
Durante el siglo XX, el traje ocupó un lugar particular en el guardarropa masculino. Se lo podía considerar como el uniforme por excelencia, un código y, en muchos casos, un estándar. Con el paso del tiempo, esta tendencia se ha transformado y Dormel se ha mantenido a la vanguardia.
En Ecuador, como en buena parte de Occidente, el uso del traje estuvo asociado durante décadas al trabajo, las ceremonias y aquellas ocasiones que exigen formalidad; asociación que perdura hasta nuestros tiempos. Pero existe una diferencia importante entre entender un traje como un conjunto y entenderlo como componentes separados.
Para comprender dicha diferencia, podemos partir de una reflexión personal: fotografías de nuestros padres, abuelos o bisabuelos y observar cómo se vestían, tanto ellos como sus allegados. O, por otro lado, podemos tomar como punto de partida el film De Guayaquil a Quito: Ecuador 1929, de Carlos Endara Andrade, uno de los pocos registros cinematográficos que permiten acercarse visualmente al Ecuador de comienzos del siglo XX.

En sus imágenes aparecen paisajes de un Ecuador de antaño, actividades cotidianas y personas cuya vestimenta habla de su época: trajes estructurados de solapas anchas, chalecos, suéteres, corbatas y, en particular, sombreros. Los códigos de vestir de aquel momento fueron influenciados por la moda europea y estadounidense, convirtiéndose así en una interpretación de dichas influencias con el uso de tejidos y la mano de obra nacional, otorgándoles una identidad particular.
Décadas después, aquellos códigos cambiaron con la llegada de nuevas formas de vestir; el uso del denim, la incorporación de prendas deportivas y la progresiva forma de vestir más casual. La vida cotidiana hizo que el traje dejara de ser constante en la vida del hombre, o al menos en la vida del hombre promedio.
Muchas de estas prendas quedaron asociadas principalmente a dos territorios, el corporativo y el ceremonial. Y allí aparece nuestra observación; mientras en otros lugares del mundo una chaqueta, un pantalón de lana o una camisa forman parte de un guardarropa que puede combinarse de múltiples maneras, aquí tendemos a pensarlo primero como un conjunto completo e inamovible.
Un mundo de posibilidades
Pero, en cuanto consideramos las prendas que conforman un traje y las tratamos como elementos individuales, nuestra relación con las mismas cambia, y es en ese cambio donde nace una posibilidad y libertad infinita de vestir. No se trata de abandonar lo clásico, sino de utilizarlo de otra forma.
La mejor forma de comprender aquello es tomando una prenda como una chaqueta; dependiendo del contexto, se conoce como leva, saco, americana o blazer. Y extraerla de su contexto habitual, es decir, esta prenda, dentro de un traje, se confecciona tradicionalmente en un tejido de lana delgada y uniforme, estructurada, con forro entero, hombreras fuertes, bolsillos de cartera y solapa en muesca, que se empareja con su respectivo pantalón en el mismo tejido.



Ahora bien, si a nuestra chaqueta le damos cambios de forma y tejido, pasamos a una chaqueta más casual o semiformal. Es decir, si en vez de las hombreras se construye con un estilo napolitano, con hombros suaves, reemplazamos los bolsillos de cartera por bolsillos de parche, colocamos unos botones perlados o metálicos y optamos por un tejido más grueso, como una lana de 300 g/m², obtenemos un blazer, que se presta a un uso más informal o semiformal, siendo así una prenda más versátil.
Y lo mismo se puede aplicar al resto de prendas que conforman un traje: desde la corbata, una corbata de seda no es lo mismo que una tejida; un pantalón de tiro alto, con tres pinzas y ajustador de hebilla confeccionado en franela gris, no es lo mismo que uno de tiro medio, sin pinzas y con doble basta, confeccionado en algodón de color olivo. O una camisa de cuello de botón confeccionada en tejido oxford celeste, que una camisa blanca en cuello inglés en tejido de popelina.
Estas diferencias y número de variantes hacen que las opciones de vestimenta amplíen el guardarropa de todo hombre. Cabe recalcar que parte del contexto en el que se desarrollan dichas prendas es el clima, elemento importante a la hora de escoger el material, el color y el modelo.
Por ejemplo, en verano las prendas de lino y algodón florecen junto con sus colores; en otoño, los tonos cálidos y los tejidos suaves tienen protagonismo; y en invierno, los tejidos técnicos y más abrigados entran en armonía con el clima y el lugar.
Apostar por el estilo personal

Ahora, traduciendo lo anterior a un contexto local, en Ecuador nos encontramos con un clima muy cambiante, variado y caprichoso, en el que, dependiendo en qué región del país te encuentres, el clima en un mismo día puede cambiar. Y es allí donde, más que una desventaja, es una forma distinta en la que un ecuatoriano puede jugar con su guardarropa.
Es aquí cuando comienza a aparecer algo muy importante, el estilo personal. Esa ropa que escogemos, esa combinación a la que somos más adeptos a utilizar, comienza a reflejar quiénes somos y se convierte en parte de nuestra vida, nuestro trabajo, nuestros gustos y forma de ser. Y es allí donde un guardarropa de hombre con estilo personal nace.
El escritor estadounidense Bruce Boyer ha dedicado buena parte de su trabajo a entender la ropa masculina precisamente desde esa perspectiva: no como un universo aislado de la vida cotidiana, sino en relación con la historia, la cultura y el contexto en el que vivimos.
Para Boyer, vestir bien significa comprender la ropa y encontrar una manera propia de utilizarla. Como menciona en una de sus entrevistas con Mark Cho, en Música, vida y estilo, “trata de vestir lo mejor que puedas en el mundo en el que vives”, y es algo que, para quienes nos atrae este mundo del buen vestir, debemos recordar en nuestras decisiones antes de adquirir una prenda.

Quizá la verdadera evolución del vestir masculino no consista en dejar atrás el traje, sino en dejar de depender de él como única posibilidad. El hombre contemporáneo tiene frente a sí un abanico mucho más amplio que el de generaciones anteriores. Puedes conservar los códigos clásicos, modificarlos, mezclarlos y expropiarlos y en esa libertad encontrar la posibilidad de construir una identidad.

