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El hombre que quiso acariciar el sol

por Redacción Mundo Diners

Por Miguel Ángel Vicente de Vera

Fotografías: Pancho Arroba y Miguel Ángel Vicente de Vera
Edición 460 - septiembre 2020.

 

Crónica de una ascensión al volcán Chimborazo,el punto más alejado del centro de la Tierra.

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Camino en total oscuridad. No veo más allá de lo que me permite distinguir una pequeña linterna sujeta a la cabeza. El silencio es tan solo interrumpido por mi respiración y el crujir de mis pisadas sobre la nieve virgen, que suenan como si aplastara insectos. Estoy exhausto, llevo seis horas de tremenda ascensión. Mi mente divaga como un caballo desbocado, rebelándose contra una realidad que no quiere asumir: aparecen imágenes de cuando probé saltamontes fritos en Tailandia, templos centenarios, el bullicio de Bangkok y sus puestos callejeros de comida. Una parte de mí se cuestiona qué hago aquí, pasando un terrible frío, en medio de la noche, rodeado de nieve, en un contexto tan adverso y peligroso en la madrugada de un domingo. Me concentro en cada uno de mis pasos. “Cada paso es una pequeña victoria, cada paso es una pequeña victoria”, me repito una y otra vez.

La pendiente es muy pronunciada, de unos cuarenta grados. Si no fuera por los crampones —estructuras con clavos de acero sujetas a la suela de la bota— caería rodando durante cientos de metros. Seguro que moriría. Voy sujeto con un arnés a Pancho, nuestro experimentado guía y a Thomas, mi gran amigo y cómplice de aventuras belga. Avanzamos al ritmo que impone Pancho. Pasos cortos pero constantes en medio de tremendas bocanadas de aire condensado. La distancia entre nosotros es fundamental. La cuerda debe estar siempre tensa, nunca tocar el piso. Es el cordón umbilical que nos conecta a la vida y que separa la hazaña del naufragio. Acatamos toda y cada una de las órdenes de nuestro guía. En la alta montaña no existe la democracia. Es una total dictadura. A cada paso se deben tomar decisiones. Cualquier error podría ser letal. De eso te das cuenta cuando ves decenas de lápidas en el cementerio que hay frente al refugio, donde inicia la expedición.

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Mal de altura

Son las cinco de la madrugada del domingo 30 de noviembre de 2019. Nos encontramos a unos 5 800 metros de altura y enfilamos la parte final de la ascensión a la cumbre del volcán Chimborazo (6 268 msnm), el punto más cercano al sol del planeta. Una de las grandes dificultades de la ascensión es la altura, concretamente el mal de altura o soroche, como le llaman en el Ecuador. A partir de los cinco mil metros, la falta de oxígeno afecta considerablemente al organismo. Es habitual sentir un malestar general, dolor de cabeza, dificultad para respirar y sobre todo un extraordinario cansancio. Hay personas que lo toleran más que otras, la aclimatación también es muy importante. En los tres últimos meses, cada domingo realicé ascensiones de cuatro y cinco mil metros, pero esa aclimatación no te garantiza el éxito. Sobre todo a partir de los seis mil metros. Mi condición de isleño debería ser un hándicap, pero sorprendentemente mi cuerpo se adapta muy bien a la altura. Siento poco los estragos de caminar entre nubes.

El frío es una barra de hierro recorriendo el interior de mi cuerpo y ya no tengo más capas con las que abrigarme. Las fuertes corrientes de viento multiplican la sensación térmica. Pancho me dice que tenemos unos cinco grados bajo cero. En esos momentos hay que tener un férreo autocontrol mental. El frío, el terrible viento, la falta de visibilidad y un contexto natural inhóspito donde no hay ninguna senda trazada…Todo es salvaje y extraño. Pero claro, para los ávidos de aventuras, nos encontramos frente a un ecosistema maravilloso y emocionante para que la pulsión de vida y la honda emoción desplieguen sus alas.

