Un abismo de quince kilómetros
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Un abismo de quince kilómetros

Fotografías: Annabell Verdezoto.

La luz filtrada por las paredes de caña le encandila la cara. James ni pestañea. La tez morena del niño, de siete años, brilla con el sol que, afuera de su casa, tuesta las calles arcillosas de la 26 de Agosto, una cooperativa escondida en el ya recóndito Monte Sinaí.

Los 32 °C de esa mañana en el noroeste de Guayaquil convierten a la covacha —las paredes son mitad de caña y mitad de hojas de zinc— en un sauna. Es lunes, 2 de julio de 2021, y James no recibió clases bajo el árbol de guasmo que usualmente lo refresca con su sombra. Tiene que seguir la sesión por Zoom y el celular que usa está tan desgastado que, si lo desconecta del cargador, se apaga. Debe aguantar el vaho caliente dentro de la cabaña tres días por semana. Durante el resto de la semana, la lozanía del árbol le hace las tareas más fáciles.

El sudor le recorre la frente, pero tampoco lo siente. Está concentrado en lo que la maestra dice sobre los reptiles. Sus ojos van del libro al celular que está apoyado sobre un frasco de suplemento alimenticio. El aparato, que tiene los filos carcomidos y la pantalla cuarteada, está conectado a lo que queda de un enchufe remendado con cinta aislante de color negro, que resalta sobre una mesa redonda de madera que hace de comedor, de repisa y de escritorio.

Junto a James está Dennisse Toala Pérez, su tía, de diecisiete años. Ella lo asiste en las clases virtuales, mientras su hermana, Cindy, mamá del niño, trabaja. Ambos viven en esa casa que no es casa, sino una sola habitación de 5 x 3 que se inunda cuando llueve. Allí se apretujan dos muebles a los que se les ve la esponja (marrón añejo) en los reposabrazos y parte del respaldar, incontables tachos y canastos plásticos que sirven para guardar la ropa, y dos camas con dos colchones adicionales puestos uno encima de otro. En la noche, estos se distribuirán sobre el piso irregular de cemento para que duerman ellos y el resto de la familia: los dos padres de Dennisse, sus tres hermanos y Mathías, el hermano menor de James. Desde que empezó la pandemia, prefieren la sombra de los árboles para estudiar y hacer deberes, así al menos cambian de ambiente.

En Monte Sinaí, donde viven aproximadamente trescientas mil personas, los servicios básicos son irregulares o ilegales. Dennisse eventualmente se levanta de la silla y deja solo a James para ver si pasa el tanquero. Si llega a descuidarse, no se bañan.

Al salir de casa se encuentra con Mariela Pérez, su mamá. En el patio, afuera de la covacha, la señora coloca a diario una mesa y dos sillas más pequeñas para acompañar al inquieto Mathías, de seis años, que está en segundo de básica y usa una tableta que le compró su mamá. Cindy, la única con trabajo entre los ocho miembros de la familia, no quería que sus hijos pasaran lo mismo que la mayoría de familias en la zona, que tienen de dos a tres niños en edad escolar, pero un solo celular con el que, a punta de recargas de Internet, deben hacer maromas para recibir clases al mismo tiempo y con el mismo aparato. Para otros los teléfonos inteligentes son un lujo y la educación algo que hacían antes, no ahora.

*

Los niños continúan recibiendo las clases bajo la sombra de un árbol. La precariedad y los ofrecimientos incumplidos de las autoridades preocupan más que el implacable sol que tuesta las casas de ese sector del Monte Sinaí en Guayaquil.

A más de quince kilómetros de distancia de Monte Sinaí, en la puerta de ingreso al centro educativo trilingüe Alemán Humboldt, en la ciudadela Los Ceibos, durante la mañana del 3 de julio hubo más celulares que en toda la cuadra donde vive Dennisse. No los usaban los niños, sino los padres. Se apuraban a grabar videos, hacer selfis o fotos a sus hijos; ese día en la institución privada se empezaba a aplicar el protocolo del retorno progresivo a clases presenciales, anunciado por el Ministerio de Educación para junio de 2021. El Alemán fue uno de los 1301 planteles autorizados por el Comité de Operaciones de Emergencias (COE), de 5089 que lo solicitaron en el país.

En la entrada, los recibía una enfermera con un termómetro infrarrojo. Luego, una fila de maestros de sonrisas camufladas por las mascarillas los direccionaban hacia uno de los varios y amplios patios que tiene el colegio. Allí aguardaba Stephanie Robles a ocho de sus veintidós alumnos del tercero D de educación básica. Andreas Herzog, el director del plantel, se paseaba y saludaba a los niños que no se habían visto en ese lugar desde hace más de quince meses. Le adelantaba lo que luego los profesores explicarían en detalle en sus aulas: las nuevas normas a seguir dentro del plantel repleto de señalética colorida y pomos de alcohol en gel por doquier. La regla más difícil de acatar para los alumnos de Stephanie, que tienen entre siete y ocho años, es la de no acercarse ni abrazarse.

