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Efecto invernadero… ¿la culpa es de las vacas?

por Julia Gutiérrez

Diners 462 - noviembre 2020.

Fotografías: Shutterstock

La ganadería se encuentra entre las actividades humanas que producen más gases contaminantes. Sin embargo, no es la única pues existen otras acciones nocivas para el medioambiente cuyas consecuencias se podrían evitar con políticas de sostenibilidad y reciclaje.

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¿Nos preocupa el medioambiente? Seguro que nos gusta pensar que así es, pero no cabe duda de que no queremos renunciar a nuestras comodidades del mundo contemporáneo (a pesar de que sean contaminantes) y en cuanto tenemos la ocasión buscamos un culpable para achacarle responsabilidades. En el caso del calentamiento global, por ejemplo, se ha buscado un “cabeza de turco”, que es la ganadería.

En este sentido, ya desde hace tiempo se dice que el estiércol del ganado genera metano y, por lo tanto, es uno de los principales focos contaminantes. Sin embargo, durante el período de confinamiento que se ha llevado a cabo en el contexto de la pandemia por covid-19, la contaminación del ambiente ha disminuido, lo que pone en evidencia que otras muchas acciones del ser humano tienen consecuencias negativas que contribuyen al calentamiento global.

Es verdad que hay algo de cierto de ello pues, según Ecoembes, los expertos advierten que, en nuestro modo de producir y usar la energía y en el sistema alimentario actual, radica gran parte de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que producen el calentamiento global. Sin embargo, estos dos sectores incluyen muchas actividades cuyos efectos podemos evitar, apunta esta organización medioambiental que promueve la sostenibilidad y el reciclaje.

Para tener claro de qué hablamos, es bueno recordar que los GEI son los gases que están en la atmósfera y atrapan la radiación. Incluyen el dióxido de carbono (CO2), el óxido nitroso (N2O) y el metano (CH4), entre otros. A partir de la Revolución Industrial, la actividad humana ha causado el aumento de las concentraciones de GEI en el ambiente, y eso es lo que habitualmente denominamos calentamiento global.

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Desde que nos levantamos por la mañana hasta que nos vamos a dormir por la noche, el ser humano genera gases de efecto invernadero de una forma constante. La agricultura, la ganadería, la producción y el uso de la energía, el sistema alimentario, el transporte, los edificios, la industria y la gestión de los residuos, constituyen las mayores fuentes directas de emisión de CO2, según Ecoembes. Para contrarrestar sus secuelas, la única solución pasa por emitir menos y ser más responsables con el planeta.

Si nos centramos de nuevo en la ganadería, el escenario ideal sería llegar a un punto de huella de carbono neutro. En el Ecuador ese objetivo podría ser posible siempre y cuando la industria ganadera implementara sistemas e innovaciones tecnológicas para proteger el ambiente.

En nuestro país existen aproximadamente 270 mil productores ganaderos repartidos por todo el territorio, según los datos que maneja Rodrigo Gallegos, director ejecutivo del Centro de la Industria Láctea (CIL) del Ecuador. De ellos, 70 % son micro y pequeños productores y 23 % son medianos, mientras que tan solo 7 % son grandes productores. Alrededor de 1200000 personas dependen de la cadena láctea, prosigue Rodrigo Gallegos, quien asegura que las ventas del sector rondan los 1400 millones de dólares anuales, lo que representa 6 % del PIB agroalimentario.

En este país la huella de carbono correspondiente a la actividad ganadera “no está en un nivel neutro, pero verificando que más de 80 % de ganaderos son pequeños y medianos productores, el impacto que generan estas unidades productivas en cuanto a GEI es poco”, explica Fabián Jaramillo, gerente técnico para Latinoamérica de Eco Inventagri, una empresa ecuatoriana que ha focalizado la agroindustria, inocuidad y medioambiente como ejes de acción y crecimiento por medio de productos, tecnología y soporte técnico.

No obstante, “aunque el impacto sea mínimo, existe, y para ello hay soluciones efectivas, como los biodigestores”, asegura Fabián Jaramillo. Se trata de sistemas que constan de un tanque en el que se introducen los restos de comida, desechos orgánicos y estiércol. Con esta materia, las bacterias que están en su interior producirán gas para cocinar y también fertilizante verde, limpio y sano.

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La alta producción de residuos también favorece el calentamiento global. Cuantos más residuos produzcamos a diario, mayores serán los niveles de gas metano en el ambiente, un elemento que se genera durante la descomposición de materiales en los vertederos. Además, consumir de forma masiva supone una mayor demanda, con lo cual las industrias aumentarán sus niveles de producción y, por ende, los niveles de gases de efecto invernadero liberados a la atmósfera serán mayores. Fuente: www. oxfamintermon.org

En palabras de Jaramillo: “Ahora hay mucho interés en avanzar para convertir cada unidad productiva en sostenible, con la incorporación de este tipo de tecnologías, que pueden ser los biodigestores, el compostaje, cercas eléctricas con panel solar y las energías renovables, por citar algunos”. En este momento Eco Inventagri trabaja en colaboración con la Fundación Heifer, una oenegé de desarrollo rural. “Con ellos estamos haciendo un primer trabajo en las provincias de El Oro, Pichincha y Cotopaxi, para incorporar biodigestores compactos en las granjas de pequeños ganaderos”.

