El año de la muerte sin adiós
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El año de la muerte sin adiós

Foto: Shutterstock.

Guayaquil, la más poblada del país y la peor azotada por la coronavirus, se recuerda a sí misma a poco más de un año del comienzo de todo. En voces de distintos personajes cuyas vidas ya no serán las mismas, se construye una ciudad nueva con más y menos esperanzas.


“Siento que esto es una película de terror, que es una pesadilla de la cual no logro despertar. Ya no sé cómo sentirme ni qué pensar”. @JaelCarvajalS en Twitter (29 de marzo de 2020)

Por Gelitza Robles

El dedo índice de Jael Carvajal se desliza sobre la pantalla de su iPhone. Busca tuits, chats de WhatsApp, registros de llamadas, de videoconferencias, fotos, videos, lo que sirva para entender cómo un virus desconocido le arrebató, en marzo de 2020 y en menos de una semana, a sus abuelos paternos, a su papá y a su tío. Busca, pero no encuentra. O no quiere encontrar. Ha pasado un año.

El dedo deja de moverse y, por unos segundos, sus ojos se distraen en la vista panorámica de Guayaquil que le ofrece el enorme ventanal de su oficina. Está sola en el bufete que comparte con otros abogados en el edificio The Point, el más alto de la ciudad. Son las 18:30 de un jueves de febrero de 2021 y es de las pocas personas que quedan en el imponente tornillo que resalta al final del malecón Simón Bolívar. No le incomoda la soledad que hace un año la volvía loca, cuando, a través de su teléfono, se iba enterando de la muerte de cada uno de sus parientes.

Antes de recordar cómo empezó lo que describe como una pesadilla, sus ojos negros y meticulosamente maquillados hacen un paneo desde el manto marrón que es el río Guayas hasta las casas multicolores que trepan el cerro Santa Ana. Ese centro-norte porteño que se replica, como estandarte de la Perla de Pacífico, en las postales turísticas de la que fue una de las ciudades más golpeadas por la pandemia en todo el mundo. Hace una mueca que parece una sonrisa cuando mira su cuidad, que fue sinónimo de muerte en titulares extranjeros y en otros idiomas. Se desabotona el traje sastre azul eléctrico y se sienta en la cabecera de la larga mesa de reuniones, al pie del ventanal. No se despega del celular.

Minutos más tarde dirá que en ese marzo imborrable de 2020, no importaba si tenías plata o no; si estabas tan alto, como en The Point, o tan bajo, como en las casitas que desde su oficina se parecen a las del Monopoly. El virus y la pena se alojaban en lo que hallasen: en cuerpos enclenques o tan fornidos como el de su padre, y los derrotaba. Ella misma, libre del virus, pensó que estaba perdiendo la razón.

*

En el otro extremo de la ciudad, en el suroeste guayaco que no aparece en las postales, Miriam Villegas no corrió con la misma suerte. Desde que el coronavirus mató a su papá, Leovigildo Villegas, el 27 de marzo de 2020, y de que el sistema de salud extraviara su cadáver por seis meses, está atada a un tratamiento psiquiátrico para que su insomnio no la mate y la falta de apetito no le lacere el estómago. Le aterra volver a la casa que ambos compartían antes de la pandemia en un callejón del Batallón del Suburbio.

La vivienda, entre cuyas rejas se deja ver la basura que se acumula en las esquinas, se le hace enorme, solitaria y desgarradora. No quiere volver a ese lugar donde tantas veces escuchó la voz rasposa de su padre, que murió a los 94 años, pidiéndole que encuentren su cuerpo. “Yo lo soñaba. Primero me pedía que lo encuentre, luego, que ya lo dejara ahí”, musita la mujer, de 57 años, con los ojos rojos extraviados por el cansancio, sin más atavío que la hinchazón del llanto.

El padre de Miriam Villegas era su única compañía, por lo que su muerte dejó un vacío en su corazón. Foto: Annabell Verdezoto.

