
Diciembre, 2021. Gabriela tiene quince años. Los cumplió en octubre. La conozco desde que tiene doce, en agosto de 2019. Luego de casi tres años escucho su voz estridente, por primera vez en oraciones completas. Sus respuestas, cuando era una niña, se limitaban a quejidos lánguidos, apáticos y monosílabos. Aunque se ha acostumbrado a mi presencia, frunce el ceño y me escanea de abajo arriba antes de abrir la boca.
Son las once de la mañana y está sentada al comedor copado por útiles escolares. Mariana, su mamá, la despertó hace solo un momento.
—Allí, donde la ve, durmió porque consumió. Cuando anda en abstinencia no come ni duerme. Verá que deja todo el desayuno. Esa droga les quita el hambre —me advierte la señora mientras le entrega a Gabriela una taza de leche y un mendrugo de pan. Ella los agarra de mala cara, pero lo agarra—. Recostada en la silla, se ve más flaca de lo que es. El pelo largo, castaño y enmarañado le tapa el rostro moreno e infantil; no parece una adolescente, más bien una niña a punto de hacer un berrinche.
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