Herzog dice que los estudiantes habían sido divididos en dos grupos —A y B—, y que asistirán de manera alternada a clases semipresenciales para evitar la aglomeración. Ese era el primer día para el grupo de Stephanie, de veintiséis años y tres como profesora del Alemán. Jamás imaginó que la primera vez que tuviera que enseñar a leer y escribir fuese a través de la pantalla de una computadora. Así aprendieron sus niños, que revoloteaban incrédulos a su alrededor. “Tu pelo se ve distinto”, le dice una niña a su compañera en la formación, antes de subir al salón, mientras mueve sus deditos en el aire, simulando que la toca.

Joselyn, de siete años, es la primera en ingresar al aula, que triplica en tamaño a la covacha donde viven Dennisse y sus siete parientes. Uno a uno dejan su mochila de superhéroes y princesas en sus percheros: la clase de aquel día consistiría solamente en aprender las normas de bioseguridad sobre las que, desde aquel instante, tendrán que moverse dentro del colegio. Cada salón tiene un lavamanos instalado donde deberán limpiar sus manos, para luego hacer lo mismo con sus escritorios.

La hora del refrigerio a media mañana también será distinta. Nadie podrá compartir su comida, bebida o acercarse a conversar con sus compañeros. Para los pequeños, que estiran sus cuellos para ver qué hay en las loncheras de sus vecinos sentados a más de dos metros, todo es como un juego que les saca carcajadas. “Antes se me comían todo mi canguil”, bromea Joaquín de ocho años. Parece un juego, sí, pero ejecutado con una disciplina que enternece a la maestra. Tiene que explicarles por qué no pueden encender el split empotrado en el techo del salón. Hace calor, inusual para los pequeños que pueden prender el aire acondicionado, pero necesitan que el área esté ventilada y con las ventanas y puertas abiertas. Es uno de los requerimientos del COE para volver a la presencialidad.

—¿Prefieren esto o seguir en Zoom? —les pregunta Stephanie, acongojada—. Joselyn, instalada en el primer escritorio del lado izquierdo, levanta la mano y dice que prefiere que todo sea como antes.

*

En ese “antes” al que se refiere la niña, hubo 24 760 estudiantes del régimen Costa que, con la presencialidad, estaban matriculados y tenían acceso a la educación, pero que desertaron con la pandemia. En Monte Sinaí, más de 7500 niños, hasta junio de 2021, estaban en riesgo de abandono escolar. Eran más, recuerda Dennisse, sentada frente al árbol de guasmo en el que, desde marzo a octubre de 2020, asistió en sus estudios a más de cuarenta pequeños, de los cuales treinta no estaban estudiando o jamás habían asistido a la escuela.

En marzo de 2020, cuando empezó todo, Dennisse tenía dieciséis años y un iPhone que compró para poder terminar su bachillerato internacional. Al notar que la mayoría de esos niños la invitaban a jugar en horarios en los que sus sobrinos estaban en clases, decidió hacer con ellos un trueque: jugaría, pero a cambio, tenían que aprenderse los colores, las tablas de multiplicar o las letras. Lo que ella pudiera enseñarles.

Los reunía bajo el frondoso arbusto que crece en una planicie que está frente a su casa. La mayoría de las viviendas de la zona son monoambientes y es mucho más cómodo, y menos caluroso, seguir las clases grupales al aire libre para no terminar jadeando.

En ese tiempo no tenía Internet fijo, así que al principio ponía recargas solo para obtener las fichas pedagógicas de los niños que sí estaban en la escuela y las compartía con los demás, en cuyos hogares se lucha para comer y no mucho más. Este acto altruista, que a ratos parecía el juego de una niña “profe”, fue la semilla del proyecto municipal Educando en el Camino.

Como llegó a generar tanto interés en los infantes, cada mañana buscaba formas para adquirir mascarillas, que en abril de 2020 eran inaccesibles, para poder dar las clases en grupo sin temor al contagio. Pero no todo el tiempo podía. Era Internet o las mascarillas. Así las cosas, entre el terror de la gente que veía en las noticias que había cadáveres abandonados en las calles, algún asustadizo hizo una llamada al ECU 911 para delatar la aglomeración.

