El día en el que no pasó nada de nada

El día en el que no pasó nada de nada
Ilustración: Shutterstock

Eran tiempos revueltos, repletos de sobresaltos, temores y malos augurios, en los que el riesgo de una guerra que incendiara el planeta entero y que extinguiera la especie humana crecía año tras año, a medida que los arsenales se llenaban de bombas atómicas y se profundizaba la rivalidad entre las dos grandes potencias mundiales, los Estados Unidos y la Unión Soviética, abanderados de dos sistemas políticos antagónicos e irreconciliables, ambos con vocación excluyente: el capitalismo liberal y el socialismo autoritario. Cualquier día podía ser el último.

A ese conflicto silencioso aunque muy cruento, la Guerra Fría, se sumaba un enfrentamiento armado que se acercaba a su desenlace con una batalla, la de Dien Bien Phu, que duraría ocho semanas, adquiriría resonancia planetaria y definiría la guerra de Indochina con una derrota humillante para Francia. En efecto, en marzo de 1954, el Frente de Liberación de Vietnam, el ‘Viet Minh’, lanzó una ofensiva contra una posición clave de las fuerzas francesas ubicadas en lo alto de una colina rodeada por una selva tropical tan densa que todos la consideraban impenetrable. Excepto el comandante del grupo guerrillero, Vo Nguyen Giáp.

Bajo sus órdenes, miles de culíes habían trasladado por senderos desconocidos cientos de piezas de artillería, en una operación logística secreta y asombrosa, y las emplazaron alrededor de la fortaleza. El bombardeo empezó el 13 de marzo. Desconcertados, los franceses no pudieron reaccionar a tiempo. Cuando lo hicieron, ya era tarde: fue, hasta la rendición de Dien Bien Phu, el 7 de mayo, “el lento desangre del elefante caído”, según la muy gráfica descripción que más tarde hiciera Giáp. Francia ya no pudo mantenerse en la Indochina y la evacuó. Los Estados Unidos ocuparon el espacio vacío. Sería el comienzo de la guerra de Vietnam.

Por entonces, Mao Tse Tung gobernaba China con puño de hierro y empezaba la colectivización del campo que terminaría en una hambruna de dimensiones colosales. En la Unión Soviética había muerto Stalin, para alivio de la humanidad, pero había estallado una lucha feroz por el poder que haría de Gueorgui Malenkov un gobernante inestable y efímero.

La Gran Bretaña era conducida por el pulso fino de Winston Churchill, Francia vivía los años postreros de la Cuarta República con el liderazgo frágil de René Coty y en los Estados Unidos el general Dwight Eisenhower había pasado de comandante de las tropas aliadas en la Segunda Guerra Mundial a presidente del país más rico y poderoso del planeta. Sí, eran tiempos revueltos, repletos de sobresaltos, temores y malos augurios, en el que cada día podía ocurrir lo peor.

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Pero el 11 de abril de 1954, que era domingo, no ocurrió nada, absolutamente nada: no hubo, en ninguna parte, una noticia memorable, un hecho singular, una novedad significativa. No hubo un terremoto, una inundación, alguna calamidad. No fue anunciado algún logró de la ciencia, de la técnica o de las artes. Ningún golpe de Estado fue dado. Nadie destacable murió. Tampoco nació alguien que llegara a tener notoriedad. De los 36.524 días del siglo XX, tan sólo el 11 de abril de 1954 no dejó nada digno de ser reseñado, ni bueno ni malo. En los diarios del día siguiente no hubo nada que leer. Fue el aburrimiento absoluto.

Según el informe de los especialistas de la Universidad de Cambridge que desarrollaron un programa informático (basado en un algoritmo al que llamaron ‘True Knowledge’) en el que introdujeron trescientos millones de sucesos ocurridos a lo largo del siglo XX, todos los días, del 1° de enero de 1901 al 31 de diciembre de 2000, ocurrió algo que interesó, importó, inquietó, conmovió o afectó a alguien. Todos los días, menos el 11 de abril de 1954. Lo cual habría que concluir en que fue algo bueno dados los tiempos tempestuosos que vivía el planeta, en la mitad del siglo más cruel y sangriento que hubiera vivido la especie humana. Un remanso en medio de la tormenta.

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