que le seguía otro mucho más profundo al captar cada vez mejor cuanto veía” (pág. 117).

Pero antes estuvo Horace Walpole (1717-1797), quien trazó las diferencias filosóficas y arquitectónicas entre los jardines franceses y los ingleses, en cuanto los primeros dibujan y restringen a la naturaleza por medio de la geometría y el diseño, mientras que los segundos la remedan con el afán de reproducir la naturaleza de la forma más simple posible. Los franceses, en su análisis, utilizan el compás y la escuadra para buscarle formas a lo natural. “El medido paseo —apunta— el tresbolillo y la étoile impusieron su poco satisfactoria uniformidad a cada jardín real o noble. Se desmocharon los árboles y se podaron sus flancos, muchas arboledas francesas parecen cofres verdes colocados sobre postes” (El arte de los jardines modernos, pág. 21). En cambio, Walpole alaba la filosofía del parque inglés, dotado de grandes extensiones de césped (de modo que se amplíen las perspectivas desde la casa de campo), salpicado de árboles aquí y allá.

La estética de los jardines también forma parte indisoluble de la colosal En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, en la que el narrador distingue los paseos de campo por la parte de Swann (que da, pues, nombre al primer tomo) y por la parte de los Guermantes. No deja de ser irónico, como lo ha apuntado el coleccionista y jardinero Umberto Pasti, que Proust haya sido capaz de describir con tanto detalle plantas y flores, en particular sus olores, a pesar de haber sido asmático y a pesar de haber escrito la mayor parte de su obra recluido en un cuarto acorchado en París. Y no deja de ser irónico que, si la historia del pecado es un producto clásico de la ficción y de la imaginación de alguien, la literatura se haya atareado con la cuestión de los jardines, desde el principio de todos los tiempos.

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