Esa mañana Dennisse y sus “alumnos” estuvieron rodeados de policías. No sabe quién la denunció, pero lo que pudo terminar mal se convirtió en una bendición. Al menos en un principio. Cuando los uniformados se enteraron de lo que en realidad estaba haciendo, avisaron a las autoridades y llegaron al lugar un sinnúmero de funcionarios del Municipio de Guayaquil, del Ministerio de Educación y de empresas privadas. Todos con ofrecimientos que pusieron a aplaudir y suspirar a la gente de Monte Sinaí. Promesas que se cumplieron a medias o no se cumplieron, según los vecinos. La deuda más grande es la construcción de una casa comunal donde los niños que no tenían acceso a Internet pudieran recibir las tutorías de las maestras contratadas por el municipio, que actualmente hacen el trabajo que Dennisse desarrolló, de forma voluntaria y gratuita, durante casi todo 2020. Esto último se ha cumplido y algunas tutoras, hasta julio, seguían usando los árboles para reunir a los niños y dar clases.

Una vez que llegaron las educadoras, Dennisse quedó fuera de su propia iniciativa. Sigue ayudando a sus sobrinos y a uno que otro niño del vecindario. Dice —aunque ella no ha pedido nada y no quiere nada— que, de entre todas esas promesas que le hicieron, figuraba una beca de estudios universitarios. Tampoco se cumplió. Incluso, le donaron una tableta que a su vez terminó regalando a una menor de edad de su sector a quien le hacía más falta que a ella, que ya se graduó del colegio. Les dieron mochilas e implementos de estudios a varios niños, pero les faltó cumplir el ofrecimiento del punto de Internet comunitario y los aparatos tecnológicos para quienes ahora están endeudados con celulares. Ni el Ministerio de Educación ni el Municipio de Guayaquil respondieron a las preguntas que hice al respecto.

Con la confirmación de la variante Delta de la covid-19 en Guayaquil, las esperanzas de que sus hijos regresen a las aulas se caen como las hojas del árbol de guasmo. En septiembre se quedará sin follaje y los niños de la 26 de Agosto sin sombra para estudiar.

*

El Colegio Alemán fue uno de los 1301 planteles autorizados por el Comité de Operaciones de Emergencias (COE), de 5089 que lo solicitaron en el país. El Ecuador vive el regreso a clases presenciales y con esto también el regreso a varias realidades que no han cambiado demasiado.

Gabriela Silva conoce esa sensación. Añora pasearse por los pupitres, moverse de un lado al otro cuando habla de literatura, o hasta que sus alumnos la vean llorar cuando pone la peli de Don Quijote. Mientras su compañera Stephanie y sus niños recorren las readecuadas instalaciones del Alemán Humboldt, la frau Gaby, como la llaman de cariño, busca el salón que, en unos días, acogerá a sus diecinueve “ahijados” del tercero E de bachillerato. Ese día la maestra, que tiene diez años en el colegio, aún no pasaba de lo virtual a lo físico.

Entra en el aula con los brazos y el corazón repletos. Volver al salón luego de más de un año, aunque estuviese vacío, la convierte en la niña que se escabullía en la biblioteca de su abuelo y miraba cada libro con la sonrisa de los enamorados. Les pidió a sus alumnos, que tienen entre dieciséis y dieciocho años, que le envíen fotos de cuando eran niños. Las imprimió y carga con las fotografías, tachuelas, cartulinas y demás materiales para decorar el aula que los recibirá en su último año colegial. Quiere sorprenderles cuando vuelvan. La profesora de literatura parece que baila de alegría con cada paso que la acerca a su escritorio.

Faltan treinta minutos para que empiece la clase con su otro grupo. Enseña en tercero E, C y segundo D de bachillerato. Aquella mañana daría las clases desde allí y no desde el comedor de su casa. Alista la webcam, programa el Zoom y, mientras espera, se levanta y toca el pizarrón táctil en el que no había garabateado en toda la pandemia; que la separó físicamente de sus estudiantes, pero la acercó a sus vidas, a sus hogares.

—A todos nos dejó lecciones. Hizo que las distancias lucieran abismales, sobre todo entre quienes tenían que escoger entre comer y estudiar —reflexiona aún de pie.

A ella, que vio cómo algunos alumnos en el Alemán Humboldt dejaban de estudiar por falta de dinero, la pandemia la hizo valorar más lo que es y lo que tiene. Nunca el amor por su profesión había latido tan fuerte. En medio del aula recuerda a su abuelo y su amor por los libros. Llora de alegría.

Si algo tiene que agradecerle a 2020 es que puso a muchos a reflexionar sobre lo que tuvieron, tienen y sobre aquello de lo que carecen. Está segura de que, cuando los alumnos puedan verse, trabajar en grupo o escuchar sus sonrisas desde sus bocas y no desde un parlante, se multiplicará el mérito de las cosas simples.

En el patio los niños de Stephanie han salido al recreo. Ella los mira jugar por primera vez en más de un año. Corren, ríen, toman agua y, cuando creen que nadie los ve, se acercan y extienden los brazos. —Oye, pero la profe dice que no nos podemos abrazar —le advierte uno al otro que le contesta—: Ya sé, pero es solo un ratito.

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