Dos voces ecuatorianas en el Teatro Colón
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Dos voces ecuatorianas en el Teatro Colón

Laura Borja es la segunda cantante lírica transgénero que forma parte del Coro Estable
del Teatro Colón de Buenos Aires. Foto: Pía Olaciregui.

Las ecuatorianas Lídice Robinson y Laura Borja integran la nómina de cantantes de ópera extranjeros del Coro Estable del Teatro Colón de Buenos Aires, el mayor escenario argentino y, dicen muchos, el mejor teatro para canto lírico del mundo.

Por Daniela Mejía Alarcón

El día a día en la vida de un cantante lírico es como el de un atleta olímpico. Hay que entrenar, estar preparado, cual en sus marcas, listos, fuera; y la imposibilidad de cantar se asemeja a la que se podría pensar que sentiría un nadador sin piscina o pretendiendo nadar en una piscina vacía. Son sus comparaciones. Lídice Robinson y Laura Borja llevan un año sin pisar el escenario del histórico teatro inaugurado en 1857, aunque en un edificio que no es el actual de características eclécticas. Llevan un año sin pisar el escenario del Teatro Colón de Buenos Aires porque todavía no han sido convocadas para volver, pese a que el pasado 5 de marzo el Colón reabrió sus puertas para celebrar el centenario del nacimiento de Astor Piazzolla después de un 2020 sin actividad por la pandemia.

Ambas han mantenido sus puestos laborales, aunque llevan un año sin pisar al que Lídice nombra como un templo, un lugar en cuyos exteriores llega incluso a conmoverse casi al borde de las lágrimas durante la sesión de fotos el segundo domingo de marzo, mientras el que es uno de los mejores teatros de ópera del mundo recibe de vuelta, bajo un protocolo de bioseguridad, a quienes a través de una visita guiada ansían conocer la obra que empezó el arquitecto italiano Francisco Tamburini. En medio de un panorama nacional y global tan adverso, Lídice y Laura han cobrado su salario mes a mes porque compitieron y ganaron concursos internos de la institución y, por eso, desde hace casi una década (Lídice hace siete años, aunque tuvo participaciones eventuales previas; Laura, ocho solo en su segundo período, el primero fue a fines de los ochenta), están formalmente en la nómina de los 106 coreutas que integran el Coro Estable del Teatro Colón.

Ambas nacieron en Quito y no solo comparten la nacionalidad, la profesión de cantante de ópera y el lugar de trabajo. También una hija, de siete, aunque ya no un vínculo como pareja sentimental. Tampoco la tesitura de la voz. Lídice es mezzosoprano; Laura, tenor. Aunque al nacer sus padres la llamaron Juan, ella hace unos años —no precisa cuántos, se confiesa mala para las fechas— decidió cambiar su identidad de género, mas no su identidad vocal, algo que sí hizo María Castillo de Lima, integrante, igual que ellas, del Coro Estable del Teatro Colón y la primera soprano trans del primer coliseo argentino.

Fue Castillo de Lima, otrora tenor, la que con el paso que dio allanó el camino de Laura. “Un poco fue como que me inspiró”, relata la tarde del segundo jueves de marzo en el restaurante del Museo Evita, en Palermo, donde es habitué. Al caminar con Laura por el barrio donde vive, la experiencia de reconocimiento es similar. La detienen para un saludo, una charla breve y ella también pausa para acariciar el lomo del perro inquieto de una conocida con la que se cruza en una esquina que vibra los últimos días del verano en Buenos Aires.

Laura dice que si bien la transición de Castillo de Lima la motivó a hacer la suya, su proceso “no fue tan rápido”. “Siempre estaba el asunto de, claro, estoy tratando de perseguir una carrera en la que es difícil ser aceptada de esta manera, pero le comentaba a mi mejor amiga lo que me pasaba y fue ella quien me alentó, en realidad. Me dijo: bueno, ya sos estable en el Colón, ¿qué es lo peor que te puede pasar? ¿Te van a echar? No te van a echar, ¿entonces? Vas a sentirte mejor contigo misma”. Ya Laura había ganado, al igual que Lídice, el concurso de estabilidad para formar parte de la planta permanente del Coro, en el que Laura estuvo previamente en 1987 y después de nuevo en 2010. “Gané el concurso y desde 2013 estoy en una situación estable, entonces, claro, los riesgos bajaron tremendamente”, refiere sobre ese momento de su vida. Y así fue como se convirtió en la segunda cantante lírica transgénero del Teatro Colón, “pero seguro tampoco la última”.

