El alero de las palomas sucias
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El alero de las palomas sucias

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Las inolvidables manchas de París

Por Huilo Ruales

París empezaba a las cinco de la mañana en la place de Pigalle, al pie de Montmartre. Allí me recogía una camioneta conducida por un portugués casi dormido para llevarme a Milly-la-Foret, el pueblo donde vivió Jean Cocteau y donde está el Château de la Bonde, en cuya atmósfera, supuestamente, se inspiró para la realización de su película de culto, La Bèlle et la Béte (La Bella y la Bestia). Claro que mi destino nada tenía que ver con esas exquisiteces, sino con un hospital recién construido, de cuyo nombre sí quiero acordarme aunque no lo consigo. Desde las siete hasta las dieciséis horas, con una espátula de acero sacaba manchas de pintura de las ventanas, cientos de ventanas, del conjunto de bloques que, en torno de un jardín con lago y bosque, era el flamante y gigantesco hospital. Dentro de un overol azul y cubierto media cara con una camiseta, combatía con las costras de cemento, adheridas al vidrio como garrapatas en ganado. Alberto, un colombiano prematuramente enjuto y semicalvo, era mi compañero de lucha. Con otra espátula que la empuñaba como cuchillo, pasaba las diez horas gateando a la caza de las manchas en el piso, el zócalo y los tubos del gas. Era como mi sombra que, según la cantidad y tenacidad de las manchas que debía raspar, a veces se distanciaba y en otras se acercaba, aunque jamás dejaba de hablarme. Como si su disco duro lo tuviese copado, sacaba automáticamente por la boca lo que le brotaba en la cabeza. Así me enteré de que su padre estuvo en las FARC y que murió en un combate con los paras. Que su madre, de viuda, pasó a compañera de un gorila al servicio de Uribe. Aunque, quién sabe si con aquel cabrón estuvo desde antes de que mi padre muriera, dice, acuchillando un racimo de manchas en el piso. Tenía nueve años, cuando su madre lo acarreó a vivir en el piso del matón, que la hundió en la coca, el whisky, la bacanal. Solía insultarle y hasta golpearle. Una vez, Alberto, impelido por los gritos e insultos, semiabrió la puerta de su dormitorio y vio que el matón borracho colocaba el cañón del revólver en la boca de su madre que estaba igualmente borracha. Casi gateando se escabulló hacia la cocina, tomó el cuchillo más grande y enfiló directo hacia el salón, hacia la mole de espaldas del matón. Mira, me dice, indicándome la enorme cicatriz que iba desde el gaznate hasta el pecho. En otras ocasiones, me contaba maravillas de su vida colombiana, que parecían no encajar con su azarosa infancia. Lo cierto es que se hallaba en París con el fin de estudiar CienciasPo, como los hijos de la izquierda burguesa de África y Latinoamérica. Solamente que yo no tengo un puto duro, pero lo voy a tener, decía, con un tono de venganza, mientras seguía gateando y acuchillando las malditas manchas de cemento.

A las diecisiete horas en punto, soltábamos la espátula, salíamos de los overoles, nos bañábamos con mucho jabón y, conducidos por el rubicundo portugués, llegábamos de vuelta a Pigalle. Alberto y su mochila se esfumaba casi sin despedirse, y yo, bajo el crepúsculo parisino, me encaminaba a la chambre de bonne compartida, el ventanal rodeado de techumbres, el desolador zureo de las palomas. Sentado en una colchoneta, bajo el lavabo, usando como mesa mi enorme maleta, cenaba un litro de leche glacial y una baguette entera untada de mantequilla. Después, me estiraba con un libro abierto y, al segundo siguiente, este se resbalaba sobre mi rostro y yo empezaba a dormir, como duermen los niños en el regazo materno. Como duermen los seres que no conocen el miedo. Y todo, porque en ese entonces, París y la vida, eran, de manera unánime, literatura pura.

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