El copiloto.
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

El copiloto.

Por Anamaría Correa Crespo.

@anamacorrea75

Ilustración María José Mesías.

Edición 430 – marzo 2018.

Firma-AnaMaríaDice Rosa Montero que, a medida que enve­jece, va teniendo más claro que si uno aspira a vivir con serenidad y plenitud, primero tienes que llegar a un acuerdo con la parca. “Y pensar en ello no es una pintoresca obsesión que solo sufrimos unos cuantos chalados, sino que es el eje vertebrador de la realidad de todos”. Así, por tenerle miedo a la muerte, ella se ha convertido en la protagonista silenciosa de su obra. Rosa confiesa su obsesión con el tema, la bronca que la muerte le ha gene­rado durante su vida y cómo la ha canalizado a través del ejercicio literario. Así se amista con ella, o al menos trata de domesticarla mediante la esté­tica, para tratar de comprenderla de manera más profunda.

Todos vamos camino al final ineludible y muy pocos nos hemos reconciliado con este destino, seamos cristianos, musulmanes, agnósticos o ateos. Tampoco lo hemos hecho con la otra certe­za que nos persigue todos los días de la vida: que la gente que más amamos también se irá lenta o precipitadamente, en su juventud o vejez, y que no habrá nada que podamos hacer al respecto, más que tratar de llegar a un acuerdo de sana convivencia con los confines estrechos de nuestra existencia y de aquellos que forman parte de ella. Y sabemos que todo esto ocurrirá, pero preferimos la venda del caballo de carrera para evitar el dolor y la incertidumbre. El terror es total.

La muerte es la única certeza con la que con­tamos en la vida y, sin embargo, vivimos negán­dola; es como llevar siempre un copiloto junto a nosotros y pretender que no está allí, que podemos burlarlo. Nuestra cultura occidental —quizá otras sí lo hagan— no nos prepara para este proceso tan natural como el nacimiento de un hijo, para el que sí hay una profilaxis y meses de práctica y com­prensión. Más bien, vivimos inundados de prome­sas de juventud eterna, filosofías de búsqueda de la felicidad perpetua, técnicas de todo tipo, como en botica, para parar de sufrir y todo con nombres sofisticados: coaching sistémico y probablemente hasta existencial, sin que nadie nunca nos diga cómo diablos lidiar con el fin. Ni la medicina ni la religión ni la familia ni el entorno lo hacen. El rato del rato, parece que todo tiene que ser producto de la improvisación justo cuando al ser humano le embarga el dolor más profundo. Claro, ustedes me dirán, ¿pero qué tipo de preparación puede haber? Y yo les digo sí, tienen razón, pero aun así cabría in­cluso una preparación filosófica. Más aún, cuando llega la hora de la partida de tus seres amados, la sociedad te dicta superar la pérdida rápidamente, al fin y al cabo, nadie quiere ver a una persona triste. A secar lágrimas y a seguir adelante lo más rápido posible, eso dice el manual actual, y como dice la misma Rosa, los duelos no se superan, quizá a lo mucho te transformas en una persona distinta, por­que las muertes te van robando algo de ti.

Vivimos entonces escamoteando a la muer­te, alegando una cierta demencia ante ella y nadie o muy pocos se atreven a mirarla de fren­te, e incluso a preguntarse en serio qué cosa mismo es eso que pasa y que no nos atrevemos ni a atisbarlo por miedo. Hay un conflicto incó­modo para la gente que prefiere la comodidad de su metro cuadrado de fe que responder las preguntas existenciales. Parece existir un enten­dimiento social de que es mejor no cuestionarse mucho y dejar las incertidumbres a los filósofos, que, al fin y al cabo, nadie lee.

La religión nos ha enseñado a sublimar la muerte terrenal y a consolarnos con aquello de la vida eterna. Me pregunto si esta no podría hacer un mejor trabajo si preparase a sus fieles para aceptar el fin, la enfermedad y la muer­te. El consuelo divino o la voluntad de Dios, digámoslo con todas sus letras, son insuficien­tes ante el silencio absoluto de la muerte. Nos hablan de festejar el inminente encuentro con Dios. Pero… ¿no les causa también a ustedes una cierta indignación aquel consuelo simple de la gente que, ante una tragedia absurda, te dice que esa persona ahora está en un mejor lugar o que descansa en paz? Yo respondo: ¿Y qué tal si esta vida única y particular era para aquella persona la paz? ¿Qué tal si este era el “mejor lugar” de ese individuo? Entiendo que otros sí puedan tomarlo como un aliciente, pero la res­puesta de la fe religiosa no lleva a ningún lugar a quien no la tiene.

Resulta tan determinante la muerte para la vida del ser humano, a diferencia de los otros seres vivos que habitan el planeta y que no tie­nen la más remota conciencia de su final, que Martin Heidegger, el controversial filósofo ale­mán —que si no acertó en sus predilecciones políticas, sí lo hizo en su complejo pensamien­to— quien, luego de escribir un libro tan impo­sible como extenso, El ser y el tiempo, llegó a una conclusión cierta: somos seres botados a la realidad y a los que sus propios límites existen­ciales les definen. Estamos condenados por nuestra propia muerte, pero de ahí mismo se desprende el sentido de nuestra existencia limi­tada, finita, enmarcada.

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Recibe contenido exclusivo de Revista Mundo Diners en tu correo