“Lo que estoy viviendo era imposible hace veinte años, ni hablemos de treinta ni de cuando yo empecé”, sostiene y repara en que al fin “se está abriendo la mente de las personas a comprender” y a “cambiar los paradigmas”. Cuenta que en el Colón su cambio no sorprendió. “A nadie le asombró. Fue más bien, por fin, ya era hora. Es muy diferente el ambiente de la ópera del lado del público que del lado de los artistas, que tienen una mentalidad más abierta y, además, hubo una cosa importante en el Teatro que es un cambio de generaciones. La generación con la que yo entré prácticamente no está más y esas sí eran personas de otra mentalidad, más tradicionales, más cuadradas. Y está bien, es el mundo en que crecieron. Ahora hay una generación más joven que tiene una mentalidad de más apertura. Se ve en los medios, las redes sociales, una realidad en la cual finalmente estamos reconociendo que tal vez los roles de género están un poquito obsoletos”.

Heredar la voz, pero luchar por lo que se quiere

Lídice Robinson y Laura Borja llegaron juntas a Buenos Aires en 2005. En abril cumplieron dieciséis años de residencia en la capital argentina, donde las puertas se les abrieron porque ellas no dejaron de tocarlas. Eso les hizo posible consolidar en un país ajeno al suyo sus carreras líricas: la preparación, el esfuerzo y el talento. Ambas dicen haber heredado de uno de sus padres la voz que las mueve por la vida. Lídice de su madre; Laura de su padre. “Si bien desde muy niña cantaba música popular, que era lo que había aprendido de mi madre, llegó un punto en el que pude ingresar al conservatorio y empezar mi formación como música, alternando eso sí, con la educación académica general”, recuerda Lídice, que se mueve con la soltura y liviandad de una bailarina y posa ante la cámara segura y con la ilusión de una pequeña niña que está feliz.

Lídice Robinson es una de las dos voces ecuatorianas que suenan en el universo del canto lírico en Argentina. Foto: Pía Olaciregui.

Laura, por su parte, cuenta que su papá “tenía una maravillosa voz, pero de afición”. “Él cantaba en las reuniones y la leyenda de la familia afirmaba que mi abuela había sido una gran pianista”. Pero de eso a que se hayan convertido en las profesionales que son pasaron muchas cosas. Lídice fue empleada doméstica y tuvo más dificultades que Laura para poder llevar adelante su preparación. “Aunque fue por el canto que a los catorce años entré al conservatorio, era muy joven para empezar a estudiar formalmente canto, así que me sentí atraída por el piano y ya me veía dando conciertos por todo el mundo, pero había un detalle: no tenía instrumento y carecía de la posibilidad de adquirir uno. Desde los doce años trabajaba de lo que se dice acá mucama. En cuanto cumplí los quince tuve mi primera clase de canto con el maestro Guido Cedeño”, cuenta.

En el caso de Laura, el violín fue la atracción inicial. Ella tuvo como primeros maestros al autor y compositor ecuatoriano Perico Echeverría, y a la soprano chilena, Blanca Hauser. También distintos fueron sus referentes. Laura se adentró al universo musical, incluso antes de tomar clases, con discos de música clásica que su padre le compraba a su madre “para halagarla”. “Descubrí que no es que gritaban como locos, sino que seguían una historia y eso me enamoró. Esa era toda la información que yo necesitaba saber, que hay una historia y encima con música. Mi ejemplo fueron las óperas. Después ya comencé a descubrir a los grandes cantantes. Plácido Domingo estaba en todo su apogeo y un amigo me introdujo a María Callas y fue el acabose”.

Lídice seguía con su oído a cantantes populares como Rafael, Isabel Pantoja, Ana Torroja o Jorge Negrete. “Ya en lo lírico y conforme fui adentrándome en el canto académico, tenía como referentes a mis compañeras más avanzadas y a quien años más tarde sería mi maestra hasta terminar el conservatorio: Nancy Yánez. En su clase empecé a conocer y escuchar de la soprano italiana Renata Tebaldi y yo quería ser como ella, puesto que se pensaba entonces que yo era soprano (luego se ubicó como mezzosoprano)”.

