Sus críticos, que abundaban, decían que “el mal lo hizo bien y el bien lo hizo mal”, que se encarnizó sin piedad con sus enemigos mientras convertía a la asistencia social en dádivas y clientelismo, que detrás de su amorosa beneficencia había un cálculo político frío y sagaz. Pero los pobres, sus “descamisados”, la adoraban, la veneraban, la tenían por una santa. Santa Evita. Y su muerte a los 33 años, cuando estaba en lo más alto del reconocimiento dentro y fuera de la Argentina, la convirtió en una leyenda, en un mito interminable.
Un cáncer le había desgarrado las entrañas en una agonía larga y cruel, que fue seguida día a día por todo un país que contenía el aliento en espera del desenlace, unos para festejarlo (“viva el cáncer”, escribió alguien en una pared), otros para llorarla sin consuelo. Y es que, tal vez como nunca antes, los argentinos estaban divididos en dos facciones lejanísimas: según cifras de 1940, su país estaba en manos de 1.804 propietarios, gente refinada y culta, sin duda, pero ajena a la situación de los demás.
La muerte la asaltó el 26 de julio de 1952. El general Juan Domingo Perón, su marido, un populista hábil y codicioso que gobernaba desde 1946, pasaba por entonces tiempos difíciles en la presidencia, porque los sindicatos obreros, que estaban en la base de su fuerza política, le exigían una radicalización que Perón no estaba dispuesto a emprender. Él, al fin y al cabo, no era socialista. Más bien parecía tener simpatías por el fascismo, e incluso se decía —con indicios sólidos— que había dado amparo a jefes nazis que sobrevivieron a la guerra.
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