Según datos del Ministerio del Ambiente y Agua (MAAE), en el último documento publicado en 2012, las emisiones netas de GEI en el Ecuador superaron las ochenta mil toneladas. Para hacernos una idea eso es algo más de lo que pesa la zona de alta acumulación de residuos flotantes que en los últimos años se detectó en el Pacífico oriental (entre California y Hawái), denominado por los expertos Gran mancha de basura y conocido popularmente como la isla de plástico. De esa cifra, “aproximadamente el 8,3 % correspondería a emisiones provenientes de la ganadería (fermentación entérica y manejo del estiércol)”, explica Juan Merino, coordinador nacional del proyecto Ganadería Climáticamente Inteligente (GCI), de la FAO Ecuador, organismo perteneciente a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.

El dato del Ecuador es nada comparado con la cifra mundial de emisiones de GEI, que asciende a 7100 millones de toneladas métricas, de acuerdo con un estudio realizado por la FAO en 2017, cuyos resultados determinaron que aproximadamente 41 % de este valor corresponde a la producción de alimentos para los animales, incluyendo la expansión de tierras para cultivo, fabricación de pesticidas y fertilizantes, así como su procesamiento y transporte.

Dicho esto, si bien el Ecuador está muy lejos de esos niveles, es obvio que los datos sí son significativos, si pensamos en lo que sería deseable para proteger el medioambiente del planeta. Por ubicación geográfica, el principal emisor de GEI es China, que aglutina cerca del 27 % de las emisiones totales de estos gases. A continuación, Estados Unidos acapara el 13 % de las emisiones mundiales. Le siguen la Unión Europea e India, con 7 % del total en ambas regiones. Rusia cierra esta lista con 4,6 %, según datos obtenidos de elagoradiario.com, una publicación digital de las denominadas CIRC (Clasificación Integrada de Revistas Científicas).

Por su parte, América Latina y el Caribe apenas producen 5 % de las emisiones mundiales de GEI, según un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma). No obstante, “su contribución va en aumento, sobre todo por la imposición de las demandas impuestas por los sectores de la industria y del transporte”, señala este estudio.

En el marco del proyecto GCI se han implementado alrededor de una cuarentena de buenas prácticas, como aforo de potreros, pastoreo rotacional, manejo y renovación de pasturas, conservación de forrajes, manejo sanitario, establecimiento de silvopasturas, conservación y restauración de remanentes de bosque, gestión de excretas y residuos, riego parcelario y drenajes, entre las principales, argumenta Juan Merino. Cubrieron a más de mil productores y cuarenta mil hectáreas y, gracias a ello, se mejoró la productividad e ingresos en 16 % y se redujeron las emisiones de GEI en 26 %, confirma el coordinador de este proyecto.

Con ello “se demuestra que el país tiene la capacidad de mantener sistemas ganaderos eficientes productiva y ambientalmente hablando”, matiza Merino, y recuerda que “existen otras actividades que reportan un mayor nivel de emisiones, entre ellas el transporte por carretera y la generación de electricidad”, e insiste en que “durante la pandemia se tomaron medidas de confinamiento para reducir el potencial contagio entre la población, lo cual ha ocasionado una importante reducción en el tránsito vehicular, asociada a un descenso en el nivel de emisiones por uso de combustibles fósiles”.

Al menos en el Ecuador, los datos están a favor de la inocencia de las vacas y no tanto con la actividad humana, pues si bien todo lo anterior es válido en defensa de la actividad ganadera, no está de más escuchar a los expertos en salud y alimentación, pues el consumo de la carne no es santo de su devoción desde ya algún tiempo. En este sentido, la científica ecuatoriana Linda Guamán es tajante: “Hay que reducir el consumo de carne”, según declaraciones a EFE.

El argumento de esta ingeniera en Alimentos, con doctorado en Microbiología, se basa en lo siguiente: “La dieta estándar de las vacas ha sido siempre el pasto, pero el consumo de carne es cada vez mayor y de seguir así no habrá pasto con el que alimentarlas”. Además, en ello nos va el uso responsable de los recursos naturales del planeta: “La producción de un solo kilogramo de carne de vaca requiere unos diez mil litros de agua, mientras que para un kilo de lechuga se usan 600 litros”.

Guamán participa en un proyecto para desarrollar una plataforma biológica que servirá de “nariz artificial” para identificar los compuestos químicos presentes en la carne y de esta forma trasladarlos de manera idéntica a la carne vegetal. ¿El mundo se volverá vegetariano? El paladar del consumidor tiene la última palabra.

Cowspiracy

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El documental sobre la contaminación que ejerce la ganadería. Los cineastas Kip Andersen y Keegan Kuhn exploran los efectos del ganado en el ambiente. Cowspiracy sigue al protagonista a través de varias entrevistas a relacionadas de un modo u otro con la industria alimentaria y las asociaciones ecologistas. Plantea que el consumo de carne es uno de los mayores causantes de problemas de índole ambiental. Lo realmente interesante es que, a través de ese recorrido, se exponen de una manera muy visual y sencilla todos los problemas ambientales relacionados con el consumo de carne en Estados Unidos, pudiendo extrapolar estos problemas a otras regiones del mundo. Es un documental imprescindible para todo aquel que simpatice con temas de ecología, medioambiente, cuidado del planeta, alimentación y sustentabilidad, entre otros temas. Fuente: www.eco-huella.com

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