Espíritu de atletas

Tanto Lídice como Laura utilizan la figura del atleta para explicar cómo es la vida de un cantante de ópera en cuanto a cuidados, rutinas, preparación. Y también lo que ha implicado para ellas no estar en el Teatro a causa de la pandemia. “Es como cuando a un atleta, un nadador, se le cierran todas las piscinas. ¿Qué le pasa a su cuerpo? Nuestro instrumento se resiente porque es un músculo que no está en training y la calidad se puede ver afectada”, asegura Lídice. Lo que hizo ella para evitar cualquier deterioro: “Tuve que practicar en casa, darme clases yo misma”.

En este sentido, Laura explica que “la voz es un atributo físico y exige un nivel altísimo en el caso de la lírica”. “Se parece a un atleta de alto rendimiento. Un atleta de alto rendimiento a nivel olímpico se tiene que cuidar. Hay cantantes que fuman, sí; que no cuidan lo que comen, pero mientras mejor esté tu cuerpo, mejor va a responder tu instrumento porque tu instrumento, de última, es tu cuerpo”.

Ópera: Argentina vs. Ecuador

También las dos aportan su mirada sobre el panorama del canto lírico ecuatoriano y argentino. Lídice dice que siempre ha pensado que “en lo que se refiere al arte lírico, al Ecuador le faltó tradición operística”. “Hoy por hoy que la tecnología pone al alcance de todos referentes, herramientas, la cuestión debería ser más sencilla, pero el obstáculo más grande es la ausencia de una política cultural que contemple al artista como un ente generador de ingresos y cuidarlo desde allí, con seguro, jubilación, plan de salud, leyes laborales, todo con lo que pueda sostenerse a sí mismo y a su familia”. Eso es algo que ellas sí tienen en el Teatro Colón, que es municipal.

Laura no da muchos nombres, pero considera que en el Ecuador hay cantantes con una “calidad altísima” y destaca el trabajo que ha venido realizando en Guayaquil el maestro, cantante lírico, pianista y director Freddy Torres. “El tipo es un luchador que ha conseguido desde hace treinta años venir sosteniendo una actividad con cantantes locales”. Ahí, dice, está la diferencia entre ambos países. “No puedes esperar que te visiten compañías extranjeras, tiene que haber algo nacional, como es acá. En Argentina existe la lírica porque existe gente aquí que lo hace”, sostiene.

La tradición lírica argentina se remonta a la época de la Independencia, al siglo XIX. “El propio San Martín era amigo de (Gioachino) Rossini”, cuenta Laura, que domina la teoría sobre este pedazo de la partitura de su vida. Investigaciones sobre la ópera en Argentina de universidades como la Nacional de La Pampa y la Nacional de La Plata atribuyen al arribo de músicos y cantantes italianos (inmigración europea) que este género de música teatral comenzara a cobrar popularidad y destacan que la esfera política impulsó y promocionó, en particular, la cultura musical, tanto que ya para fines del siglo XIX y principios del XX había en Buenos Aires no menos de siete salas de ópera.

“Los italianos, además, tenían la mejor acústica que existía porque descubrieron cómo hacerla perfectamente”, dice Laura. Es otra parte de su legado que quedó impregnado en el Colón, cuyo diseño acústico, precisamente, lo ha convertido en el mejor teatro para canto lírico que hay a nivel mundial. “Yo he ido a varios de los famosos teatros del mundo, al Metropolitan (Estados Unidos), la Ópera de Viena (Austria), el Liceo de Barcelona (España), La Scala (Italia). Los conozco de primera mano, entonces, si yo comparo, no conozco ningún teatro que supere al Colón en acústica”, añade Laura, para quien “es un motivo de orgullo ser parte de una tradición de tan larga data”.

Los sentimientos de Lídice no distan. “Ser parte de la magia que se brinda al público en un tremendo recinto arquitectónico, con una tremenda acústica y ver el cocimiento de cada aspecto de la producción como los talleres de vestuario, peluquería, zapatería, escenografía, luces, ambientación, es indescriptible. Es inspirador. Además de que para mí es un sueño cumplido, es la plataforma desde donde se fabrican otros sueños para echarlos a volar”. Lídice y Laura desde hace rato que surcan el cielo y no esperan aterrizar pronto.

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