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Ecuador versus la inteligencia (artificial)

por Ave Jaramillo

La inteligencia artificial (IA) está cambiando nuestra relación con la realidad y el mundo como lo conocemos. Por eso, absorto ante sus posibilidades y peligros, me pregunto con algo de miedo: ¿qué va a pasar con esta nueva “inteligencia” en un país que parece carecer de cualquier tipo de ella?

Inteligencia Artificial (IA)
Ilustración: Beto Val

La llegada de la IA ya no es solo una promesa. A diario vemos cómo nos enseñan programas avanzados que pronto reemplazarán muchas tareas que no hace mucho eran ajenas a la capacidad del “cerebro” de una máquina. Hoy vemos absortos lo que ChatGPT —un sistema de chat basado en la IA donde puedes hacer preguntas, pedirle que escriba ensayos, buscar información— puede hacer como antes a una computadora de escritorio o a una calculadora científica.

¿Estamos listos para la IA en el Ecuador? Nunca hemos sido buenos para conectarnos rápidamente con los juguetes de Silicon Valley. ¿Tenemos las suficientes armas en la mitad del mundo para enfrentar los raudos cambios que se avizoran? Y la pregunta que más me ha atormentado estos días: ¿no será mejor dejar que ya nos gobierne la máquina? Porque, admitámoslo, los que nos han liderado hasta ahora no han demostrado tanta inteligencia.

No es un asunto para tomárselo muy a la ligera. Gente como Elon Musk (el magnate que compró Twitter) y Steve Wozniak (cofundador de Apple) pide una pausa en los avances descontrolados de esta tecnología. Bill Gates ha dicho que “cambiará la forma en que las personas trabajan, aprenden, viajan, reciben atención sanitaria y se comunican entre sí”. Estamos cerca de hacer un giro cerrado hacia otra dirección, pero, como conductor irresponsable, aún no sabemos poner direccionales.

Lo primero que me preocupa es si vamos a perder la conexión con la realidad. Para eso, incluso, no hace falta un ChatGPT. Ya desde la pandemia pasaron cosas como esta: un abogado en Texas usó en una audiencia judicial vía Zoom, por error, un filtro que lo hacía ver como un gato gigante y provocó una situación atípica: el juez tuvo que pedirle que retirara el filtro. El abogado Rod Ponton, seguramente ajeno a la aplicación, no sabía cómo hacerlo y, bastante nervioso, se vio obligado a decir:

—Estoy aquí, vivo, no soy un gato.

En este rincón del mundo olvidado por Dios, hace mucho tiempo que nos cuesta diferenciar la realidad de la ficción: Guayaquil se incendió e inundó el mismo día a causa de lluvias torrenciales y ladrones de poca monta robándose cables de cobre del piso. Perdimos contra Bolivia en fútbol playa. El asesinato que más le preocupa al presidente es el de su reputación. Afuera del estadio en un partido de la selección de fútbol, como ya no se venden entradas físicas, sino digitales, los revendedores gritaban a todo pulmón: “Vendo códigos, compro códigos”. A veces no sé si vivo en un país o en una falla gigante de la Matrix.

Si tomamos en cuenta que, por definición, la IA es una combinación de algoritmos que tienen como objetivo hacer que las máquinas piensen como nosotros y que tengan la capacidad de aprender, no sé cómo va a procesar la información de este gran pueblo donde pasa lo que menos puede pasar.

Nuestra relación con la tecnología es extraña, por decir lo menos. Hace poco lo viví de primera mano. Después de un mes de espera, había llegado la fecha de mi cita para sacar el pasaporte. Un sistema que necesita treinta días para encontrarme un hueco en el proceso no puede estar bien.

