El globo le quedó pequeño a Maradona
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El globo le quedó pequeño a Maradona

Por Galo Vallejos Espinosa.

Ilustración: Shutterstock.

Edición 464 – enero 2021.

El argentino falleció a los sesenta años luego de una vida intensa, marcada por los goles a Inglaterra, el paso por Nápoles, una personalidad magnética, sus padecimientos, su carácter y hasta su posición política.

Las habitaciones tenían dos camas de una plaza, una mesita de noche, un televi­sor y un armario pequeño, donde apenas cabían las pertenencias de los futbolistas. En las piezas, construidas de ladrillo visto, no podía caminar más de una persona. Era una concentración espartana, en la cual ha­bía apenas un teléfono de ficha, con el que los jugadores argentinos se comunicaban con sus familias.

El Nido del Águila, la sede del club América, está enclavada en el barrio de Co­yoacán, que un día fue un pueblo, pero que terminó absorbido por la megalópolis del Distrito Federal. Célebre porque ahí vivie­ron Frida Kahlo, Diego Rivera y León Trots­ki. Ahí, Diego Armando Maradona preparó su asalto a la historia. Transcurría mayo de 1986.

En la pieza del Diez había una pequeña foto de su pareja, Claudia Villafañe, pegada con cinta adhesiva. Otra de Valeria Lynch, su referente musical; un calendario de jue­gos del Mundial y, para completar el cuadro barroco, el póster de una modelo de una revista erótica, desnuda e insinuante. Com­partía el cuarto con el delantero Pedro Pablo Pasculli, quien, como Diego, brillaba enton­ces en la Liga italiana.

Durante un mes se cocinó ahí el título mundial que elevó a los altares paganos al zurdo, entonces de veinticinco años. Llegó para aclimatarse a la altura de México, dirigi­do por el meticuloso y cabulero Carlos Bilar­do, apoyado por su padre, Chitoro —homó­nimo del jugador, quien era el chef oficial del equipo: preparaba los constantes y abundan­tes asados—, liderando un grupo de jóvenes que terminó proclamándose campeón. Ven­ció en la final a los alemanes, pero días atrás había derrotado a los ingleses, en un juego de relevancia mundial, donde marcó un gol con la mano y otro en el que dejó en el piso a seis rivales británicos.

Se hacía lo que Maradona solicitaba. Las horas de entrenamiento, de descanso, las salidas a comprar, las dos fiestas a las que el equipo asistió, todo o casi todo. En su dimi­nuta pieza, más de veinte jugadores se haci­naban en las noches para alistar el torneo y analizar cada detalle con su líder. Sin embar­go, no era impositivo. Hacía fila, como el res­to, mientras aguardaba su turno para hablar por el teléfono común, recordaba Pasculli. Para él y para el resto era el “capitán” y así lo han recordado a lo largo de 35 años.

El haka global

Quince gigantes fornidos, malencarados y desafiantes recordaron a Diego muy lejos de Argentina. “Esta es mi tierra, que vibra/ Es mi hora, mi momento/ Así somos los All Blacks…”. Era la selección de rugby, sí, de rugby, de Nueva Zelanda, la mejor de todos los tiempos en ese deporte, que cantaba a viva voz y hacía percusión con sus músculos, en su ya tradicional ritual que dio la vuelta al mundo, el haka (danza maorí) denominado Kapa o Pango, en una muestra de respeto por Maradona.

Era el preludio del partido de la Copa Tres Naciones entre los neozelandeses y el equipo argentino, los Pumas, en el estadio MacDonald Jones de la ciudad australiana de Newcastle. Antes de empezar el haka, Sam Cane, el capitán, había tendido la cami­seta del equipo, negra, sobre el campo en la cual aparecía el apellido del Pelusa y el nú­mero diez. Las gradas, repletas, estallaban. Curiosamente, los integrantes del equipo al­biceleste apenas mostraron una cinta negra de luto en sus brazos. Ni recogieron la blusa ofrecida por los Blacks. En Argentina la opi­nión pública los liquidó en un derrota doble, pues cayeron 38-0 en el partido.

El deceso de Maradona, ocurrido el 25 de noviembre de 2020, luego de un paro cardiorrespiratorio, tuvo eco planetario. De­cenas de futbolistas, hinchas, comentaristas, políticos y muchísimos más se expresaron. Medios de todas las latitudes lo hicieron por­tada. Estadios en cada continente lo home­najearon, con gestos que se superaron entre sí. El tributo de los fortachones oceánicos del otro lado del planeta evidenció las repercu­siones del deceso.

