El árbol.
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El árbol.

Por Ana Cristina Franco.

Ilustración: Luis Eduardo Toapanta.

Edición 442 – marzo 2019.

Firma--Franco

Visito a mi abuelo en el hospital. Me pide un caramelo de fresa. Se lo compro a escondidas de las enfermeras. Él se lo mete en la boca como un niño. Mira, o parece mirar, la pared. Yo lo miro a él. Somos dos extraños. Hay tantas cosas que no sé de él, hay tantas cosas que no sabe de mí. Pero tenemos la misma sangre. Recuerdo el día en que se conocieron con el Lucas. El abuelo en ese mood en el que la vida sucede hacia atrás, y mi hijo en el mood en que la vida recién sucede. Otra vez, dos extraños. Pero que se reconocen con las manos, con la memoria, con ese lago diáfano que es la conciencia.

Un niño que come chapo y escucha en la radio la noticia de la muerte de Carlos Gardel. Un anciano que presiente el atardecer con sus ojos miopes. Un hombre que mira las nubes extasiado la primera vez que viaja en avión. Imagino que mi abuelo no ve la pared sino las piezas de su vida flotando en el aire, mientras se aferra a un caramelo de fresa para no pensar en la muerte. Yo pienso que atrás de esos ojos que he visto tantas veces hay secretos que se irán para siempre con él. Yo lo miro y pienso, también, en mi padre, y en aquello que llevo conmigo. Pienso en eso que está en la sangre y que todos queremos, alguna vez, esquivar. Para ser únicos. Para ser eternos. Pero no podemos. Pienso en mi hijo todavía sin muchos recuerdos.

Me gusta recordar al abuelo sentado en su sillón rojo, con la mirada fija en la ventana y el periódico sobre las piernas. Su vida consistía en recordar. Parece que llega una edad en la que no queda más que recordar y tomar el sol. Como que la vida fuera una película que ya ha terminado y lo único que queda es mirarla una y otra vez, poniendo pausa en algunas partes, adelantando otras. Algunas partes de la película estarán borrosas y solo producirán ruido blanco, voces que se bifurcan. En otras partes solo habrá estática. Y otras estarán intactas. Imagino un mundo en el que ni siquiera existan las imágenes. Un mundo interior al cien por ciento. Sería como escabullirse en el mar, bucear hasta el fondo y sentir la luz del sol lejana a través de las espesas capas de agua. Dicen que el abuelo alguna vez compró la lotería y ganó. Y que desde ese día siempre espera al lotero para ver si su suerte se repite. No le gusta hablar de eso. Pero cuando le regalo un guachito se pone feliz y me agradece en secreto.

El abuelo me pide que le lea en voz alta una de mis columnas. Lo hago llena de expectativa, pero cuando termino mi relato, lo encuentro profundamente dormido, roncando. Más tarde me pide García Márquez, siempre le gustó Cien años de soledad y recordaba a Mauricio Babilonia y las mariposas amarillas. Después me pide que lea los obituarios y me dice que, si encuentro su nombre, me salte. Se ríe a carcajadas. Es curioso, pero a pesar de su ceguera el abuelo nunca tuvo la mirada perdida. Estaba fija en algo, no sé en qué, tal vez en sí mismo o en algún punto de su infancia o en el momento en que conoció a mi abuela. Era un viajero en el tiempo. Sus ojos estaban en los lugares de su mente. Y su mente siempre fue clara. El un ojo era café, como una canica perfecta, miraba directo, estaba en la Tierra; el otro era celeste o gris, o del color de los ojos de los bebés, o del color de los sueños o del olvido. El un ojo hacia la Tierra, el otro hacia el cielo.

Cuando supe de la enfermedad del abuelo yo estaba embarazada y pensé en mi papá, en el reloj de la vida dando la vuelta. Ahora mi padre es el abuelo, ahora el bisabuelo va hacia el cielo mientras mi hijo crece en la Tierra. Los dos conforman un árbol mítico, el árbol de la vida y de la muerte. Por eso pinté, en un lienzo pequeño, un árbol. Un jacarandá que me recordará siempre a mi abuelo y a su vida terrena, que llegó a su fin para empezar un viaje de vuelta hacia las estrellas, otra vez hacia el universo, y me recordará también a mi hijo, que empieza su vida en la Tierra. El suelo y el cielo. La vida y la tierra. El abuelo y el nieto.

 

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