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El Cairo: la cuna de la civilización es un delirio

por María Fernanda Ampuero

El Cairo
Fotografías: Shutterstock

¿Qué nos imaginamos al pensar en El Cairo? Pirámides y momias, ¿verdad? También el infinito Nilo, la cuna de la civilización. Bueno… Sí, es eso, pero también caos, multitudes, casonas abandonadas, comida increíble y una vida callejera tan deliciosa que hay que vivirla al menos una vez en la vida.

Los artículos de viaje fomentan la visita al sitio en cuestión con adjetivos eufóricos y una desmedida insistencia en la visita. Son casi una maldición: si no vas a tal sitio antes de morir, tu existencia habrá sido en vano.

Lo sé porque empecé mi carrera en una revista de turismo y le decía a la gente que su vida era una basura porque no había ido a París o a Ámsterdam.

Este no es un artículo de viaje. Hablaré de uno, sí, pero en la versión de alguien que se dedica al mundo artístico: juntando el medio con el real. Pobremente.

No se imaginen hoteles con piscina ni restaurantes de lujo.

Fui a Egipto y, para resumir, fue un delirio.

Por hacer comparaciones, que siempre son odiosas, pero las hacemos igual, El Cairo se parece un poco a Guayaquil. Un Guayaquil musulmán, pongámosle. Hace un calor que te desafía a seguir viviendo; el río es omnipresente y hermoso; el tráfico es enfermizo, inenarrable; las calles están llenas de peatones que cruzan por donde les da la gana; hay sapada; compra y venta de lo que se te pueda ocurrir; puestos de comida callejera y mucha gente, sobre todo cuando cae el sol, “cogiendo fresco” en las veredas.
Es un Guayaquil sin biela. Y con el Nilo en vez del Guayas. Y con pirámides. Y con veinte millones de habitantes.

Alguien le preguntó a Google cómo es El Cairo para vivir:

“El Cairo es una ciudad caótica y estruendosa. Pasar una calle de un lado a otro puede ser la peor experiencia de la vida. No hay pasos de cebra, hay muy pocos semáforos y ningún policía de tránsito”.

El aire acondicionado y otros cuentos

Tal como en la tierra a la que pertenezco, el aire acondicionado es el objeto más precioso de cualquier espacio donde a la vida se la quiera llamar como tal. Llegamos a un Airbnb en una zona llamada Bab Al Louq del centro de El Cairo. Pasa una cosa con el centro que es hermosa y a la vez perturbadora.

Voy a dar un pequeño rodeo, disculparán.

En el siglo XIX Egipto era un protectorado británico y destino favorito de la burguesía europea. O, lo que es lo mismo, Inglaterra en ese momento —y ahora— era carísima y, si alquilabas tu casa de Londres, te podías permitir un palacete con vistas al Nilo durante mucho tiempo. A esto le llamaban “vivir como un colonial”.

Piensen, por ejemplo, en la escritora Agatha Christie, una de las grandísimas enamoradas de ese país, en los grandes salones de la casona que alquilaba su familia en El Cairo o recorriendo el Nilo en un crucero privado, planificando los asesinatos de Muerte en el Nilo.

A lo que iba: el centro de El Cairo. Atravesada, creada e invadida por los coptos, los romanos, los árabes, los ingleses y una mezcla delirante de dinastías, culturas, religiones y formas de vida, la ciudad ha ascendido y caído más veces de las que es posible contar en este espacio. Está siempre en vilo. Eterna y recién construida: lo recordarán, en 2011 hubo una revolución contra el presidente Mubarak en la que murieron centenares de personas y en 2013 otra contra el presidente Mursi.

¿Pero qué hago hablando de Agatha Christie y de los otomanos si yo venía a hablar del aire acondicionado?

El Cairo
Hace tanto calor en el día, que los locales de ropa, comida, dulces, joyas o perfumes están abiertos hasta medianoche.

El Airbnb quedaba en esa zona del centro de casi todas esas ciudades, ¿cómo nos llaman?, “en vías de desarrollo”, que están llenas de tiendas de telefonía móvil y electrónica, envíos de dinero, comida callejera, tiendas para comprar cola, cigarrillos y almacenes de ropa china. La entrada al edificio era un poco tenebrosa, sobre todo porque había un señor increíblemente flaco que vivía en las escaleras que bajaban del recibidor al sótano.

Ese señor, por señas, nos enseñó cómo usar el ascensor, un ascensor de la época en la que se inventaron los ascensores y eran como jaulas rococós para pájaros humanos y había que cerrar manualmente la puerta. Este, en concreto, tenía un banquito forrado en cuero. Bello.
Elegancia y destrucción. Todo a la vez, todo oxímoron.

El departamento al que llegamos tenía unos techos altísimos y unos espacios inmensos que ya se soñaría cualquier madrileño o neoyorquino. Venidísimo a menos, por ciertos detalles como las lámparas de araña o los suelos de madera, se notaba que había habido lujo. Las ventanas, hermosas, con celosías, estaban llenas de basura y caca de paloma.

Auge y esplendor.