“Un día, un pibe, un pibe villero (prove­niente de un barrio miseria), apenas con su metro sesenta y pico de estatura, fue capaz de hacer el gol más fascinante de la historia del fútbol. Es mucho para una sola persona. No es un territorio meramente futbolero y masculino, sino global”. Estas frases las re­pitió en medios argentinos Pablo Alabarces, estudioso del tema, tratando de dimensionar a quien considera el mayor exponente de la cultura popular de su país.

Alabarces se refería a los goles de Mara­dona en el partido contra Inglaterra, en los cuartos de final de la Copa del Mundo del 86. Cuatro años antes, el ejército británico había derrotado al argentino en disputa de las islas Malvinas o Falkland (el conflicto dejó más de 650 muertos, 1700 heridos y unos once mil prisioneros para los sudame­ricanos, frente a 250 bajas, 700 lesionados y 150 retenidos del lado europeo). Una victo­ria rápida y contundente del Reino Unido, superior militar y tecnológicamente, en se­tenta días de escaramuzas, frente a la aventu­ra de la entonces dictadura argentina, acusa­da de centenares de asesinatos y de torturas.

El partido del Mundial fue una revancha para Argentina y superó al héroe de la ges­ta deportiva y geopolítica, que pasó a estar en la lupa de los medios de una manera ex­traordinaria, que hoy no pudiera repetirse, por ejemplo, con Lionel Messi o Cristiano Ronaldo.

En 1986 Diego Maradona alcanzó la gloria. Con su
liderazgo, su fútbol y sus goles inolvidables llevó a un
equipo muy criticado a ganar el Mundial de Fútbol.
Bajo el Vesubio

La fama del documentalista inglés Asif Kapadia llegó al tope cuando ganó el Óscar de 2016 en su especialidad tras la pelícu­la Amy, un retrato de la vida de la cantante Amy Winehouse. Maradona lo vio y quedó maravillado. Le escribió al cineasta en una red social y el proyecto se armó.

Kapadia aceptó el desafío de seleccionar entre 500 horas de archivo sobre el astro del fútbol y convertirlas en
una brillante pieza de una hora y media cargada de emociones.

Diego Maradona (2019), de Kapadia, pu­diera ser el documental más contundente so­bre el futbolista, que muestra especialmente imágenes del jugador durante su paso por el Nápoles italiano entre 1984 y 1991. Con Diego, ese equipo, que antes de su llegada apenas luchaba para mantenerse en prime­ra división, ganó por primera vez la Liga italiana —la más competitiva y famosa del momento— y una copa europea. Pero, sobre todo, dio visibilidad mundial a la ciudad del sur de Italia, que idolatró, gozó y expulsó al astro de su seno.

Eso narra el filme con imágenes tomadas in situ, muchas dispuestas por el entonces representante de Maradona, Jorge Cyster­szpiler, a las que Kapadia tuvo acceso. Unas quinientas horas de metraje en total que se redujeron a algo más de dos. Se estrenó en el Festival de Cannes y después pasó sin de­masiado suceso por Europa, pero volvió a las pantallas luego de la muerte del jugador. Está disponible en plataformas digitales, pago de por medio.

Kapadia muestra la llegada del ídolo a una ciudad empobrecida, de baja autoes­tima, dominada por la mafia local, la Ca­morra, sospechosa de financiar el costosí­simo fichaje del argentino (ocho millones de dólares, récord para la época), en la que, de a poco, con el talento del zurdo, pasó a dominar el fútbol italiano. En una carrera desenfrenada, llena de éxitos, que obligó al deportista a vivir encerrado, protegido de la enorme pasión de los hinchas locales, y bajo la sombra de la familia Gugliano, uno de los clanes de la Camorra, que lo abastecía de co­caína, su pesadilla.

El filme alterna lo deportivo con deta­lles personalísimos del jugador, pasando por fiestas, homenajes, alegrías, berrinches, idas y vueltas. Puso énfasis en la corta relación que tuvo con Cristiana Sinagra, contada al detalle por la prensa italiana, quien dio a luz a Diego Júnior en 1986 —Maradona solo lo reconocería treinta años después—, días an­tes de su llegada a México y su consagración definitiva (los detalles de la habitación de Maradona en la concentración del América, contadas al inicio de esta crónica, se revelan en la película).