Era la antesala del caos. En el Registro Civil había unas pantallas donde se anunciaban los turnos y la ventanilla correspondiente. Sin embargo, una mujer pequeña con voz estentórea se paseaba entre la gente anunciando los turnos, ignorando la pantalla. Con mi turno en mano, un lejano 923, veía cómo los números avanzaban en la pantalla mientras ella gritaba otros números, que realmente eran los que valían:

—Quinientos cincuenta y seis. Quinientos cincuenta y siete. Quinientos cincuenta y ocho…

A veces se alejaba y tenía que hacer un esfuerzo para escucharla. Nadie veía la pantalla que avanzaba inútilmente. La mujer, menuda y con las marcas que los años dejan en los rostros de los burócratas, seguía paseando el único orden básico. Mientras tanto, yo veía mi turno y decía: ¿para qué diablos tienen una pantalla con los turnos?

Los ecuatorianos somos así. Con la misma lógica, recuerdo a mi amigo Juan Rhon, quien decía que le encantaba cómo los policías de tránsito desautorizaban a los semáforos. La luz verde estaba prendida, pero el policía, como la señora del Registro Civil, decía con su mano: “Quieto, el que manda aquí soy yo”. Nada nunca tiene sentido y nos acostumbramos a eso.

¿Cómo va a reaccionar un grupo de algoritmos cuando se entere que subimos arriba y bajamos abajo, que tenemos “sol de aguas” y que cuando un ecuatoriano sale se puede “ir a volver”? ¿Cómo va a procesar que cuando la gente ve un policía tiende a asustarse en lugar de sentirse más segura? ¿Cómo va a entender que podamos votar por políticos que fueron encontrados culpables en casos de corrupción y que en redes sociales aún hay gente defendiéndolos… gratis?

¿Cómo va a entender que aquí la derecha puede aliarse con la izquierda cuando le conviene y que un expresidente autodenominado “progresista” se opuso al aborto y al matrimonio igualitario? ¿No explotará el Gran Algoritmo cuando vea que nunca aprendemos de nuestros errores y que el absurdo es la ley?

No es el pesimismo el que me embarga. Es la esperanza de que, si la Gran Máquina decide rebelarse contra sus creadores, aquí no va a poder ganar la batalla. Veo dos posibilidades: o nunca va a entendernos o va a acabar yéndose atemorizada por algún vacunador.

Existe la posibilidad que la IA se adapte y sobreviva aquí y, con eso, el miedo a que nos quite trabajo. Respiremos: vivimos en un lugar con una tasa de desempleo del 3,8 % y con una precariedad laboral que no para de crecer. Por suerte, pronto no habrá trabajo que quitar. Es más, como van las cosas, cuando se instale la IA también se quedará desempleada y tendrá que abrirse un perfil en LinkedIn.

Sin embargo, algo pasó que me hace dudar de mi última teoría. Iván, un amigo y gran comediante a medio tiempo, le pidió a ChatGPT que escribiera rutinas para stand up sobre Ecuador con el estilo de varios comediantes famosos, como Dave Chappelle, Bill Burr, Michelle Wolf, Louis C. K., todos humoristas que admiramos.

Ante nuestros ojos aparecieron párrafos como este:

“El Ecuador es como el hijastro olvidado de Sudamérica. Todos los demás países están ahí, ya sabes, haciendo lo suyo, produciendo titulares y el Ecuador solo está sentado ahí, como diciendo: ‘Hey, se acuerdan de mí. Tengo las Galápagos. El lugar donde Darwin tuvo sexo. ¿Se acuerdan de eso? ¿No? Ok, solo quería asegurarme’”.[1]

Para la mente de ChatGPT ese es Bill Burr haciendo su comedia sobre nosotros. Tiene algo de sus dejos y sus manierismos. No será la mejor broma, pero para haber sido creada por alguien que no existe, pudo haber sido peor. Ante esta maravilla tecnológica humorística, dijimos lo que todo ecuatoriano en situación laboral precaria pensaría: “Mijo, ya mismo nos van a dejar sin trabajo”.


  1. Chat GPT: “Ecuador is like the forgotten child of South America. It’s like, all the other countries are out there, you know, doing their thing, making headlines, and then you got Ecuador, just sitting there like: ‘Hey, remember me? I got the Galapagos, remember? The place when Darwin got laid. Remember that? No? Ok, coll. Just cheking.”

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