Equipo de supervivencia

En la alta montaña las capas de ropa deben ser livianas y aislantes, no más de tres o cuatro. En la noche las temperaturas bajo cero son habituales, mientras que en el descenso, cuando el sol hace acto de presencia, el termómetro sube fácilmente a los 25 °C, y la nieve se transforma en un peligroso espejo que multiplica el poder de los rayos solares, llegando a producir severas quemaduras.

Llevo una camiseta térmica y un saco polar para el frío, una chompa de pluma de ganso aislante de última generación y finalmente un chubasquero impermeable para la lluvia y el viento. La montaña te enseña lo que es verdaderamente importante; tan solo puedes llevar lo estrictamente necesario. Llevo: guantes impermeables, gorro de lana, buff para proteger el cuello y la boca, gafas de sol, linterna de cabeza, pilas de repuesto, botas de montaña impermeables, crampones, arnés, casco y piolet. Protector solar, unos dos litros de agua y algo de comida: golosinas, chocolates y carne seca. Básicamente proteína de rápida absorción, que ofrezca al cuerpo energía inmediata. El problema es que en las cimas del mundo el estómago se cierra rotundamente. No tienes nada de hambre y te obligas a comer.

También me acompaña un pedazo de papel tan importante como el agua: una fotografía en la que aparezco junto mi padre, que falleció hace cinco años, y junto a mi primo Juan Pedro, que falleció con 32 años, atropellado por un auto cuando conducía su moto. Esta imagen, y su recuerdo, son una fuerte motivación e inspiración para los instantes en que las fuerzas flaquean, cuando las piernas no responden y la mente está aturdida por el agotamiento. Es extraño, opera como un sacrificio, el de mi sufrimiento, redimido por medio de su recuerdo. Aunque mucha gente no lo imagine, el andinismo, el arte de caminar despacio, es una práctica profundamente mental que requiere de grandes dosis de serenidad y autocontrol. Me avisaron que la parte final es muy exigente, con una gran pendiente que no acaba nunca. En esos momentos mis ángeles me guiarán y elevarán a la cumbre.

Alzo la vista y en la lejanía se vislumbran unos puntos blancos de luz. Parecen luciérnagas marcándonos el camino hacia la cima. Una imagen poética, pero improbable. En realidad se trata de otro grupo de andinistas que también tratan de hacer cumbre. Thomas pide a menudo que paremos. Las fuerzas comienzan a flaquearle. Está muy pálido. Apenas habla. Nada más parar, se lanza al suelo, bebe algo de agua y se queda mirando fijamente al piso. Y eso que tiene un físico admirable, realiza triatlones y carreras de montaña. No sé si va a poder llegar a la cima. Si él no llega, yo tampoco. Y no habrá reproches. Admiro con profundidad el compañerismo que se respira en el andinismo. Son proverbiales las acciones épicas que se destilan en los ochomiles: por salvar a un compañero cientos de montañistas han sufrido severas amputaciones e incluso la muerte. Si mi amigo no puede seguir pues bajaremos los tres juntos. No podemos dejar al compañero abandonado. Jamás. Todos o ninguno.

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Izq.: Miguel Ángel en la cumbre del Chimborazo.
Der.:
Subiendo el Chimborazo.

Tercera Misión Geodésica

El hecho de que el punto más cercano al sol del planeta —y el más lejano del centro de la Tierra— esté en el Ecuador, y tan “solo” a 6 263 msnm, sorprende a propios y extraños. La mayoría, y con toda la razón, piensa que este galardón lo ostenta el Everest (8 848), la mayor elevación del planeta. Pero no es así. Según las últimas mediciones realizadas por el Instituto Francés de Investigación para el Desarrollo, en la llamada Tercera Misión Geodésica se determinó que la distancia desde el centro de la Tierra hasta la cima del Chimborazo es de 6 384 kilómetros. Es la mayor del planeta, con cerca de dos kilómetros de ventaja sobre el Everest. Esto se debe a la deformación de la Tierra, que es achatada en sus polos y a la ubicación del volcán, muy cerca de la línea ecuatorial y a una diferente latitud.

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Pancho y Miguel durante la ascensión.

