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El gran Lebwoski o la grandeza del idiota.

por Redacción Mundo Diners

Por Gonzalo Maldonado Albán.

Edición 455 – abril 2020.

firma Maldonado 1

Fue escrita y dirigida por Joel y Ethan Cohen. Protagonizada por Jeff Bridges, que ganó el Premio Satellite por su actuación. Julianne Moore, John Goodman, Philip Seymour Hoffman y un memorable John Turturro también actuaron en este filme. Salió en 1998 y le fue mal al principio. Hoy es una película de culto, con escenas inolvidables.

Pudo haberse titulado La importancia de llamarse Lebwoski porque la película arranca con un clásico recurso de las comedias de equívocos: dos mafiosos confunden a Jeffrey Lebwoski —el Dude— con otro Jeffrey Lebwoski, un millonario parapléjico que peleó en la guerra de Corea.

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También pudo haberse titulado Historia de un idiota contada por él mismo porque el Dude (algo así como el pana, en ecuatoriano) es el antihéroe prototípico que busca la felicidad a su manera, en un mundo cada vez más enrevesado.

Pero los hermanos Cohen —directores de esta película de culto— decidieron llamarla El gran Lebwoski y creo que por una buena razón: para indagar en qué mismo consiste la grandeza del idiota; idiota en la acepción que esa palabra tenía en la antigua Grecia, un adjetivo para describir al personaje volcado sobre sí mismo, incapaz de tomar parte en la vida pública.

Porque el Dude lleva una vida inconmoviblemente individualista, sólidamente dedicada a su pequeña satisfacción personal. El único interés de este personaje es fumar porritos de marihuana y tomar todos los rusos blancos que pueda. Por ahí se detecta el atisbo de una pasión —jugar a los bolos—, que tampoco llega a tanto. En toda la película el Dude no convierte una sola chuza y poco parece importarle lo que suceda con el torneo en el que participan sus amigos y él.

¿Qué es capaz de perturbar su conciencia? Humm, este personaje abandona su estado de ostracismo solo cuando siente que su pequeño reducto de confort ha sido vulnerado. Ocurrió cuando uno de los mafiosos que le confundieron con Lebwoski —el millonario— decidió orinar sobre la alfombra que yacía a la entrada de su departamento. Es solo en aquel momento cuando el Dude decide actuar e involucrarse en la vida pública. Lo hace para reclamar algo que le parece eminentemente justo: tener una alfombra nueva.

Visita a su homónimo, el excombatiente de Corea, quien lo despacha expeditivamente tras escuchar con asombro su pedido: “Usted me debe una alfombra porque perdí la mía cuando me confundieron con usted”.

De ese momento en adelante, la trama deriva en situaciones inesperadas e hilarantes que culminan con un poco de información que el protagonista da sobre sí mismo: estuvo vinculado a la industria discográfica y fue miembro de los Siete de Seattle, una organización universitaria de izquierda. También fue autor de una proclama política: el Manifiesto de Puerto Hurón, que, al parecer, pocos conocen.

El Dude relata todo aquello sin mayores aspavientos, como hechos anecdóticos poco relevantes. Tal vez allí radique la grandeza y la sabiduría de este personaje: en saberse derrotado pero, aún así, no darle mayor importancia.