No recuerda cuántos meses ha pasado lejos de su hogar, refugiada en la casa de una de sus hijas, pero a pocos días de otro marzo que le recordará la ausencia de su papá, vuelve a dejar caer su cuerpo pesado sobre uno de los sofás verde aceituna de la amplia sala de paredes ocres. “Es la primera noche que voy a volver a dormir aquí”, reconoce antes de dejar que su hija, Mayra Mendoza, que se sienta junto a ella como para protegerla de las reminiscencias aplacadas por fármacos, cuente el horror al que fueron expuestas por el virus.

En marzo de 2020, y en Guayaquil, el zarpazo de la muerte unió al norte con el sur, al este con el oeste, y lanzó dardos cargados de dolor a los guayaquileños, sin importar dónde estuvieran o cuánto dinero tuvieran. Homologó la pena de Jael y de Miriam que, sin conocerse, recorrieron el primer año de la pandemia de la covid-19 con un grillete de rabia e incertidumbre alrededor de la garganta.

*


“Aún sigo pensando que todo esto es un mal sueño y que voy a despertar”. @JaelCarvajalS en Twitter (14 de abril de 2020)

Apenas se acomoda en la silla de su oficina, Jael empieza a tejer durante una hora, sin pausas y con una entereza envidiable, cómo el ininteligible SARS-CoV-2 desvió su vida. Es la víspera de un año que, medido en desconsuelo, parece un siglo y a ella la hizo lidiar con la reducción de su familia. Pasó de ser la joven independiente que solo veía por su bienestar a liderar, con la angustia a espaldas, los cuidados, ingresos hospitalarios, muertes y sepelios de sus familiares. Todo a punta de mensajes, llamadas y tuits. “Me di cuenta de que si no posteabas lo que ocurría en redes sociales, nadie te hacía caso. Las redes sociales se volvieron la cara de lo que las autoridades escondían”, dice mientras vuelve a scrollear en su celular.

Abre Twitter. En su cuenta hay uno o dos tuits por día desde mediados de marzo. La red social le sirvió como prontuario de su duelo embutido en las paredes de su casa, en la ciudadela Los Ceibos, en el norte de Guayaquil, donde pasó la cuarentena.

Su abuelo Manuel Carvajal, su papá Marco y su tío Michael dirigían el negocio familiar: una gasolinera en la vía a Daule. Cree que allí se contagiaron a inicios de marzo, cuando los síntomas de la covid-19 podían pasar como una gripe, una que los terminó dejando sin respiración y derivándolos, a ellos y a su abuela Eduviges, a tres hospitales distintos. “No había plata que valiera, simplemente no había camas, no te atendían”, se lamenta.

El 16 de marzo de 2020, una vez decretado el estado de excepción, Jael no los volvió a ver más. El 25, dos días después de haber sido internado en una clínica privada, falleció su abuelo. Y dos días más tarde gestionaba, otra vez a través de WhatsApp y de llamadas, el ingreso a terapia intensiva de su abuela y de su padre, ambos en el hospital público Teodoro Maldonado Carbo. “No dejaban que nos acercáramos al hospital. Ellos nos avisaban todo por teléfono. A mí me dijeron que mi papá había fallecido a través de un mensaje en WhatsApp, luego de que yo los llamara para tener noticias”. Abre el sistema de mensajería, pero no se atreve a leer el texto del médico.

Jael Salazar perdió a su papá, sus abuelos paternos y un tío durante los primeros días de la pandemia. Foto: Annabell Verdezoto.

Sus ojos brillan cuando habla de su padre. Pausa. No deja que se humedezcan. Su abuela y su padre se fueron casi al mismo tiempo, el 31 de marzo. Ella en la mañana, él en la tarde. Jael suspira. Evoca lo que, como broma, una vez Eduviges le dijo a su hijo que, si él se moría, ella se iba con él. Y así pasó, como una casualidad espeluznante. Todos separados, sin comunicación los unos con los otros, solos, aterrados. Ninguno recibió las noticias de sus ingresos a las casas de salud, pero Jael está convencida de que todos se fueron sabiendo que sus familiares se estaban muriendo.