¿Saben qué pasa cuando se hospedan en un caserón antiguo en una zona de la ciudad que ha sido abandonada por los ricos y no queda nada más que un nostálgico esplendor mezclado con mugre y caos? Que el aire acondicionado es una lotería.

He dicho que este no es un artículo de viaje, pero háganse un bien si van a El Cairo: asegúrense el aire. Y que no eche agua. Y que no se apague a medianoche.

La muerte en todos lados

Si pensamos en Egipto, pensamos, con toda la razón, en las momias. Hollywood agarró la egiptomanía de los primeros años del siglo XX y la convirtió en una película de monstruos muy exitosa. En noviembre de 1922, hace exactamente cien años, fue descubierta la tumba de Tutankamón y todo el mundo se volvió loco por semejante despliegue funerario. A la vez, una serie de muertes e infortunios entre los arqueólogos hizo correr la voz de que los muertos egipcios eran bien rencorosos.

En Egipto la muerte está por todos lados. Literalmente. Cruzar las calles requiere el coraje de Indiana Jones. En 2020, más de diez mil personas murieron y otras sesenta mil resultaron heridas en accidentes de tránsito en El Cairo.

Yo no fui una de ellas, pero vi cuatro accidentes frente a mis ojos. Si las momias siguen maldiciendo, lo hacen por medio de los carros.

¿Y las pirámides?

Como mi forma de viajar no tiene nada que ver con la que sugería la revista en la que empecé mi carrera, nunca participo en expediciones organizadas. Yo sabía que las pirámides son el plato fuerte para quienquiera que visite El Cairo y, por eso, quería posponer la visita. Igual iban a estar ahí, ¿no?
Además, no soy tan fetichista de los lugares míticos de la civilización. Qué sé yo, el Coliseo Romano, la Torre Eiffel, Machu Picchu. Prefiero las callejuelas que no tienen fin, las zonas que jamás salen en las guías, una tetería de cien años de antigüedad, un mercadillo de túnicas de segunda mano, el restaurante donde come el barrio.

El Cairo
Cuando uno se para frente a una pirámide se le pone la piel de gallina, suspira y se agarra de la mano de sus amigos.

Prefiero también el caos de una estación de tren o de autobús que la frialdad del transporte turístico. Esta es una ciudad de callejeo. De hecho, pensaba que los guayaquileños éramos gente callejera hasta que viajé a Egipto. Locura. Hace tanto calor por el día, que los locales de ropa, comida, dulces, joyas o perfumes están abiertos hasta medianoche, y por todos lados hay sillas ocupando media calle con gente, joven y mayor, fumando de las famosas pipas árabes y bebiendo té o jugos naturales.

Existen bares donde venden cerveza, pero ni están por todas partes ni exhiben su producto.
Después de los picos de adrenalina de cruzar las calles, los diez mil dulces con pistacho, los shawarmas, los kosharis (una mezcla de fideo, tomate, arroz, cebolla caramelizada, lentejas, garbanzos, ajo y limón), el paseo por el mercado de artesanías donde te puedes comprar pirámides de todos los tamaños, cleopatras de todos los tamaños, alfombras no mágicas y el infaltable Ojo de Horus, un amuleto bellísimo, por fin llegó el día de las pirámides.

Stendhalazo total

Se me hace muy difícil poner en palabras lo que sentí cuando, desde el carro, vi la punta de las pirámides. Creo que la forma más adecuada de explicarlo es recurriendo al síndrome de Stendhal: un fogonazo febril frente a la belleza. El nombre lo recibe de la visita del escritor a Florencia y la moridera taquicárdica que le dio al verse rodeado de las maravillas de la ciudad.

El stendhalazo.

Eso fue exactamente lo que me recorrió el cuerpo cuando me paré frente a las pirámides y la esfinge. “Quien lo vivió lo sabe”, escribió el poeta y creo que, aunque sea egoísta de mi parte, intentar narrar lo que se siente al estar ahí, mirando esas moles que llevan en su sitio desde tres mil años antes de Cristo, me resulta tan difícil como contar el amor. No importa cuántas veces hayamos visto imágenes en los libros y las películas: se te pone la piel de gallina y, aunque parezcas idiota, porque lo pareces, suspiras y te agarras de la mano de tus amigos.

A tu alrededor, como moscas, caen vendedores de todo tipo de cosas: agua, sombreros, protector solar, paseos en camello, paseos en moto, paseos en carruaje. Por un instante no existe nada, no hay sonido ni pensamiento: solo luz.

Por eso tengo fotos muy estúpidas, porque estaba como drogada, porque desde el balcón de un Pizza Hut que está justo al frente de las pirámides, mientras me tomaba una Pepsi, veía la historia con mayúsculas de esto de lo que soy parte y que se llama humanidad.

Qué diablos, sí que es un artículo de viaje. Vayan a El Cairo, por favor.

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Autor

Acerca de María Fernanda Ampuero

(Guayaquil, 1976). Escritora y periodista. Su último libro es Sacrificios Humanos (Páginas de Espuma, 2021).
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