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El azar y la necesidad

por Redacción Mundo Diners

Por Fernando Tinajero

Edición 459 - agosto 2020.

Al principio estaban allí cinco personas, no sé si amigos, compañeros, conocidos, o quizá desconocidos que coincidieron en ese lugar a esa misma hora, sin que hubiera una razón especial para hacerlo. Nadie sabe cuál, si existe una razón para que ocurran encuentros de ese tipo, pero ocurren: eso es el azar.

Supongamos, por ejemplo, que el primer hombre llega al bistró porque está cansado y tiene sed: le apetece un vaso de vino. Se sienta, pide una botella y bebe lentamente cuando ve llegar a un albañil, todavía vestido con el blusón azul que suele caracterizar en su tiempo a las personas de su oficio. Lo ve quedarse allí parado, arrimado junto a la cortina, mientras pide algo de beber. Entonces, sin saber por qué, el primer hombre le hace una seña para que se siente: es como si le dijera: “Ven, hombre, aquí tengo una botella y hay sillas vacías; no me molesta tu presencia”.

El albañil acepta con una mueca de agradecimiento y, apenas se ha sentado, llega otro hombre con rostro taciturno; tiene entre las manos un mazo de cartas y parecería buscar con la mirada alguien a quien proponerle una partida. “Un tahúr”, piensa el primer hombre y siente en su interior que algo o alguien se despierta, se despereza y se dispone al desafío. El supuesto tahúr ha advertido ya ese gesto imperceptible, ese fugaz brillo en la mirada del primer hombre, y extiende la mano con el mazo de cartas sin decir ni una palabra mientras arquea levemente las cejas, como si le dirigiera una pregunta muda. El primer hombre asiente con un levísimo movimiento de cabeza y entonces los dos miran al albañil que está allí sentado, con el vaso de vino en la mano, mirándolos en silencio. Se sienta el tahúr y sin más empieza a repartir las cartas. Cada uno recibe las suyas, las mira en silencio y desde ese instante quedan fugazmente enlazados. Nada les une de verdad, excepto el tablero sobre el cual empezarán a caer, una tras otra, las cartas del juego. Azar sobre el azar.

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Los jugadores de cartas, Paul Cézanne, 1890 a 1892, primera versión.

Cuando ya han comenzado la partida, luego de haber hecho apuestas marcando la cantidad con los dedos de la mano, llega un cuarto hombre. Se queda a cierta distancia, pero observa sin disimulo la partida, aspirando su pipa de rato en rato mientras comenta para sí mismo las jugadas: piensa lo que sucederá si el otro lanza un as, lo tacha de ingenuo por haber preferido el corazón, presagia la derrota inevitable del primer hombre, pero no sabe que ha sido el primero.

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Los jugadores de cartas, Paul Cézanne, 1892 a 1895, cuarta versión.
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Los jugadores de cartas, Paul Cézanne, 1890 a 1892, segunda versión.

Por fin, llega el último. Debe ser allegado del tahúr porque se sienta junto a él, con el rostro pegado al brazo que sostiene las cartas; no se sabe si es una mujer o un muchacho; en todo caso, su imagen calza muy bien en cualquiera de los dos. Al verlos así, tan confiados de sí mismos en su mutua compañía, el primer hombre rectifica sus impresiones iniciales. No, no puede ser un tahúr; los tahúres andan solos, dispuestos a enfrentar cualquier situación desagradable, dispuestos a la pelea o a la fuga; nunca llevan consigo a sus mujeres, aunque sí, de vez en cuando, mujerzuelas; menos aún a un chico, si de verdad es un chico, a menos que se hayan propuesto enseñar las malas artes al mayor de sus muchachos. Además, aquella impresión primera debe haber estado equivocada; una imagen como la de este hombre no encaja en la idea de un tahúr; definitivamente no lo es; apenas debe tratarse de otro obrero aficionado a las cartas, nada más.

Lo que ninguno de ellos sabe es que Cézanne ha estado mirándolos desde el principio, y ha ido trazando en su cuaderno de bocetos el apunte de la escena. Al llegar a su casa, sin preocuparse ya del final que tuvo la partida, el pintor ha puesto una tela nueva sobre el bastidor y ha comenzado: ese es el primero de los cinco cuadros que dedicará a Los jugadores. En el segundo eliminará al amigo del supuesto tahúr, que no tiene nada de tahúr; en el tercero, a uno de los jugadores y al espectador que se ha quedado de pie; en el cuarto, eliminará al tahúr; en el quinto (que se hará famoso) se quedará con el primer hombre y el espectador que ha terminado por sentarse. Ambos son tipos populares de Provenza; tipos que se encuentran ubicados entre las clases trabajadoras, pero no proletarios. Ellos y los que ya se fueron son como los granos minúsculos del polvo cósmico, aquel que según los sabios forma la sustancia de las nebulosas. Ahora son ellos, pero podrían ser otros y el polvo sería el mismo: su presencia es azarosa. Sin embargo, ellos forman un sistema de relaciones necesarias, como las del sistema solar, como las de la especie homo sapiens sapiens. No importa quién llegó primero ni quiénes quedaron al fin: lo que importa es que entre ellos se estableció un juego, y para establecerlo no necesitaron hablarse siquiera: una mirada, un movimiento de la mano son suficientes para transparentar la idea fundamental de la especie, y esa idea es que los unos necesitan de los otros y ninguno quiere estar solo consigo mismo para siempre.

El azar parece dominar el mundo en que vivimos, pero su dominio solo demuestra el cumplimiento de leyes necesarias. Es lo mismo que en la música: una sola nota falsa puede echar a perder una fuga; pero la misma nota falsa puede lograr que una sinfonía supere gloriosamente todas las sinfonías compuestas hasta entonces. Bach es la necesidad; Beethoven, el azar.

Mallarmé no lo supo bien hasta el final de su vida: “Un coup de dés jamais n’abolira le hasard” (“Una jugada de dados jamás abolirá el azar”), escribió un año antes de morir. Pero los jugadores de Cézanne no juegan a los dados, sino a las cartas. Dados o cartas, da lo mismo, es posible elegir los unos o las otras, y elegir al azar. Con cualquiera de ellos jugarán los jugadores: necesariamente uno de ellos perderá. Cézanne solo lo supo un año antes de morir. Reunidos en el Cielo de la Belleza (el único que existe) Cézanne y Mallarmé repiten ahora el verso final del poema inolvidable: “Tout Pensée émet un Coup de Dés” (“Todo pensamiento es una jugada de dados”).

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