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El Ecuador también hace ciencia.

por Leisa Sánchez

Por Paulina Escobar.

Fotografía: Shutterstock.

Edición 461 – octubre 2020.

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Cifras y resultados

La producción científica puede dar respuesta a las interrogantes porque nos permite conocer qué tanto investiga un país y en qué áreas. En el Ecuador, gran parte de la producción científica surge de las universidades; exactamente el 91 %, según la Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación (Senescyt).

Con la vigencia de la Ley Orgánica de Educación Superior (LOES), aprobada en 2010, el país vio incrementar sus publicaciones científicas, en sistemas internacionales, conocidos como bases bibliográficas de datos o bibliotecas electrónicas de alcance científico. En sujeción a la ley también aumentó el número de profesores con PhD, pasando de 482 en 2008 a 1056 en 2012 y después de 2424 en 2015 a 4125 en 2018, hasta llegar a 4500 en 2019, de acuerdo con los registros oficiales.

Sin embargo, frente a la producción científica de países de la región y del mundo, se podría afirmar que la producción nacional sigue siendo mínima. Veamos.

Determinar si estamos investigando más como país, y desde cuándo, fue justamente el objetivo de dos estudios: uno, publicado en la última edición 2020 de la revista científica Tsafiqui, y otro, publicado en 2019, en la revista Española de Documentación Científica.

En el primero Verónica Simbaña, Kevin Espinosa y Diana Vinueza, investigadores de la Universidad Central del Ecuador (UCE), analizaron las cifras de publicaciones científicas ecuatorianas en tres períodos diferentes y en tres bases de datos internacionales: Scopus, Scielo y Scimago Journal Rank (SJR). Luego de comparar los datos con los de Colombia, Perú, Argentina y México, concluyeron que la producción nacional no ha sido óptima, y mucho menos cuando la comparación se extiende a España.

En Scopus, durante el período 2008-2017, el Ecuador se ubica en el último lugar. En Scielo, no registra publicaciones entre 2008 y 2013, pero en el período 2014-2019, aumenta su producción entre 2017 y 2018. Mientras, en SJR, al analizar el período 2008-2018, incrementa sus registros a partir de 2014, aunque su presencia sigue siendo menor.

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En cambio, en el segundo estudio, los investigadores José Antonio Castillo y Michael Powell destacan el aumento de la producción científica ecuatoriana, durante el período 2006-2015, e identifican a la colaboración internacional como un factor clave para dicho incremento. Se trata de una investigación que compara el panorama de la producción científica antes y después de la LOES, considerando publicaciones registradas en Scopus, con al menos un autor ecuatoriano afiliado a una universidad o institución de investigación, y el porcentaje de colaboración internacional, con datos del sistema Scimago. Así, explican el incremento al comparar los valores iniciales al período de análisis con los valores finales; es decir, las 313 publicaciones científicas en registros internacionales en 2006, frente a las 1605 registradas en 2015; y, por otro lado, identifican a los diez países que más colaboraron con el Ecuador (en coautoría): Estados Unidos, España, Brasil, Reino Unido, Alemania, Francia, Colombia, México, Argentina y Perú.

Los datos reflejan un crecimiento de 5,1 veces en 2006-2015, ubicando al Ecuador como el país de mayor crecimiento (17,1 %) y superando el promedio de la región (5,9 %), en tres veces. Con base en datos de Scopus, la cifra más actual, proporcionada por el secretario de la Senescyt, Agustín Albán, es de 20 720 publicaciones en el período 2010-2019.

Una realidad más allá de las cifras

Si bien las cifras de producción científica son el resultado de una normativa que rige a la educación superior desde 2010, muchos entendieron a la investigación como una especie de concurso de quien publica más y más rápido. Es claro que algunas universidades incentivan la investigación y otras han multiplicado investigaciones con universidades del mundo, pero en el entorno universitario también hay quienes desconocen que se trata de un proceso que requiere tiempo, y que no publicar no significa que no se investigue.

A nivel macro, una de las principales dificultades es la falta de inversión pública en investigación. Durante la pandemia, Brasil ha destinado cien millones de dólares para investigación, México quince millones, Argentina diez millones y Perú seis millones, según el portal internacional de ciencia, Sci Dev. En el Ecuador, se desconoce la cifra de parte del Estado, aunque —según la Senescyt— las universidades y escuelas politécnicas públicas asignaron a investigación, en 2019, un total de 41 863 455,37 de dólares.

Paúl Cárdenas, investigador del Instituto de Microbiología de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ), recuerda que hace dos años ganó una subvención de investigación por doscientos mil dólares, pero —al igual que otros beneficiarios de los fondos concursables a los que presentaron sus propuestas— nunca llegó a recibir el desembolso.

Ese traspié, sin embargo, no detuvo el trabajo del Instituto de Microbiología, donde se estudia a los virus transmitidos por insectos (zika, dengue chikungunya), enfermedades infecciosas, resistencia a antibióticos… y sus investigadores publican alrededor de veinte artículos al año. ¿Cómo lo logran? Apoyo institucional, trabajo colaborativo con otras universidades y donaciones de Estados Unidos, Inglaterra y Brasil.

