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Mundo Diners al día

“El valor de la Mundo Diners está en la pasión”

por Gabriel Flores Flores

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Francisco Febres Cordero fue director de Mundo Diners por más de 15 años.

Uno de esos apasionados es Francisco ‘Pájaro’ Febres Cordero, director de Mundo Diners por más de 15 años. En esta entrevista habla sobre sus “aletazos” como cronista y editor. 

¿Cómo se vinculó a Mundo Diners? ¿El destino lo trajo hasta la revista? 

Curiosamente escribí en la revista desde el primer número. Por circunstancias de la vida, me separé unos años y luego regresé para seguir colaborando en las dos facetas que a mí más me interesaban, la crónica y la entrevista. Hasta que hace unos 15 años tuve la propuesta de dirigir la revista y me pareció un reto lindísimo y acepté. Ahí comencé a caminar, para mí, en esa nueva etapa como editor. 

¿Algún texto de esa etapa de cronista que se le venga a la memoria?

La entrevista que le hice a Atahualpa Yupanqui, en el Hotel Chalet Suisse. Cuando llegué me encontré con una persona totalmente irascible, que despotricaba contra un grupo de argentinos que estaban vestidos de gauchos. El viejo estaba cabreadísimo porque decía que parecían disfrazados. Fue tortuoso y difícil esperar a que se tranquilizara y aceptara sentarse para conversar. La entrevista comenzó muy áspera y dura, además sentía cierto rechazo de su parte. Yo estaba absolutamente desconcertado y desencantado, porque lo admiraba muchísimo. En ese momento no tenía mayor esperanza de que la entrevista saliera bien, pero me la encontré hace un tiempo, en medio de otros papeles, y fue una sorpresa, a tal punto que seguí buscando textos antiguos y ahora voy a publicar un libro.

¿Le costó pasar de escritor a editor?

Siempre cuesta; como editor dejas de hacer lo que más te gusta, que es escribir. Te conviertes en una persona que piensa en los textos con distancia, para poder juzgarlos. Acostumbrarme a ese ritmo me costó. Encontrarme al frente de una revista que siempre había admirado y querido me pareció una responsabilidad que iba a rebasar mis capacidades, pero hice la lucha y fui adaptándome a la manera de ser de la revista, haciendo cambios lentos, dando giros quizás novedosos o inesperados. 

¿En ese juzgar los textos, el editor se convierte en una especie de abogado del diablo?

El periodista hace lo que tiene que hacer y dice lo que tiene que decir y, a veces, lo hace de una manera que es ingrata para los lectores. El editor, más que abogado del diablo es abogado de los lectores. Es la persona que establece un balance para que la revista tenga sorpresas y sea un permanente juego para el lector, un atractivo rompecabezas.

Cuando conversé con María Fernanda Ampuero me dijo que uno de sus aciertos como editor fue dar espacio a cronistas jóvenes, sobre todo de la Costa. 

Estaba convencido de que había que renovar la revista, que tenía que haber nuevas voces, otras maneras de sentir, de concebir el mundo; y para eso teníamos que encontrar gente joven, para involucrarla en la revista con otras propuestas, con una manera distinta de escribir. Esa necesidad de tener un recambio hizo que incorporáramos a Juan Fernando Andrade, que luego fue Editor Adjunto. Él se convirtió en una especie de puente entre las viejas y las nuevas generaciones. Creo que eso fue una conquista. 

Dicen que la edición es el principio de un texto. 

No siempre. Yo, que he trabajado desde el paleolítico temprano en el periodismo, puedo dar fe de que antes te encontrabas con editores que te cambiaban todo y te botaban el texto, y como autor no tenías más que aceptar eso. Aprendí de lo malo que puede ser un editor y no quise caer en esa dictadura.

El editor tiene que trabajar en conjunto con el autor. A veces te llegan textos impecables y a veces, textos farragosos, también están los textos que yo llamo esotéricos, esos que no se sabe adónde van; entonces, ahí el trabajo con el periodista tiene que ser de mutua colaboración. A veces es difícil, por esas pequeñas vanidades de los seres humanos. Trabajar con colaboradores que consideran que tus juicios son válidos es muy lindo.

Usted venía del mundo de las artes escénicas. ¿Puede pensar en alguna relación entre el teatro y la edición? 

Para el teatrero el ensayo es una forma de ir puliendo la obra. En la edición pasa lo mismo, uno va puliendo el texto. Ahorita caigo en cuenta que el trabajo de teatrero me sirvió en mi etapa de editor. 

¿Con qué compararía al trabajo de edición?

Con la escultura. Tú tienes el barro, el mármol o la piedra y los vas puliendo hasta darle una forma, unos gestos. En el caso de la piedra, con el cincel vas quitando las aristas que te molestan y das forma a la figura que quieres construir; lo mismo pasa en la edición. Hay que ser consciente de que en un texto cada palabra pesa y que cada signo de puntuación pesa. Todo tiene que ser cincelado con amor, con delicadeza y con pasión. 

¿El ego es enemigo de la edición?

El ego es enemigo de todo. Es el peor invento. El ego es un demonio, no solo en la edición. No sé quién contaba que cada mañana Clemente Yerovi se veía en el espejo, cuando era presidente interino de Ecuador, y decía: "¡Yo no soy más que este pobre pendejo que está ahí!". Algo así me pasa a mí. Creo que el ser humano todos los días tiene que darse una ducha de humildad, para quitarse esa vanidad y esa cosa horrible que es el ego. Es algo que tienen que hacer no solo los editores sino los autores de los textos. 

¿Hay mucha vanidad en el periodismo ecuatoriano?

Sí, como en todo y uno tiene que luchar contra esas vanidades. A veces el autor piensa que lo que entrega es absolutamente genial, y su ego no le permite ver las fisuras del texto. El editor está para hacerle ver que eso, que a su juicio es una genialidad, no lo es tanto. 

Por lo general, las revistas duran unos cuantos números y desaparecen. Mundo Diners celebra su edición 500, ¿dónde radica su valor? 

Creo que el valor de Mundo Diners está en la pasión. Nació por la pasión de Fidel Egas de darle al país una revista distinta, en la que se hablara de arte y cultura. Después vino la pasión de la gente que fue haciendo la revista, primero trimestralmente, luego bimensualmente y después mensualmente. Nadie se quedó chapoteando en glorias pasadas, cada número se ha convertido en un reto para superar al anterior y eso no es posible ni por sueldo ni por egos, sino por pasión. Eso ha hecho que la gente se habitúe a tenerla en sus manos, a verla en la peluquería o en la gerencia de alguna institución.

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Acerca de Gabriel Flores Flores

Periodista. Máster en Literatura Hispanoamericana y Ecuatoriana y Licenciado en Comunicación Social. Pasé por las redacciones del HOY y El Comercio. También fui librero. Desde hace más de una década escribo sobre literatura, teatro, cine, arte, series de televisión, gastronomía y coyuntura cultural.
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