
Jamás en la vida me había tocado vivir un asalto, pero ahora era mi turno de ser parte de la estadística de las víctimas de la delincuencia en el Ecuador.
¡No me asusten!, dije pensando que la sombra que veía de reojo a mi lado derecho era mi hija o mi sobrina que venía a decirme algo intrascendente cuando estaba a punto de arrancar mi auto, pero aún tenía la puerta del piloto abierta. No alcancé a pronunciar la última sílaba de la frase, cuando ya tenía dos pistolas a cada lado de mis sienes, insultándome, pidiéndome todo, tocándome.
Contesté lo que me preguntaron, entregué todo sin resistencia. Jamás en la vida me había tocado vivir un asalto, pero ahora era mi turno de ser parte de la estadística de las víctimas de la delincuencia en el Ecuador. La pesadilla empezaba.
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