Son las seis de la mañana, seguimos ascendiendo en nuestra expedición hacia el sol, quiero alzar mi mano y acariciarlo con la punta de mis dedos. Poco a poco, la oscuridad se diluye y se distingue la nieve con claridad: parece el manto infinito de una novia que me espera en el altar de la cima. La temperatura comienza a subir. Estamos agotados. No hay nadie alrededor. Hemos superado la barrera de los seis mil metros de altura, pero todavía queda el tramo más exigente. La superficie es ahora de hielo, no de nieve. Los crampones no se clavan bien, resbalan. Con la luz del día puedo ver la pendiente, es tan pronunciada que me entra un ataque de vértigo. Por momentos tengo ganas de desaparecer, de llorar, pienso en mi madre y mi esposa Claudia, la cabeza se dispara hacia un abismo oscuro y terrorífico. Me paro y miro al cielo, realizo hiperventilaciones para aclarar la mente. Ya queda poco, llevamos siete horas de lucha sin tregua —salimos del refugio a las 23:00— y no vemos la cima.

En un nuevo paso la bota no se agarra bien y resbalo. Caigo al suelo y me deslizo hacia abajo unos metros que me parecen interminables. Por un instante pienso que todo se acabó. Aparece Pancho y sujeta con fuerza la cuerda y evita la catástrofe. No me dice nada, me mira fijamente con sus profundos ojos negros. En ese momento lo veo como un dios olímpico que me ha salvado la vida. Me levanto y recupero el aliento. Debo seguir ascendiendo, atravesamos una zona de glaciares y paredes de hielo. Los volcanes ecuatorianos, a pesar de su imagen cónica perfecta, son enormes áreas con glaciares milenarios, desfiladeros, grietas de treinta metros de profundidad y paredes de hielo con estalactitas y estalagmitas de quince metros. Es muy fácil perderse y morir en el intento. Por eso es tan importante ir siempre con un guía profesional federado.

Inicio y preparativos de la ascensión

La expedición al Chimborazo es relativamente corta pero muy exigente. Comienza en el refugio Hermanos Carrel, a 4 850 msnm. Se encuentra en el interior de la Reserva Faunística del Chimborazo. El paisaje es lunar, conformado por lascas de piedra volcánica, horizontes áridos y desolados y vicuñas salvajes pastando por la zona. Tradicionalmente, se partía desde ese refugio directo hasta la cumbre, pero en los últimos tiempos se realiza en dos etapas. Salimos del refugio sobre las 15:00 y ascendemos durante dos horas hasta el llamado Domo, un segundo refugio compuesto de carpas de alta montaña entre las que sobresale una más grande que opera como cantina. El campamento, a 5 300 msnm (similar al primer campamento base del Everest), está en un lugar privilegiado rodeado de nieves perpetuas. Al anochecer, cuando el crepúsculo adquiere tonalidades naranjas y violetas, en el horizonte se pueden atisbar hasta los sueños.

En cuanto el sol se desvanece se presenta un insolente frío. La cena es a las 19:00 en el interior del Domo. Comemos algo muy sencillo: sopa y arroz con pollo. Esos momentos sirven para relajarse y compartir anécdotas con otros andinistas. Retorno a la carpa y activo la alarma a las 22:00. Intento dormir, pero entre la altura, las bajas temperaturas y la emoción resulta imposible. Preparo el equipo y nos reunimos a las 23:00 para iniciar la marcha. Este segundo refugio permite acortar dos horas la subida y facilita la aclimatación. Desde el Domo hasta la cima son unas seis o siete horas y otras cuatro más de bajada. En total unas 11/12 horas de dolor y gloria.

El ataque final

Levemente, el sol comienza a otearse en el horizonte. Son las 6:00 y estoy a unos 6100 msnm. Queda poco pero Thomas comienza a mostrar síntomas de agotamiento. Ya no camina recto, se tambalea de un lado a otro, como si estuviera borracho. Cuando habla casi no se le entiende, balbucea. Solo le pido un poco de paciencia, toma unos sorbos de agua, tiene una herida en el pie que le está martirizando. Mira al suelo, respira y hace un esfuerzo por levantarse y dice con un leve hilo de voz: “Vamos”.