Su dedo vuelve a moverse por la pantalla del iPhone. Lo levanta y se abre una fotografía en el chat de su papá, que conserva intacto. Hasta que Marco estuvo consciente, no hubo un solo instante en el que no se escribieran. Cada palabra del hombre, de cincuenta años, era una tortura para Jael. Estaba asustado, enojado, sin esperanzas. “Yo sé que me va a pasar lo mismo que a tu abuelo y sé que mi mamá se va a morir”, le escribió.

La imagen que Marco le había enviado era de la sala donde lo tenían: una típica habitación de hospital, de paredes blancas, con varias camas en fila, pero con el piso embarrado de sangre y pacientes. Trataba de convencer a su hija, que lo leía impotente, de que lo sacara de ese lugar que le daba miedo, porque cada cosa que veía, escuchaba o sentía lo acercaba a la muerte. Lo acercó. “Yo sé que los médicos hicieron un esfuerzo sobrehumano, pero hubo hospitales en los que terminaron de matar a los pacientes”, dice Jael, porque, para ella, el peso psicológico que tuvieron fue más letal que la propia enfermedad.

Jael daba vueltas en el laberinto que era su casa, sola, a veces no conseguía fuerzas para salir de la cama o levantar el celular. “Mis amigos pensaban que me iba a matar. Fue una tortura, cada que contestaba el teléfono era alguien que se moría”, dice. Prefirió no cruzar la puerta de entrada porque su hermana estaba embarazada y su mamá padece de hipertensión. Ya había perdido demasiado como para arriesgarlas. Ella se las arreglaría sola.


“La ansiedad me quiere comer viva”. @JaelCarvajalS en Twitter (29 de abril de 2020)

*

Aunque en el hogar de Miriam, donde solo vivían ella y Leovigildo, su padre, tampoco pusieron un pie afuera, el virus consiguió alojarse en el ya cansado cuerpo del hombre mayor. Cansado, pero lúcido, aclara Mayra, quien toma la posta para relatar la odisea que fue dar con el cadáver de su abuelo. Su mamá aún no está bien. Miriam interviene para precisar detalles que solo ella recuerda. Escucha y llora. “Fue un 26 (de marzo de 2020). Él estaba bien, pero de repente en la madrugada me llama y me dice que está cansado, que no puede respirar. Al día siguiente falleció”.

Mayra se levanta del sofá, hurga en unos cajones y regresa con una carpeta de plástico amarilla cargada de documentos. Esparce sobre la mesita de centro un montón de papeles con sellos de la Fiscalía, del INEC, de hospitales, de la Defensoría del Pueblo y del Instituto de Neurociencias, donde tratan a su mamá de sus ataques de pánico. También saca, con recelo, un portarretratos con la imagen de su abuelo, ataviado con ropa blanca y sentado en una silla. “Es la primera vez en un año que mi mamá vuelve a ver esta foto, no puede hacerlo porque se acuerda y se pone mal”, advierte Mayra.

La joven, de 34 años, rostro lavado y cola de caballo, también se aferra a su celular, como si fuera el único testigo del infortunio que vivieron y que, a ratos, hasta a ella misma le parece increíble. Si lo contase en otra época, en otro lugar, nadie le creería.

En ese aparato reprodujo más de veinticinco videos de cadáveres en descomposición que le pasaba a su WhatsApp el personal del Laboratorio de Criminalística y Ciencias Forenses de la Policía Nacional. Desde que a Leovigildo lo ingresaron al hospital Efraín Jurado López, también en el suburbio porteño, no lo volvieron a ver, al menos en fotos, hasta mediados de agosto de 2020. Su rostro ya era irreconocible pero, aunque su ropa estaba curtida por sangre seca y fluidos de otros cuerpos, el calentador gris que le pusieron antes de ser internado fue la clave para encontrarlo. “Eso quiere decir que ni siquiera lo asearon o le cambiaron de ropa en el hospital”, conjetura Mayra.