El colofón de la historia es el despeña­dero del jugador, secuestrado por la coca, aunque todavía sobresaliente en la cancha, una vez que lideró a Argentina para elimi­nar a Italia en las semifinales del Mundial que ese último país organizó en 1990. Pasó a ser el personaje más odiado de la nación y de la propia Nápoles. El statu quo de en­tonces, que sabía de memoria y alcahueteaba su adicción, lo hundió al revelar un control antidopaje positivo en marzo del 91, por co­caína, obviamente.

Todo contado por el propio Maradona, quien conversó por más de diez horas con el documentalista. El biógrafo argentino del jugador, Daniel Arcucci, colaborador del filme, se sorprendió por las revelaciones del astro; a él, pese a tener años de conocerlo, no se las había contado nunca.

Italia fue el gran episodio en la vida de Diego. Disfrutó y padeció en medio de con­sagraciones y de lujos en un territorio que delimitaron los mafiosos, la dirigencia del club y los “tifosos” (hinchas) napolitanos. Kapadia, curiosamente, no cuenta el epi­sodio de Acerra, famoso en la Italia de los ochenta.

Acerra es un pueblo de las afueras de Nápoles, muy pobre entonces, con caren­cias similares a las de Villa Fiorito, el barrio marginal de Buenos Aires donde Marado­na creció. Un exjugador, Pietro Puzone, le había pedido a Diego que organizara un partido amistoso en favor de un niño, Montuori, a cuyos padres les urgía dine­ro para operarlo del paladar. El futbolista y sus compañeros aceptaron enfrentarse a un cuadro local, pero el presidente del Nápoles, Corrado Ferlaino, no dio la au­torización porque la cancha del Estadio Comunal de Acerra era un verdadero lo­dazal y podía causar lesiones. Diego llevó al equipo: hizo un golazo que lo celebró con hinchas en pleno borde de un campo inun­dado. Además, completó el dinero para la intervención del pequeño.

Asif Kapadia y Diego Maradona.

Epílogo

Siempre cobijado por la gesta del 86, los años posteriores a sus últimas excur­siones en el fútbol profesional (el Sevilla español, el Newell’s Old Boys de Rosario y el Boca Juniors) y su traumática despedida de la selección argentina en el Mundial de 1994 (positivo de nuevo en dopaje, en esa ocasión por efedrina, en medio de las de­nuncias del jugador por la corrupción de la FIFA, que se confirmaron años después), el Diez estuvo cerca de la muerte en más de una ocasión, se sometió a un baipás gástri­co por exceso de peso, se recuperó y con­dujo un inolvidable programa de televisión, se convirtió en entrenador, se divorció, re­conoció y/o tuvo más hijos (cinco en total hasta el momento de su muerte), su cuerpo no resistió…

Optó por hacer públicas sus preferencias políticas, de la mano con gobiernos naciona­listas, de corte progresista y/o populista en América Latina a lo largo de este siglo XXI. Cercano a distintos líderes de la tendencia, en concordancia, para él, con su origen hu­mildísimo y su identificación con el pero­nismo, que heredó de su familia. Esa opción política y los juicios moralistas debido a su dependencia de la cocaína se combinaron para dejar las reacciones más mezquinas tras su fallecimiento.

Inundó las redes y los noticieros. Provo­có que una turba, azuzada por barrabravas, estuviese a punto de tomar la Casa Rosada, la sede del Gobierno argentino, donde su cuerpo fue velado. Ratificó su perfil de fenó­meno global. Cientistas sociales, psicólogos, analistas se halan de los pelos para explicarse cómo se convirtió en el último caudillo glo­bal del deporte, la cultura y la historia con­temporáneos.

Quedan los registros en video de sus jugadas, de sus frases, de sus papelones, de su ascenso y de su decadencia. Debido a la millonaria herencia que deja a sus hijos, y que ellos se disputarán, se hablará durante mucho tiempo más de él. Por ahora se puso de moda, en los entrenamientos de los equipos de fútbol, la canción “Live is life”, del grupo austríaco Opus, que es el fondo de uno de sus famosos calentamientos an­tes de los partidos. ¿Creen que no habrá Diego para rato?

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