El abrazo.
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El abrazo.

Por Milagros Aguirre.

ADN Montalvo E.

Edición 425 – octubre 2017.

Firma--Milagros--1Un hombre de origen musulmán se para en Las Ramblas de Barcelona con los brazos abiertos, a los días del atentado de agosto (2017) que cobró quince vidas y dejó decenas de heridos. Lleva un cartel en el que pide que lo abracen y comparte así su dolor con los deudos, luego de que una furgoneta se convirtiera en arma mortal.

Otro hombre, nacido en Barcelona, padre de un niño llamado Xavi de apenas tres años, que ha muerto en el mismo atentado, se dirige a una mezquita y abraza al imán de ese templo en un gesto máximo de ternura y conmoción. El abrazo cálido. El abrazo apretado. El abrazo del dolor compartido. El abrazo que es duelo. El abrazo que es despedida. El abrazo que consuela. Ese abrazo que nos eriza la piel. Ese abrazo que nos hace tan iguales. Ese abrazo que nos coloca a unos frente a otros despojándonos de toda diferencia. Ese abrazo apretado que une, que crea lazos. Ese abrazo que reconforta. Ese abrazo que calma el dolor. Ese abrazo que ayuda a perdonar o a comprender.

En diario El País de España aparecía una imagen del padre de uno de los niños utilizados para el terror en estos tiempos. La imagen era el rostro de la desolación. Ese hombre, esa familia, esos abuelos necesitan un abrazo y algo que les devuelva la sonrisa. Han llevado a sus niños a una guerra que no se comprende. Jovencitos que no pasan de los veintitrés años y han sido convencidos de que la muerte les llevará al paraíso. Niños que necesitan abrazos que ayuden a dejar a un lado el miedo.

Se antoja en este momento aparecer en mi memoria una acción que, por el Día de los Derechos Humanos, que es el 10 de diciembre, un grupo de amigos compartíamos en el parque central del Coca, ciudad amazónica donde los atropellos eran múltiples y donde se vivían muchas violencias entrelazadas y donde se cruzaban gentes provenientes de todos los abusos. Nada más reconfortante  que un abrazo. Mujeres que habían sido golpeadas se abrazaban. Gentes que habían huido de la frontera norte, y que encontraban refugio en ese lugar del mundo, se abrazaban. Los policías, tan parcos ellos, recibían el abrazo dejando a un lado su rígida parada de carceleros. La señora que vendía humitas
se emocionaba y se le hacían agüita los ojos y abrazaba fuerte y se iba moviendo el cuerpo, toda contenta. Al ver los brazos extendidos, la gente se enternecía y enseguida sonreía. Sí, como si el abrazo fuera la llave de la sonrisa.

Otra cosa sería este mundo si, en lugar de comprar armas, regaláramos abrazos; si cambiáramos la indiferencia por la sonrisa. Si conjugáramos, como dicen algunos, el verbo apapachar, que es una expresión en lengua náhuatl que significa “acariciar el alma”, otro cantar sería este mundo que está patas arriba.

El abrazo es gratis y su efecto no tiene precio. ¿Se animan?

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