Caminamos muy poco a poco. Cada paso es un esfuerzo titánico, cada paso es una pequeña victoria, pero ahora sí queda poco. Le digo que mire al fondo. Ni podemos tomar fotografías. Estamos exhaustos y sacar la cámara de la mochila y quitarnos los guantes con temperaturas bajo cero es un sacrificio que no nos podemos permitir. El espectáculo frente a nuestros ojos es celestial. Entiendo que en la antigüedad las civilizaciones ubicaran la morada de los dioses en lo alto de las montañas. Es un territorio que pertenece a otro mundo, virgen, único, tan solo reservado a unos pocos elegidos. Al fondo vemos un avión que vuela por debajo de nosotros. Es una escena de locos. El corazón se acelera. Tengo fuertes dolores en mi rodilla izquierda, me duele muchísimo el cuello luego de llevar tantas horas la mochila. Pero ahora eso no importa. Estamos hablando de alcanzar la gloria pero, ¿qué precio tiene? Por momentos imagino que en realidad podría estar muerto; todo tan blanco, yo casi levitando, sin sentir mi cuerpo, vagando entre las brumas de la eternidad. Me muerdo el labio con fuerza y duele. Sigo vivo.

La piernas van solas, ya no las controlo. Pancho nos da ánimos, dice que ya queda poco. Ya no le creo. La pendiente es muy grande y todavía nos queda el retorno. ¡No hemos llegado ni a la mitad del camino! Aprieto los dientes y persisto, no pienso, debo mantener mi mente libre, concentrarme en mover mis articulaciones. Los tres puntos de luz son ahora tres puntos negros a unos sesenta metros delante de nosotros. Entonces desaparecen. Puede ser que hayan llegado a la cumbre, puede ser una alucinación, ya no sé qué pensar. Mejor no comento nada. Caminamos otros veinte minutos. Ahora tan solo seguimos la ruta trazada por el otro grupo como si fueran los railes de un tren polar.

Luego de las 7,20 horas de ascensión continuada doy el primer paso en horizontal. Literalmente toco el cielo, hemos hecho cumbre. Frente a nosotros, hay cinco personas abrazándose, sujetando banderas y tomándose fotos. De las alrededor de 150 personas que intentamos el ascenso tan solo diez hicimos cumbre. Thomas cae de rodillas al suelo y abre los brazos. Parece una escultura religiosa, un Cristo crucificado pagando por los pecados de la humanidad. Le abrazo con fuerza. Exhalamos un grito primal, atávico, desde lo más hondo de nuestro ser. Luego se suma Pancho, nos abrazamos los tres. “Gracias por traernos con vida a la cumbre”, le digo emocionado. Asiente con la cabeza y sonríe satisfecho. “Ahora toca bajar”, me responde guiñando un ojo.

Hace mucho frío. Nunca he tenido tanto frío. Con la emoción me quito los guantes para tomar fotos con la cámara. En cuestión de dos minutos no puedo mover los dedos anular y meñique de la mano derecha. Nada. Les doy la orden para que se flexionen, pero permanecen impasibles, como un tótem. Nunca me había pasado algo así. Pancho me dice que me ponga de inmediato el guante impermeable y mueva los dedos. Al cabo de unos minutos vuelve el tacto. Tremendo susto de principiante.

Paradójicamente, en la cumbre no podemos disfrutar de las vistas. Estamos en el interior de una nube que nos impide contemplar el espectáculo. Saco la foto que llevo en un bolsillo en el pecho, cerca del corazón, y la dejo en la cumbre. No soy religioso, pero si existe un más allá, un cielo poblado de ángeles, este es el lugar más cercano. Me aparto y les invoco de la manera que puedo. Dialogo con mi padre, le recuerdo lo mucho que le echo en falta, le hago una broma a Juan Pedro. Dejo mis lágrimas como ofrenda a los dioses. Me dejo caer al piso boca arriba, con los brazos hacia arriba, intentando tocar con mis manos el firmamento. Y en ese instante no siento cansancio ni pena ni dolor, tan solo una total plenitud que transciende mi cuerpo.

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