Durante la pandemia de la covid-19, además de diagnosticar el virus en comunidades vulnerables (con el apoyo de la empresa privada), trabajan en secuenciar las variantes del virus que circulan en el país. Hasta ahora han identificado veintisiete, aunque el objetivo es lograr secuenciar el mayor número de muestras posibles, con el apoyo de universidades como la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL) y la Universidad Espíritu Santo de Guayaquil. Cárdenas sabe que es meritorio lo que hacen los investigadores, pero también frustrante que el Estado no dé importancia a la investigación. “La única forma de salir adelante somos nosotros mismos; no esperando que alguien de afuera nos ayude”.

Dificultades

Inconvenientes menores, aunque también inciden en el trabajo de quienes investigan en las universidades, la carga horaria para docencia y el tiempo del que disponen o —mejor dicho— que no disponen para investigar. En la lista de dificultades también están los costos de importación de reactivos y equipos e incluso para desaduanizar insumos que reciben algunos laboratorios como donaciones internacionales. Este panorama ha sido común, aunque la pandemia lo ha hecho más visible.

Pese a todo, la pandemia también ha visibilizado aspectos positivos, como el trabajo de mujeres en la ciencia; por ejemplo, en biomedicina y biotecnología, señala Claudia Segovia, investigadora de la Escuela Superior Politécnica del Ejército (ESPE) y cofundadora de la Red Ecuatoriana de Mujeres Científica (Remci).

Entre otros perfiles, se han destacado Lucy Baldeón, directora del Centro de Biomedicina de la UCE e investigadora a cargo del procesamiento de pruebas PCR; Marbel Torres, directora del laboratorio de inmunología y virología de la ESPE, quien trabaja en el desarrollo de una vacuna contra el coronavirus; Blanca Ríos, investigadora de la Universidad de Las Américas (UDLA), quien en un reciente estudio detectó presencia del virus SARS-CoV-2 en dos ríos de Quito. A ellas se suma el trabajo de las científicas Carolina Proaño (Ikiam) y Linda Guamán (UTE), quienes han logrado que las universidades sean laboratorios de apoyo durante la pandemia.

Por otro lado, también se puede resaltar el trabajo de ingenieros de la Escuela Politécnica del Litoral y de investigadores de la clínica de simulación de la Universidad Espíritu Santo, quienes desarrollaron respiradores artificiales para pacientes de covid-19, validados y a bajo costo. En otros prototipos de respiradores también trabajaron investigadores de la USFQ y de la UCE. Por otro lado, un equipo de docentes y estudiantes de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE) desarrolló visores para médicos, con el aporte institucional e incluso de la ciudadanía.

En el mundo la universidad es una institución clave para el desarrollo científico, tecnológico y económico de las naciones, cuyos pilares se sustentan en la investigación. En el Ecuador, además de lograr resultados en la producción, la investigación no debe reducirse al número de publicaciones. Sus hallazgos deben ser de utilidad para la sociedad: resolver necesidades contemporáneas, generar innovación y, a la vez, fomentar una cultura científica en la gente y en las mismas universidades.

El Ecuador debe apuntar a la innovación

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Inty Gronneberg, ecuatoriano residente en el Reino Unido, reconocido en 2018 por la MIT Review como inventor del año de Latinoamérica.

—¿Cómo ve al Ecuador en investigación científica frente al mundo?

—Los datos demuestran el crecimiento de publicaciones, pero eso no va más allá de doce años. Antes no se formalizaba el conocimiento, llegábamos a la transferencia, pero no a la generación del conocimiento, a través de la publicación en revistas indexadas. La falencia entre transferencia y formalización retrasa la innovación. Un siguiente nivel en universidades del mundo es la transferencia de tecnología, algo que todavía no llega al Ecuador. Hay chispazos desde las universidades, pero no existe un Estado que entienda esas lógicas de desarrollo. Esa es la gran diferencia.

—¿Cómo está la investigación desde las universidades?

—Las universidades han empezado a subir en ránquines, pero son procesos que toman décadas. En las sociedades desarrolladas la industrialización es su columna vertebral y parte de esa columna es la investigación y el desarrollo tecnológico, que se conecta con las universidades. Esto no lo tenemos, hay una gran falencia, más aún en tiempos de covid-19.

También depende de las políticas de Estado, que desafortunadamente no ha habido en este Gobierno. Se han reducido horas de investigación en las universidades, tener PhD resulta caro, se busca reducir la calidad de la educación para masificarla y muchas veces cantidad no es calidad. Eso reduce el proceso de desarrollo y puede poner en peligro los avances.

—¿De qué otros actores depende para alcanzar mejores niveles?

—Quien tiene mayor responsabilidad es el Estado. Internet, que es la base tecnológica de la era digital, fue desarrollado con inversión estatal en Estados Unidos, pero mientras el mundo busca que los Estados sean más eficientes, el Ecuador se está yendo para otro lado. El Estado debe generar estrategias para encaminar al país de la generación del conocimiento a la generación de la innovación. La innovación es el motor del desarrollo.

—¿Qué les espera a las generaciones que se forman en investigación?

El Ecuador puede aprender de experiencias de otros países, buscando una industrialización sostenible e inclusiva. Hay que luchar para acercar estos esfuerzos a nuestros gobernantes. Hay que colaborar, hay que pensar el desarrollo del país también desde la ciudadanía. Debemos ser más críticos, exigir más, no dejar que (los políticos) se sientan en la capacidad de ofrecer cualquier cosa. Somos el país más emprendedor de la región, es una característica positiva del ecuatoriano, es trabajador. Necesitamos también gobernantes así, que hagan bien los deberes. 

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Acerca de Leisa Sánchez

Su gran motivación e interés periodístico son los temas históricos y culturales.
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