El club.
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El club.

Por Salvador Izquierdo.

Ilustración: Diego Corrales.

Edición 453 – febrero 2020.

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Un amigo me mostró un video que había filmado con su celular desde un barco pequeño. Aparecía su hijo de once años nadando a través del paso de agua que hay en la desembocadura del río Chone, entre San Vicente y Bahía de Caráquez. El chiquilín daba brazadas profundas, levantaba la cabeza y respiraba con naturalidad, estaba totalmente conectado con su entorno acuático, parecía una especie de cetáceo con churos. Cuando llegó al otro lado, según el relato de mi amigo (que no escondía su orgullo), le habían preguntado cómo se sentía, y el niño respondió, con euforia, que solo quería seguir nadando y nadando, de regreso a San Vicente.

Recordé esa escena cuando escuchaba a un grupo de personas hablar de sus experiencias en un club de lectura. Leer, decía una de las participantes, es como nadar; ella era capaz de sumergirse sin mayor dificultad en cualquier libro, hasta en el Ulises de James Joyce, que era el libro que se habían propuesto leer ese año; el colmo de la novela retadora que atemoriza a lectores con su mera presencia. Pero a ella no le había importado no entender todo lo que ocurría en un principio, o haberse perdido ciertos bloques de la trama, solo seguía nadando dentro de la novela, como pez en el agua. No todos los participantes del club habían experimentado lo mismo, pero en general, estaban de acuerdo en que, a partir del capítulo trece, la novela se ponía irresistible, adquiría una fuerza que remataba, casi de forma agónica, con el monólogo de Molly (o Maruja, según la edición traducida al español que manejaba uno de los participantes).

Mientras hablaban, una tarde de diciembre en la acogedora librería Tolstói de Quito, tenían esa euforia en su mirada, de haber llegado a la otra orilla y de querer seguir; aunque dejaron claro que no con Finnegan’s Wake. Eso sería, se me ocurre ahora, como si el hijo de mi amigo en vez de querer nadar de regreso a San Vicente, hubiese deseado adentrarse por mar abierto hasta las islas Galápagos. Es decir, seguir en un mismo país, Irlanda, pero yendo más lejos todavía.

Yo estoy impresionado con el hijo de mi amigo y estoy impresionado con las y los integrantes del club de lectura. No sé nadar muy bien. Tampoco nado mal. Pero alguna vez, siendo adulto ya, intenté cruzar ese mismo estrecho y sucumbí ante mi respiración nerviosa y mi cuerpo que se agotó rápidamente. Mejor regresé a la orilla, flotando de espaldas, humano que soy, despacito, admitiendo la derrota. Con el Ulises ha sido igual. No he pasado de los primeros tres capítulos, y eso que tengo una edición bellísima de Folio Books, que me regalaron en un cumpleaños, con ilustraciones del artista italiano de la transvanguardia, Mimmo Paladino. Al zambullirme en sus páginas, creí entender con nitidez que el autor nos estaba tomando el pelo, y con fuerza. Pensé que la novela tenía que ver con un viejo cura, y luego me di cuenta que era un par de estudiantes pasando el tiempo, el uno un contrapeso anímico del otro. ¿Cómo se crean esas visiones que uno tiene mientras lee? Consideré, en todo caso, que el mejor truco de Joyce había sido convencer al mundo de que había escrito una “obra maestra”. Sería incapaz de sostener lo mismo ahora, después de escuchar a esos maestros del club de lectura. Sé que me falta leer más, no solo chapotear.

Algunas cosas llegan en el instante preciso y otras no. Algunas nunca llegan. Un mar lejano te puede estar hablando y tú ni siquiera lo escuchas. Una novela te puede estar esperando, pero no la ves porque estás concentrado en otras cosas. Gente que ni ha nacido puede ser tu gran amiga. La misma mujer del club de lectura, que habló sobre la natación, sugirió que el monólogo de Molly Bloom pudo haber sido escrito por una mujer; quizá Nora Barnacle tuvo algo que ver. ¿Sería otro truco del Ulises? ¿En un mundo donde casi siempre se sospechó(a) lo mismo, pero al revés?

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