Edición 452
Las condiciones latinoamericanas son propicias para que pronto se repitan los tumultos de finales de 2019.
Las turbas estaban feroces, enardecidas, lanzadas a destruir lo que encontraran a su paso. La suya era una violencia dura, de puños apretados, añejada en un rencor obscuro y callado que nadie sabía que estuviera tan enraizado. Y, en pocos días, esas turbas inflamadas devastaron lo que pudieron y, sobre todo, sembraron el temor y el desconcierto en millones de personas para quienes esa explosión de furia era inesperada e incomprensible. También era sorprendente para los gobiernos (de Ecuador, Chile, Bolivia y, algo menos, Colombia), que no supieron ni qué hacer ni cómo reaccionar. El estupor los paralizó. El miedo los abrumó.
En los días y semanas siguientes, políticos, sociólogos, sicólogos, historiadores y periodistas se dedicaron a tratar de entender —y explicar— qué había sucedido. Hubo todo tipo de diagnósticos, desde los más frívolos y triviales, que intentaron resumir toda la complejidad del fenómeno en algún concepto sonoro y políticamente meloso (“injusticia”, “desigualdad”, “neoliberalismo”), hasta los más reflexivos y profundos, que por lo general se enredaron en un torrente de disquisiciones aún pendientes de comprobación. Lo único cierto es que América Latina —o, al menos, gran parte de ella— está sumida en un ambiente de convulsión cuyas manifestaciones podrían reaparecer el momento menos pensado.
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