Pero para llegar a ese momento, pasaron meses de tortura. Mayra no solo cargaba el peso de tener que mirar detalles grotescos de personas que quedaron convertidas en fiambre, sin nombre, denigrados, confundidos, sino que a la par veía cómo la salud de su mamá se deterioraba sin sosiego. “A mi tío le dijeron que vaya cubierto (al hospital) porque tenía que meterse a la morgue a rebuscar entre muertos a mi abuelo”. Y fue, pero no lo encontró.

Mientras tanto Mayra trataba de hallar una bóveda dónde sepultarlo. La más barata costaba diez mil dólares en el Cementerio General. Entre las hermanas de Miriam recogieron el monto, pero el cadáver no aparecía. Cuando su tío regresó al hospital, le dijeron que se lo habían llevado para sepultarlo en una fosa común. Después, en los registros, aparecía como “entregado”, pero a otras personas. “A mi abuelito lo enterraron y lo tuvieron que exhumar porque se dieron cuenta de que el cadáver de esa familia estaba en un contenedor. Yo no sé si a ellos les avisaron”…

Seis meses después, el 8 de septiembre de 2020, recibieron a Leovigildo, y todos los planes para su sepultura cambiaron. Lo llevaron hasta Lascano, del cantón manabita Paján, donde descansa. Miriam creyó que con eso se acabarían su insomnio, su falta de apetito, sus ataques de ansiedad, sus dolores de cabeza, el pánico por las noches, pero no. Meses después cambió las citas con el psicólogo por un psiquiatra, con un tratamiento mensual de incontables pastillas que la tienen adormecida. Ella cree que ni siquiera fue por la muerte de su padre, sino por el trato cruel que recibió desde su ingreso en el hospital hasta su aparición. “Yo creo que ni a un animal lo tratan así como nos trataron”, dice. Al menos ya no escucha que su papá le reclama haberlo dejado botado en un hospital.

“Cuando llegué al hospital, una doctora se pasó el dedo índice por el cuello y me dijo que no tuviera esperanzas, que mi papá se iba a morir”.
Miriam Villegas (No tiene redes sociales)

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Jael, en cambio, no había tenido el valor de visitar la tumba de Marco, que fue colocado al azar en un nicho de Parques de la Paz, en la vía a Samborondón, hasta el día en que cumplió un año de fallecido. En parte, porque ni siquiera tiene la certeza de que el cadáver que está allí sepultado es el del hombre al que le celebró cincuenta años de vida el 18 de abril de 2019. Su última celebración juntos.

Luego de su muerte, tuvo que ponerse al frente del negocio familiar, de la salud de sus demás tías, que enfermaron también. Tuvo que hacerse cargo de su propia estabilidad emocional que, si no hubiera sido por su hermana menor, se habría resquebrajado. Un solo mensaje, pidiéndole que se cuidara porque ella no podría soportar que le pasara algo, le sirvió para guardar las lágrimas durante un año.

En este aniversario macabro vuelve a lidiar con el virus que enfermó a sus abuelos maternos en marzo de 2021. Los cuida con devoción. La historia no puede repetirse. No puede.

De niña, Jael aborrecía las exequias. No entendía por qué tenían que organizarse estos eventos fúnebres que, creía, acentuaban el dolor de la partida. Pero luego de once meses de la muerte de su papá, sus abuelos y su tío, añora esa forma de decir adiós que también le arrebató la pandemia. “Ahora entiendo que todo eso sirve para tener conciencia de la muerte. Todo se dio de manera siniestra”, dice, y presiona el botón para bloquear su iPhone.


“Hoy se cumple oficialmente un año de la tragedia de mi vida”.
“Lo único que puedo decir es que los llevo conmigo siempre”. @JaelCarvajalS en Twitter (30 de marzo de 2021)
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